Influencia

El ancla de Washington: por qué la Fed le pega al bolsillo latinoamericano

Cuando la Reserva Federal decide qué hacer con las tasas en Estados Unidos, en América Latina se mueven el dólar, la deuda y, al final de la cadena, el crecimiento.

Hay decisiones que se toman a miles de kilómetros y, sin embargo, terminan definiendo cuánto cuesta un crédito hipotecario en Lima, cuánto vale el peso en Buenos Aires o cuántos pesos colombianos hay que pagar por un repuesto importado.

Una de esas decisiones se toma en Washington.

Cada vez que el Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC) de la Reserva Federal sube, baja o simplemente mantiene sus tasas más tiempo del esperado, los mercados de la región reaccionan casi de inmediato. Los grandes inversores internacionales recalculan riesgos y comparan, en cuestión de minutos, lo que pueden ganar con un bono latinoamericano contra lo que pueden ganar, con mucho menos riesgo, en dólares.

La lógica es simple: la tasa de la Fed es uno de los precios de referencia más importantes del mundo. Cuando sube, o cuando se mantiene alta durante mucho tiempo, los activos en dólares se vuelven más atractivos. Y el capital, como el agua, tiende a moverse hacia donde el rendimiento es mejor y el riesgo menor. Eso puede significar menos dólares llegando a los mercados emergentes.

No es una decisión contra América Latina, sino un simple recálculo global de riesgo y rendimiento. Pero sus consecuencias para la región son muy concretas.

El primer golpe: el dólar y los precios de todos los días

El canal más rápido es el cambiario.

Si el mundo quiere más dólares, el dólar se fortalece frente a las monedas emergentes. El efecto no es igual en todos los países -también pesan los precios de las materias primas, las cuentas externas y la confianza en cada gobierno-, pero la dirección general suele ser la misma.

Cuando una moneda local pierde valor, aparece un segundo problema, menos visible pero igual de real: la inflación importada. Todo lo que se paga en dólares -combustibles, insumos, tecnología, maquinaria- se encarece. Ese traslado a los precios internos, que los economistas llaman pass-through, no golpea igual en todos lados.

En países con monedas relativamente estables, el golpe se siente poco. En economías con historial de alta inflación, en cambio, una devaluación se traslada casi de inmediato a la góndola del supermercado. Así, una reunión en Washington termina afectando cuánto rinde el sueldo a fin de mes en varios países de la región.

La segunda factura: financiar la deuda sale más caro

El segundo canal es menos visible para la gente, pero puede ser el más costoso para los gobiernos y las empresas.

Cuando suben los rendimientos de los activos más seguros del mundo -los bonos del Tesoro de EE.UU.-, los inversores les exigen más a los países que consideran más riesgosos. Para un gobierno latinoamericano que necesita salir a buscar dólares en los mercados internacionales, eso puede significar pagar una tasa mucho más alta que hace un par de años.

El problema se agrava cuando llega el momento de renovar deuda vieja. Un bono emitido cuando el crédito internacional era barato tiene que refinanciarse en un escenario donde el crédito es caro. El resultado: el Estado destina una porción cada vez mayor de sus ingresos a pagar intereses.

Ahí aparece uno de los costos más silenciosos de todo este mecanismo: el costo de oportunidad fiscal. Cada dólar que se va a pagar intereses es un dólar que no se puede usar para una escuela, un hospital o una ruta.

A las empresas les pasa algo parecido: financiarse afuera se vuelve más caro, y varios proyectos de inversión que antes eran rentables dejan de serlo.

El dilema de los bancos centrales de la región

Frente a esta presión, los bancos centrales locales tienen que reaccionar, y ahí aparece un tercer canal.

Si la moneda está bajo presión y crecen las expectativas de inflación, un banco central puede optar por mantener -o incluso subir- sus propias tasas de interés. Es una forma de defender la moneda y frenar la suba de precios.

Pero esa defensa tiene un costo. Una tasa local más alta encarece el crédito para empresas y familias. Una pyme puede terminar posponiendo la compra de una máquina, reduciendo inventario o directamente cancelando una ampliación. Una familia puede ver cómo se aleja la posibilidad de comprar una casa o un auto.

La política monetaria queda entonces atrapada en un equilibrio incómodo: cuidar la estabilidad de precios y del tipo de cambio sin frenar demasiado el crédito y la actividad económica. No hay una receta única. Los países con baja inflación, cuentas externas sólidas y mercados financieros más desarrollados tienen más margen para absorber el golpe. Los que llegan con una situación macroeconómica más frágil, mucho menos.

La trampa de las materias primas

Hay un elemento adicional, muy propio de América Latina: su fuerte dependencia de las materias primas.

La región es un actor central en los mercados de cobre, petróleo, gas, soja, hierro y litio. Eso significa que buena parte de sus ingresos externos depende de esos precios internacionales, que suelen moverse en sentido contrario al del dólar (aunque no siempre: también pesan la demanda global, la geopolítica y el clima).

El verdadero riesgo aparece cuando varios factores negativos coinciden: un dólar fuerte, un financiamiento externo más caro y, al mismo tiempo, menos ingresos por exportaciones. En ese escenario, la disponibilidad de dólares se convierte en el problema central, justo cuando conseguir financiamiento afuera es más difícil y más caro.

No todos sufren lo mismo

Hablar de "América Latina" como si fuera un solo país es un error común. Brasil, México, Chile, Colombia y Perú tienen estructuras productivas, regímenes cambiarios, niveles de reservas y situaciones fiscales muy distintas entre sí.

Un país con un mercado de capitales local desarrollado y buena parte de su deuda en moneda propia tiene herramientas que no tiene un país fuertemente endeudado en dólares. Las reservas internacionales funcionan como un colchón: no resuelven el problema, pero dan tiempo para reaccionar. Y un gobierno con las cuentas relativamente ordenadas enfrenta el shock con mucho más margen que uno que ya está financiando un déficit alto.

El verdadero costo: el crecimiento que no llega a existir

El debate sobre las tasas de la Fed suele quedar atrapado en el dólar, los bonos y las cotizaciones. Pero el costo más importante es el que no se ve: el crecimiento que nunca llega a producirse.

Una empresa que no consigue crédito no compra una máquina. Esa máquina que no se compra no genera producción nueva. La fábrica que posterga su ampliación no crea los empleos que había planeado. Y el gobierno que paga más intereses tiene menos para invertir en infraestructura.

La cadena empieza en una reunión en Washington y puede terminar, literalmente, en una inversión que nunca se concreta en algún rincón de América Latina.

La lección para la región

América Latina no decide la tasa de la Reserva Federal ni controla los ciclos financieros globales. Eso es, sencillamente, parte de la soberanía monetaria de Estados Unidos.

Lo que sí puede hacer es trabajar sobre las variables que determinan cuánto le va a doler cada shock externo: ordenar las cuentas fiscales, desarrollar mercados financieros en moneda local, acumular reservas de manera prudente, reducir vulnerabilidades externas y diversificar sus exportaciones para no depender de dos o tres productos.

La conclusión no es que la región deba aislarse del mundo financiero. Todo lo contrario: necesita integrarse mejor, pero desde una posición más sólida.

Washington va a seguir fijando su tasa pensando en su propia economía. América Latina no puede decidir esa tasa. Pero sí puede decidir cuánto la va a condicionar.

*Economista, analista y autor de "Economía para No Economistas". Doctor en Ciencia Política y Administración Pública, con estudios posdoctorales en economía y más de 20 años de experiencia como asesor parlamentario.