Hay películas que suelen calificarse de “difíciles” solo porque se apartan un poco de la experiencia narrativa más frecuente, del modelo de Hollywood. Lo paradójico es que muchas de ellas surgen de tomar elementos de ese modelo. En realidad, y esta es una discusión para otro lugar pero sepan aceptarlo, Hollywood es el gran faro de creación de las formas del cine, y en cada películ se refracta ese legado. Dicho esto, la plataforma especializada en el (mal llamado) cine de arte y de festivales Mubi tiene una enorme selección de este tipo de material que permite acercarse a otros sabores del séptimo arte.

Por ejemplo, hablando de sabores, El sabor de la cereza, la película de Abbas Kiarostami que se llevó la Palma de Oro en Cannes en 1997, compartida con La Anguila, obra maestra (también) de Shoei Imamura (si quieren, está disponible en Qubit.TV y es maravillosa). El sabor... fue un éxito increíble en Buenos Aires, con un promedio por sala (solo se estrenó en una, llena en continuidad durante semanas) que el tanque Godzilla, de Roland Emmerich. Pero también causó resistencias porque en apariencia es solamente “un hombre en una camioneta conversando”. Y no, es una película sutil donde una persona desesperada busca una ayuda para suicidarse o un motivo para no hacerlo. Si ven con atención, descubrirán que el paisaje presenta no pocos detalles que enriquecen esas conversaciones, todas puntualmente interesantes. El final es una declaración de principios (en Irán es pecado y crimen el suicidio) y una declaración sobre la felicidad del cine.

Un año más tarde, se estrenó en todo el mundo un filme que hoy es clásico, Con animo de amar, del honkonés Wong Kar-wai. Es la historia de un hombre tímido y una mujer reprimida que se encuentran en un hotel no para ejercer el erotismo sino para crear una historia, una novela que refleja sus propios deseos. Y sí, para enamorarse en cierto sentido. El diseño, el color, la música y las canciones crean un clima romántico que se complementa con el de una de las mayores películas del director, Happy Together, también un romance exótico (y también en Mubi, de paso). Hacia el final, el romanticismo estalla y se cruzan, sutilmente, la política, la historia y las convenciones sociales. La cima de un realizador que merece recordarse más.

Hoy es parte de la cinefilia el cine de los hermanos Dardenne. Los cineastas belgas lograron crear una forma cinematográfica nueva: las herramientas más despojadas del documental para crear ficciones que se anclan en los problemas sociales de su Bélgica natal (y de todo el mundo, de paso) para crear algo universal que trasciende su contexto. Rosetta, su segunda película y sorprendente Palma de Oro en Cannes, es la historia de una chica que hace lo posible y lo imposible, más allá incluso de lo moral, para conservar un trabajo que es también su única forma de supervivencia. En cierto modo, el filme -como todo lo de los Dardenne- es un cuento moral a la manera de Eric Rohmer, pero en lugar de construirse con las piezas de la comedia, lo hace con las del melodrama social. Joya absoluta.

Y como al principio hablamos de Hollywood, es bueno recordar a dos ganadores de Cannes estadounidenses. Uno es Gus Van Sant, que luego de llevarse la Palma de Oro con su increíble Elefante, volvió al mundo de la adolescencia sin rumbo, dedicada al ocio y potencialmente criminal en la excelente Paranoid Park, que le dio otro premio en ese festival. La historia de un joven skater envuelto en un asesinato es solo la excusa para pintar un paisaje completamente novedoso. Van Sant, desde sus primeras películas, está fascinado por las razones de la adolescencia, como se vio tanto en proyectos independientes como Mi mundo privado, o en filmes más “comerciales” como Todo por un sueño o Good Will Hunting. Aquí todo estalla en una película de observación casi ascética.

Y finalmente, una de las Palmas de Oro más controvertidas de la historia, El árbol de la vida, de ese extraño realizador estadounidense llamado Terrence Malick (La delgada línea roja). Poblada de estrellas (Brad Pitt, Jessica Chastain, Sean Penn) el poder de los actores es menor que el estado de hipnosis que este filme que, a través de la vida de una familia estadounidense golpeada por la muerte de un hijo en la Segunda Guerra Mundial decide contar (créase o no) la historia completa del Universo y de la vida en la Tierra (¡Dinosaurios y ángeles incluidos!) es tanto un delirio místico como una creación completamente aparte de cualquier canon cinematográfico. Sus elegantes movimientos de cámara hacen pensar que Dios mismo (también un protagonista del filme) se mueve entre nosotros. Pretenciosa, gigante, difícil pero sí, admitámoslo, fascinante.

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Leonardo Desposito

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