Jubilaciones: la cuenta que nadie quiere pagar
El envejecimiento poblacional y la baja natalidad están poniendo en jaque a los sistemas previsionales de todo el mundo debido a que la proporción de adultos mayores supera ampliamente a la de trabajadores activos.
Cada vez que se habla de jubilaciones, la discusión suele concentrarse en los números de coyuntura: el déficit, los aportes o la edad de retiro. Sin embargo, el problema de fondo no es solamente contable: también es demográfico. Vivimos más años que las generaciones anteriores y, al mismo tiempo, tenemos menos hijos. Esa combinación está poniendo en tensión a los sistemas previsionales de casi todo el mundo.
Las Naciones Unidas proyectan que, hacia 2050, una de cada seis personas en el planeta tendrá más de 65 años. En 2019, esa proporción era de una cada once. El cambio implica una transformación profunda de la estructura poblacional en apenas tres décadas.
La Organización Mundial de la Salud agrega otro dato significativo: entre 2015 y 2050, la proporción de personas de 60 años o más prácticamente se duplicará, del 12% al 22% de la población mundial. Además, en 2020, por primera vez en la historia, las personas mayores de 60 años superaron en número a los niños menores de cinco años.
Vivir más es una buena noticia. El problema es que muchos sistemas previsionales fueron diseñados para una época en la que había relativamente pocos jubilados y muchos trabajadores activos aportando por cada beneficiario. Esa ecuación está cambiando. Según proyecciones de la OCDE, en sus países miembros habrá alrededor de 52 personas de 65 años o más por cada 100 personas en edad de trabajar en 2050, frente a 22 por cada 100 en el año 2000.
La consecuencia es evidente: cada trabajador activo deberá sostener, directa o indirectamente, a una mayor cantidad de personas jubiladas. El desafío no consiste únicamente en cuánto se gasta, sino también en quién aporta, durante cuánto tiempo y bajo qué reglas se distribuyen los recursos.
Los países más comprometidos
No todos los países están igualmente expuestos. Corea del Sur se encuentra entre los casos más extremos. Su tasa global de fecundidad fue estimada en 0,75 hijos por mujer en 2024, una de las más bajas del mundo, aunque representó un leve aumento respecto del año anterior.
El envejecimiento surcoreano se combina con una fuerte reducción de la población en edad laboral y con una creciente presión sobre las finanzas públicas. Por esa razón, el país debate distintas alternativas, entre ellas el aumento de la edad efectiva de retiro, una mayor participación laboral de las personas mayores y políticas para ampliar la inmigración laboral.
Japón lleva más tiempo recorriendo ese camino y funciona como un anticipo de los problemas que enfrentan otras sociedades. En 2024, la población de 65 años o más alcanzó aproximadamente 36,25 millones de personas, equivalentes al 29,3% del total. Además, 9,1 millones de personas mayores de 65 años continuaban trabajando, según datos correspondientes a 2023.
Europa continúa siendo la región más envejecida del mundo. España, Italia y Grecia se encuentran entre los países que enfrentan una combinación particularmente compleja de baja fecundidad, elevada esperanza de vida y presión sobre los sistemas de jubilaciones.
América Latina tampoco puede mirar para otro lado. La región todavía es más joven que Europa o Japón, pero el proceso de envejecimiento avanza con rapidez. En Argentina, el sistema previsional alcanzó una cobertura amplia, aunque esa cobertura exige recursos fiscales importantes y enfrenta dificultades vinculadas con la informalidad laboral, la relación entre aportantes y beneficiarios y la pérdida del poder adquisitivo de las prestaciones.
Por eso, el desafío argentino no consiste solamente en ampliar la cobertura, sino también en garantizar que el sistema pueda financiarse de manera sostenible y equitativa a lo largo del tiempo.
El debate dejó de centrarse exclusivamente en si hay que reformar los sistemas previsionales y pasó a concentrarse en cómo hacerlo.
Existen varias alternativas, pero ninguna está exenta de costos sociales y políticos.
La primera, y probablemente la más extendida, consiste en elevar gradualmente la edad normal de retiro o vincularla con la evolución de la esperanza de vida. La OCDE señala que, de acuerdo con la legislación vigente, la edad normal de jubilación aumentará en más de la mitad de sus países miembros para quienes comienzan hoy su trayectoria laboral.
La segunda alternativa son las cuentas nocionales de contribución definida. Suecia avanzó en esa dirección durante la reforma aprobada en la década de 1990. En este modelo, las contribuciones de cada trabajador se registran en una cuenta individual de carácter virtual y el beneficio se calcula considerando, entre otros factores, el saldo acumulado y la expectativa de vida.
El sistema no implica necesariamente que todo el dinero se deposite en una cuenta financiera individual. En buena medida, continúa funcionando bajo un esquema de reparto, pero incorpora mecanismos automáticos de ajuste que vinculan las prestaciones con los aportes, los salarios y la evolución demográfica.
Una tercera opción consiste en diversificar el sistema mediante distintos pilares: uno público de reparto, uno de capitalización obligatoria y otro de ahorro voluntario. Suecia combina un componente de cuentas nocionales con otro de capitalización; Chile y Perú también desarrollaron modelos de pilares, aunque con diseños y resultados diferentes.
La cuarta alternativa apunta a ampliar la base de financiamiento mediante una mayor productividad, una mayor participación laboral femenina, la formalización del empleo y, en algunos países, la inmigración de personas en edad activa. Un trabajador más productivo puede contribuir a sostener a una mayor cantidad de jubilados, pero la productividad por sí sola no resuelve los problemas de cobertura ni de distribución.
Ningún país podrá resolver el desafío previsional con una sola herramienta. Aumentar la edad de retiro puede mejorar las cuentas, pero afecta de manera desigual a quienes realizan trabajos físicamente exigentes. La capitalización puede diversificar las fuentes de ingreso, pero expone a los trabajadores a los riesgos financieros. La inmigración puede ampliar la fuerza laboral, aunque requiere políticas de integración y empleo formal.
La experiencia comparada muestra que cuanto antes se combinan distintas medidas, más gradual y menos traumático puede resultar el ajuste. La crisis previsional no es una amenaza exclusivamente futura: ya está ocurriendo y se refleja en cada informe demográfico, en cada presupuesto público y en cada reforma que deben discutir los gobiernos.
En el fondo, la pregunta que atraviesa a todas las sociedades que envejecen es tan simple de formular como incómoda de responder: si cada generación va a vivir más años que la anterior, ¿quién va a pagar la cuenta?
* Doctor en Ciencias Políticas y Administración Pública (Universidad de Murcia). Posdoctoral por la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires. Asesor parlamentario durante 20 años en la Cámara de Diputados y el Senado de la Nación. Miembro de jurado de tesis de maestría y doctorado en universidades como la UBA, Torcuato Di Tella y UNLZ.

