No fue necesario que Bruno Bettelheim escribiera Psicoanálisis de los cuentos de hadas para que supiéramos que tales relatos tienen una relación directa con cuestiones sexuales. Es cierto que esos dos grandes compiladores del relato folclórico y popular del siglo XIX Wilhelm y Jacob Grimm no hicieron ese enorme trabajo que fueron los Cuentos para la infancia y el hogar para que los chicos se divirtieran sino que querían catalogar los relatos populares de Europa, y el título refería a en qué circunstancias solían contarse. Después se utilizaron como fábulas educativas (los Grimm eran también pedagogos, pero el uso de esos cuentos fue posterior a ellos). Y poco a poco se fue borrando todo lo tenebroso, truculento y erótico que estos cuentos tenían. Excede a los Grimm: si leemos los originales de Charles Perrault nos sorprende que el sexo, aunque no mencionado, es una fuerza importante en esos relatos. En todos, en realidad. Lean la Cenicienta original (con su sangriento castigo final); o Blancanieves, o La Bella y la Bestia, o Piel de Asno. Van a encontrar que Bettelheim lo tuvo fácil a la hora de describir los subtextos y las tensiones de esos relatos.

Por eso, no es de extrañar que el cuento de hadas haya sido el objeto de muchas películas pornográficas. Aunque el motivo por el cual tenemos princesas retozando con príncipes, elfos, unicornios, enanos, brujas y otras princesas es diferente de las intenciones míticas de los Grimm o psicológicas de Bettelheim. Es, simplemente, por la característica burlesca del género. Desde niños -estamos muy infantiles hoy- sabemos que es un gran chiste usar el sexo y lo escatológico para burlarnos de otras cosas, y los pornógrafos satiristas lo han explotado al extremo. Sin embargo, algunas películas o producciones de este tipo tienen la gran ventaja de la libertad del género, donde la falta de presupuesto se suele compensar con un "hacemos lo que se nos antoja". O al menos era así hasta la década de los años ochenta, antes de que se industrializara el porno completamente. Hoy siguen existiendo películas y sátiras varias, pero se parecen más a una obligación para con el mercado que a la vieja intención subversiva que el porno también tuvo en sus mejores momentos.

Dicho esto, la película de la que quisiera hablarles hoy es paradigmática en más de un sentido. Se llama Cinderella (es decir, Cenicienta tal como se llama en inglés) y la dirigió un artesano del erotismo y el porno suave llamado Michael Pataki en 1977. Como podrá adivinar el lector, se trata de una versión muy sui generis del cuento clásico, y tiene los personajes que tiene que tener: la pobre pero bella fregona, la madre inescrupulosa, la hermanastras malvadas, el hada madrina un poco más proclive al consumo de alcohol que la original, y el príncipe que, si nos permiten la acotación, resulta demasiado "encantador". Entre varias diferencias con la célebre versión animada de 1950, digamos que, al menos físicamente, nadie rechazaría a las hermanastras (lo que, curiosamente, vuelve a la película mucho más fiel al texto de los hermanos Grimm, dado que las hermanastras eran bellas) o, incluso, a la madrastra. Y que el señor príncipe no baila precisamente con las aspirantes al trono consorte sino que prueba otro tipo de habilidades sin la ropa puesta.

Pero lo que hace de esta película algo mucho más interesante no es tanto que haya sexo donde uno adivina que lo habrá porque, sabemos, es una película "de esas", sino dos aditamentos que hoy serían imposibles. El primero, una producción enorme llena de actores, actrices, vestuarios, escenografías varias de un tamaño poco frecuente en este género siempre al margen. Es cierto: aprovecharon elementos que los estudios de cine tenían en desuso, pero de todas maneras es un despliegue grande. Pero hay algo más: Cinderella es un musical. Es decir, hay muchas canciones y secuencias de danza. Y también la película tiene un tono de extravagancia cómica que la hace muchísimo más disfrutable que el promedio de las películas con secuencias de sexo explícito.

Pero me gustaría detenerme también en otro detalle, uno que suele obviares. El cine porno, se dijo, siempre tuvo una dimensión satírica y contestataria, porque en general lo hacía gente que se encontraba al margen de la gran industria, personas -en especial las mujeres- a las que se trataba como menos que humanas por mostrarse teniendo sexo. Muchos realizadores aprovechaban lo poco considerado del género para mostrar secuencias que, en el cine industrial, hubieran sido eliminadas. Por ejemplo, sexo "interracial" (hablar de "razas", ya que estamos, es racismo: la única raza es la humana), que aquí aparece y debió ser mucho más escandaloso en la época de estreno. O la idea de que cualquier mujer es mucho más que la proveedora de cuidado hogareño o maternidad, sino que también tiene derecho al placer. U otra, mucho más subversiva y -esto habría que recordárselo a radicales de izquierda y derecha- que el placer sexual, el ejercicio del sexo, no pueden ser motivos para condenar moralmente a alguien.

La película dice todo esto sin ser explícita y jugando de un modo deliberado el juego del "cuento infantil". Si lo apreciamos con ojos específicamente cinematográficos, y dada la intención satírica de la obra, las actuaciones son perfectas. Cenicienta es de un candor impresionante, y nuestro príncipe es lascivo, sí, pero bastante andrógino también. Las secuencias de sexo están filmadas con muy buen gusto y no faltan invenciones casi surreales como el asistente negro del príncipe, que funciona él mismo como una "ruleta" bailarina (eso también está: la expotación de los negros por parte de los blancos es un tema de burla en la película).

Por lo demás, la acción erótica es variada y bien dosificada. Hay un poco de todo, para todos los gustos y de todo color y laya, aunque no secuencias explícitas (es una película de lo que solía llamarse "soft porno", y la exposición de carne es suficiente como para que el amigo erotómano no sienta que la visión de la película es una pérdida de tiempo). Y finalmente, es bastante fiel al espíritu de los primitivos cuentos de hadas: fantasías para excitar la imaginación y condenar los males del mundo, aunque aquí "excitar" puede entenderse en una acepción más amplia.

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