La ciencia ficción no es, como algunos piensan, un género contemporáneo, ni siquiera es nuevo. En la literatura, nació a la par del cine -las novelas de H.G. Wells como La maquina del tiempo, El hombre invisible y La guerra de los mundos, paradigmáticas, son de la década de 1890- y en la pantalla grande ya George Méliès había hecho su Viaje a la Luna en los primeros años del siglo XX. Por más farsesca que sea, planteaba -tomando algo de la novela de Julio Verne- algunas ideas sobre tecnología más o menos acertadas, como la del proyectil enviado fuera de la Tierra. Los lazos entre el arte de las imágenes y el relato de anticipación es casi natural: el cine requirió de la electricidad y de la tecnología de la era industrial para existir, y la ciencia ficción es la proyección imaginaria de todo eso. Solo en el período mudo encontramos ya varias obras maestras del género como La mujer en la Luna y Metrópolis, de Fritz Lang; Aelita, de Yakov Protazanov; o Paris qui dort, de René Clair, son ejemplos muy buenos. De paso, todas las películas mencionadas hasta aquí se encuentran en dominio público en YouTube, gratis.

La plataforma que quizás tenga mejores títulos del género es Star+. Pero seamos precisos: la ciencia ficción es, sí, parte del fantástico, ese género donde algo extraño ingresa en el mundo cotidiano para modificarlo. Solo que en la ciencia ficción este elemento extraño no es sobrenatural, sino que surge de la especulación sobre lo científico. Star Wars no es ciencia ficción: es fantasía del mismo modo que es fantasía El Señor de los Anillos, aunque su escenografía recuerde "lo científico". Ciencia ficción, es, por ejemplo Ad Astra, de James Gray. Allí hay un astronauta que debe viajar en busca de su padre a una de las lunas de Júpiter para evitar que destruya la Tierra. Es, transparente, una adaptación de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad (y, por lo tanto, de Apocalypse Now) y si bien hay varios temas, uno central es la posibilidad o no de vida extraterrestre, o que pasaría si fuéramos los únicos en el Universo.

Todo lo contrario es Invasión (Starship Troopers), obra maestra de Paul Verhoeven, que ya había hecho Robocop y El vengador del futuro. Es la adaptación de una novela neofascista de Robert Heinlein sobre una guerra contra unos horribles seres extraterrestres. Pero Verhoeven le cambia el sentido al texto y construye una sátira sobre el militarismo, la televisión, la propaganda, los lugares comunes del blockbuster de Hollywood, Vietnam y el fascismo que no da respiro. Se la tomó en serio en su estreno, pero es genial e inteligente, y pregunta qué pasaría si no fuéramos los únicos.

Después de Carrie, Brian De Palma volvió a tomar los poderes telequinéticos como tema en la olvidada -pero absolutamente brillante- La Furia, con Kirk Douglas y John Cassavetes. Es por un lado una historia de espionaje (la CIA le hace creer a un joven que su padre, ex agente, fue asesinado por terroristas) y de manipulación -ese joven tiene poderes telequinéticos-, y, por otro, una historia sobre un amor a distancia y sobre la naturaleza del Mal. El final es de los más terribles y bellos de la historia del cine.

Para muchos, La Mosca, versión David Cronenberg, es un filme de horror. En realidad, aunque este cuento sobre un hombre -Jeff Goldblum- que inventa la teletransportación pero, ay, se le suma una mosca inadvertida en uno de sus viajes -lo que lo va transformando en un monstruo- es sobre todo un melodrama donde lo irracional, lo desviado, los cuerpos deformes también tienen sentimientos. Aunque tiene momentos que rozan lo repulsivo, Cronenberg continúa con sus ideas sobre la tecnología cambiando el cuerpo para liberar la libido, algo que aparece tanto en Crash como en M Butterfly. Casi una película perfecta.

Lucy, de Luc Besson, es muy interesante: una joven que debe transportar una droga en su estómago sufre que el contenedor se rompa. Esa droga libera el 100% de la potencialidad del cerebro y, poco a poco, el personaje (a cargo de una genial Scarlett Johansson) va adquiriendo nuevos superpoderes. Pero hacia el final, la película hace algo brillante: ¿qué pasa cuando algo logra el poder absoluto? ¿Cuál sería el límite último para un superhéroe? ¿No sería directamente la divinidad? Con grandes escenas de acción y un planteo original, la película roza lo metafísico sin escalas.

Y si bien la plataforma (como casi todas...) tiene Jurassic Park y Volver al futuro (clásicos uno sobre la manipulación genética, otra sobre el viaje el tiempo), prefiramos la maravillosa Déjà-Vu, de Tony Scott, donde Denzel Washington tiene la oportunidad de viajar en el tiempo para resolver -o evitar- un atentado terrorista y salvar a una mujer de la que se enamora solo por verla. En un momento, el hombre persigue a un automóvil que ha pasado varios días antes, pero igual está a la vista (imposible ser más preciso). Un filme sobre la irreversibilidad del tiempo y del destino, sobre el amor y sus consecuencias.

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