Día del Estudiante: 5 películas sobre la enseñanza y el aprendizaje en la juventud
Cinco recomendaciones que recorren los conflictos, descubrimientos y vínculos que atraviesan los alumnos dentro y fuera de las instituciones
En Argentina, cada 21 de septiembre, y en consonancia con el Día de la Primavera, se festeja también el Día del Estudiante. Estas cinco películas permiten recorrer distintas formas de vivir esa etapa de formación.
La palabra "estudiante" proviene del latín studere, asociado a la idea de aplicarse, dedicarse o poner empeño en algo. Mucho antes de designar específicamente a quien asiste a una escuela o una universidad, el término remitía a una actitud frente a aquello que se hace.
El cine exploró ese período de formación una infinidad de veces. Sin embargo, estas cinco películas lo hacen desde lugares muy diferentes. Todas encuentran en la relación entre los jóvenes y las instituciones una fuente de conflicto, descubrimiento o transformación.
Las facultades (2019)
El documental de Eloísa Solaas explora, bajo la mirada observacional del documental, el trayecto e instancia de aprendizaje que supone rendir un examen final.
Como su título sugiere, existe un juego lingüístico entre la facultad como institución universitaria y las facultades que los propios estudiantes deben poner en práctica para ser aprobados.
No es casualidad que, antes de que aparezca por primera vez el título de la película, veamos a una estudiante de Diseño de Imagen y Sonido rindiendo un final sobre André Bazin y su concepción del realismo cinematográfico.
La cámara de Solaas se ubica de frente a los estudiantes de diferentes carreras durante sus exámenes orales, mientras rara vez vemos al docente o interlocutor. Es el espectador quien ocupa ese lugar frente al que se encuentran los estudiantes, una mirada que espera, observa y evalúa.
El plano fijo prolonga esa exposición y hace que el nerviosismo, los silencios, las dudas y las dificultades para encontrar una respuesta se vuelvan parte de la experiencia.
La película construye así una mirada particular sobre la universidad y sobre esa relación entre saber, evaluación y prestigio que se establece entre alumnos y docentes.
Lo que está en juego en cada examen no es solamente cuánto sabe el estudiante, sino también su capacidad para demostrarlo cuando se encuentra frente a una mirada que lo juzga.
La universidad aparece entonces como el lugar donde el conocimiento debe ser demostrado ante otro. Pero la formación no se agota en ese proceso. También está aquello que una persona empieza a preguntarse sobre sí misma y la manera en que se desenvuelve para responder esas incógnitas.
La sociedad de los poetas muertos (1989)
Un mural inerte de jóvenes pintado en las paredes de una capilla es el comienzo de la película del director Peter Weir. Por su parte, lo primero que se escucha son las indicaciones de los padres de otros jóvenes, todavía fuera de campo, sobre cómo deben comportarse durante la ceremonia de inauguración del curso en la prestigiosa escuela pupila de varones.
Después vemos la preparación para la ceremonia ritual y, finalmente, a los jóvenes protagonistas participando de ella y siendo fotografiados frente al mencionado mural.
Los jóvenes son así conducidos por un grupo de adultos hacia un proceso ritual que ellos mismos todavía no terminan de comprender. Hay algo de vida suspendida en esa ceremonia. Las formas del rito permanecen, pero aquello que debería volverlas una experiencia viva parece haberse perdido.
La llegada de John Keating, interpretado por Robin Williams, introduce una tensión diferente. Frente a una institución que parece haber convertido la tradición en una repetición vacía, el profesor recupera, a través de la poesía, una experiencia que debe ser vivida y no simplemente aprendida.
Los rituales de La Sociedad de los Poetas Muertos, las lecturas y los encuentros nocturnos no aparecen entonces como una negación de todo rito, sino como la recuperación de una experiencia compartida que había desaparecido detrás de las formas solemnes de la institución.
La película encuentra allí uno de sus conflictos centrales. ¿Qué ocurre cuando una tradición deja de transmitir aquello que le daba sentido y queda reducida a la repetición?
Keating les ofrece a esos jóvenes un espacio desde el cual comenzar a preguntarse qué quieren hacer de sus vidas, qué los impulsa a vivir.
Si en Las facultades el estudiante debía demostrar aquello que había aprendido, en la película de Weir aparece otra dimensión de la formación, la posibilidad de descubrir qué hacer con aquello que se aprende de manera teorica. La mirada invisible llevará esa tensión hacia un territorio mucho más oscuro.
La mirada invisible (2010)
En La mirada invisible, Diego Lerman sitúa la historia en el Colegio Nacional de Buenos Aires durante 1982, pero el centro de la película no está en los estudiantes, sino en María Teresa, una preceptora encargada de vigilar que no se fume en los baños del colegio.
Desde ese punto de partida, Lerman construye una circulación permanente de la mirada. Los alumnos son observados por María Teresa, María Teresa es vigilada por Biasutto y todos quedan sometidos a una institución que funciona a través del miedo y la disciplina.
María Teresa ocupa un lugar intermedio dentro de esa estructura. Es una trabajadora constantemente controlada por su superior, pero al mismo tiempo reproduce sobre los estudiantes el ojo vigilante de la institución. Su tarea consiste en detectar la transgresión, perseguirla y, cuando es necesario, sancionarla.
Los alumnos intentan encontrar los pequeños resquicios para transgredir esta postura autoritaria, sobre todo el joven Marini, que rápidamente llama la atención de su preceptora.
De esta manera, María Teresa comienza a transformarse. Aquello que inicialmente era una función institucional se mezcla progresivamente con el deseo. Cuando observa a Marini, ya no busca solamente descubrir una falta.
La mirada vigilante se convierte en una mirada deseante y deja al descubierto una pulsión que la propia institución prohíbe. María Teresa termina cruzando físicamente el límite que hasta entonces vigilaba.
La transgresión tendrá consecuencias brutales para ella hacia el final de la película en un giro que es mejor que cada espectador descubra por sí mismo. Sin embargo, es interesante la inversión que se da en un juego simbólico con la búsqueda ficcional de un alumno fumador y cómo ese gesto se resignifica en una de las últimas escenas.
El contexto político permanece en buena medida fuera de campo. Mientras dentro del colegio se reproduce una pequeña estructura de vigilancia y obediencia, afuera crece la demanda social por el regreso de la democracia.
La película establece así una relación entre ambos espacios sin necesidad de convertir su trama en una alegoría política explícita. La necesidad de romper con aquello que vigila y oprime atraviesa tanto el mundo exterior como el recorrido de María Teresa.
La tensión que La sociedad de los poetas muertos planteaba entre la formación institucional y aquello que los jóvenes empiezan a descubrir por sí mismos adquiere aquí una forma mucho más oscura.
Ya no se trata solamente de qué puede hacer un estudiante con aquello que recibe, sino de qué ocurre cuando una institución intenta controlar incluso aquello que desea.
Swing Girls (2004)
A diferencia de las películas anteriores, Swing Girls es un relato de ficción mucho más ameno y desenfadado. La película de Shinobu Yaguchi parte de un grupo de adolescentes japonesas obligadas a asistir a un curso de verano después de haber desaprobado materias durante el ciclo lectivo.
Lo que comienza como una obligación termina llevándolas hacia algo que la escuela no había previsto, el descubrimiento de una capacidad y de un interés propios a través de la música.
Al principio, tocar jazz funciona casi como una distracción frente al castigo escolar. Pero aprender a tocar un instrumento también exige escuchar a los demás, encontrar un ritmo común y asumir una responsabilidad dentro del grupo.
La formación aparece así en un lugar inesperado, lejos de las materias que las estudiantes deberían estar preparando y sin la presión de una evaluación.
Yaguchi convierte ese proceso en una comedia cada vez más disparatada, pero no por eso menos atenta a la transformación de sus personajes. Las chicas pasan de acercarse a la música por accidente a comprometerse con ella y a construir algo que depende de todas.
La gracia de Swing Girls está precisamente en esa distancia entre el castigo que las lleva hasta la música y el interés que descubren una vez que dejan de verla como una obligación.
Aquello que se vislumbra en Las facultades como una formación ligada a la capacidad de demostrar conocimiento y en La sociedad de los poetas muertos como la posibilidad de descubrir qué hacer con aquello que se recibe, Swing Girls encuentra otra variante. Aprender también puede significar descubrir algo que nadie había pensado enseñar.
Si muero antes de despertar (1952)
Película argentina de Carlos Hugo Christensen, Si muero antes de despertar sigue a Lucho, un niño acostumbrado a las travesuras escolares que un día descubre que detrás de la desaparición de algunas de sus compañeras se encuentra un hombre misterioso.
Lo que comienza como una aventura infantil se transforma entonces en un enfrentamiento con un mal que el protagonista todavía no está preparado para comprender.
Christensen narra la historia como una fábula infantil y recupera estructuras propias de los cuentos tradicionales. El hombre vestido de negro que acecha desde las sombras frente al colegio parece pertenecer a ese mismo universo de monstruos y amenazas que los cuentos reservaban para los niños.
Los contrapicados que lo muestran a este hombre frente a la escuela hacen que compartamos la mirada de Lucho. Por un momento, el mundo adulto deja de ser seguro y aquello que se encuentra afuera adquiere las dimensiones de una pesadilla.
Pero Lucho no solamente debe enfrentarse al peligro. También tiene que superar la imagen de niño problemático que los adultos tienen de él y demostrar que puede actuar de acuerdo con aquello que aprendió de su familia, su escuela y su educación religiosa.
Christensen cuestiona el carácter dogmático y estricto de esas instituciones, pero no las presenta como elementos prescindibles. En ellas también se encuentran los valores que permiten al protagonista reconocer el mal y enfrentarlo.
Las marcas que dejan los personajes para encontrarse convierten esa aventura en un verdadero rito de paso. La tiza que utiliza la niña para que Lucho pueda seguir su rastro recuerda al hilo de Ariadna en el mito griego de Teseo y el Minotauro, mientras que los botones que el propio niño deja en el camino remiten a las migas de pan de Hansel y Gretel.
La relación entre estas imágenes no está solamente en que permitan conservar un camino, sino en que recuperan una forma simbólica más antigua, la del extravío frente a un mundo desconocido y la búsqueda de signos que permitan atravesarlo sin perder la orientación.
La película reactualiza esa forma y hace que una experiencia tan antigua como perderse en lo desconocido adquiera una dimensión formativa.
Lucho debe atravesar el laberinto, enfrentar al monstruo y lograr volver transformado. El cine logra así hacer vivir tanto al personaje como al espectador un rito de pasaje que la película presenta, como el abandono de una parte de la infancia y la entrada en una nueva etapa de madurez.


