No es extraño que el cine de la década de los ochenta sea de los más queridos. Hoy es extraño ver, a la distancia, la explosión creativa que implicó; es raro pensar que muchas escenas (directamente: muchos filmes) de entonces hoy no se podrían filmar por razones de corrección política o de ausencia de riesgo. Entonces -y esto lo escribe quien era un adolescente en esos años- no lo vimos tan claro, aunque es común que quien vive cierto contexto carezca de perspectiva. Pero como sucedió para los jóvenes de entonces con los sesenta -que se veían como la última explosión de libertad y riesgo hasta entonces- hoy "los ochenta" son algo así como la marca definitiva. Algo pasa en el arte popular, también: los avances desde entonces han sido sobre todo tecnológicos, y los cambios (en gran medida, retrocesos), ideológicos. En lo estético, en las ideas, parece que vivimos aún en esos años.

Que fueron, para el cine masivo, años de mezcla. Los géneros entraban en una especie de crisol y salían mezclas rarísimas, sobre todo cuando se trataba del fantástico. Volver al futuro, en ese sentido, podría funcionar como vara: era una película de ciencia ficción, una comedia, una historia de aventuras, una de acción, un musical y un coming-of-age todo al mismo tiempo. Ese cine era realmente posmoderno, en el auténtico sentido que tiene el término nacido en la arquitectura: una mezcla de estilos y formas más allá de las épocas (de hecho, Volver... transcurre en dos muy distintas, lo que refuerza el costado satrico) que crea, a partir de fragmentos pre conocidos, algo nuevo. Todo el cine masivo de esos años cabe en esa definición.

Hoy vamos a hablar de una de las obras maestras más oscuras y "perdidas" de esa década. Notarán que usamos mucho "obra maestra", y quizás les suene a defecto, pero no. Una obra maestra es aquella que no solo es perfecta (la perfección sería la adecuación de la forma del filme a la idea que la sustenta, aunque sí, es un poco sutil: digamos que cumple con lo que promete) sino que, además, inspira y enseña algo, hace avanzar un arte. Cada revisión nos da algo nuevo. Pues bien, en este caso la película en cuestión de llama Calles de Fuego y la pueden encontrar cada tanto en Netflix (no está hoy, estará pronto). 

Primera advertencia: fue un fracaso comercial. El elenco entonces no era demasiado conocido entonces, aunque más allá del protagonista Michel Paré (que se desvaneció en la clase Z poco después), tenía a Diane Lane, Willem Dafoe, Amy Madigan, Bil Paxton y Rick Moranis, todos con gran carrera en Hollywood y alrededores. El director venía de meter dos exitazos llamados The Warriors y 48 horas; y era -es- de lo mejor del cine cotemporáneo, Walter Hill, productor además de toda la saga Alien, entre otras muchas cosas. Quiso hacer una especie de western futurista con música de rock, inspirada en Más corazón que odio, de Ford, y Río Bravo, de Hawks (nada menos que esas dos películas, otras obras maestras absolutas), y cometió un error: construyó su mundo "futuro", parecido a los EE.UU. de los 50 y 60, a puro neón en un enorme galpón. La película fue una pesadilla logística, pero se hizo. Nadie le prestó atención.

La banda de sonido, supervisada por Ry Cooder, incluía canciones de muchos próceres que trabajaron casi sin mostrarse (por ejemplo, Stevie Nicks y Jimmy Iovine), y las voces de Greg Philinganes, Marilyn Martin, Maria McKee, The Fixx, y varios otros. Pero además tuvo un hit: "I can dream about you", de Dan Hartman, escrita originalmente para Hall&Oates (que luego hicieron un cover) y que ustedes pueden escuchar muchísimo por cierta radio ochentosa.

Pero lo importante de la película es que tanto artificio funciona para narrar una historia imposible hoy: la del Bien contra el Mal. Ellen Aim (Lane), una cantante de rock, vuelve a su pueblo a dar un concierto a beneficio. Unos motoqueros malvados a las órdenes de Dafoe, la raptan. Una chica llama a su hermano, un ex soldado -y ex novio de la cantante- para que ayude a rescatarla. Un grupo heroico que se lleva mal (el representante y nueva pareja de Ellen -Moranis-, una fan, una ex soldado -Madigan-, un grupo de cantantes negros "a lo Plateros", y el muchachito) van a rescatarla. Lo logran. Vuelven. Los malos amenazan atacar al pueblo. Muchachito y ex novia se reencuentran. Ella está entre su carrera y el amor. Los malos vienen. Muchachito y Malo se agarran a golpes con unos martillos de hierro. El pueblo se defiende. Todo se cierra bien y con concierto. Hay más, mejor verlo.

Lo maravilloso de esta mezcla es que, detrás de sus canciones vibrantes, de sus deliberados anacronismos, de sus estereotipos surgidos de la historieta (los colores, desde el póster, nos recuerdan ese antecedente), narran una fábula primordial: existe un Mal por el Mal mismo, y hay momentos en los que no se puede huír, sino solo enfrentarlo. Hill decide esto en una escena hoy infilmable: Muchachito y Cantante se escapan en un tren. Muchachito duerme de una trompada a cantante y se vuelve para acabar con el villano. Ese golpe hoy sería imposible, aunque en el contexto del filme es un modo de proteger algo bueno contra un Mal absoluto. 

Hay otro tema: el de la vocación, quizás el más importante en el arte. Cody, el héroe, "debe" pelear y ser el cowboy, el caballero andante. No puede quedarse en un lugar, es un agente errante en busca del Mal que pierde un round pero sigue en la pelea. Y Ellen tiene la vocación del arte, de inspirar, de crear cosas nuevas. Esa fábula, también primordial, donde el "hombre del dinero" (el personaje de Moranis) entiende finalmente que no todo arte es negocio, es más sutil, pero se inscribe clarísima en la película. Que finge ser un juego de formas para contrabandear ese gran dilema humano: ser lo que se debe a pesar de las trabas del mundo. Y todo, a puro rock, trompadas, motos, trenes y diálogos filosos. ¿Quién quiere ser feliz?

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Leonardo Desposito

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