Ahora que vivimos en plena era de la cancelación, en la que cualquier película, libro, serie, canción o cuadro tiene que pasar por el tamiz idiota de lo que hoy pensamos y decimos, hay que repetir bien claro y fuerte que el arte es arte, que siempre refleja su tiempo y que el que sobrevive es aquel que tiene algo para decirnos incluso hoy. Y que es la forma de las obras y no el "mensaje" que, quizás, el autor quiso imprimir en primera instancia lo que realmente trasciende. Hoy sabemos que la Disney trata de "aggiornar" sus relatos a lo que se considera en la actualidad como políticamente correcto. De allí a ver heroínas proactivas, princesas que se hacen cargo de su destino, variedad étnica y todo eso. Lo que no invalida para nada lo que realmente tienen de bueno e interesante sus películas clásicas. Hoy por hoy, muchas pueden verse en el on demand de los canales de Disney (la última vez que miramos, allí podían verse por lo menos Blancanieves y La Bella Durmiente, entre varias otras). Así que, dado que están a mano, veamos por qué valen la pena los primeros clásicos del tío Walt.

Blancanieves y los siete enanitos

Primero, algunas consideraciones. Si bien Disney produjo muchos y muy buenos cortos, especialmente con Mickey y -su personaje más popular- Donald, el fuerte de la firma siempre fue el largometraje. Desde el principio de los años 30, Disney supo que el cartoon clásico, es decir el corto animado cómico, tenía poco futuro. Que, para que el dibujo animado sobreviviera, era necesario hacer largometrajes a la manera de Hollywood, y que la gente "entrara" en su encanto sin que se la pasara toda la proyección diciendo "es un dibujo, es un dibujo". En 1937, lo logró, después de un gran esfuerzo y una enorme y riesgosa apuesta económica (literalmente hipotecó hasta la casa de sus padres) con Blancanieves y los Siete Enanitos. Hoy basta ver cómo está filmada en escorzos (para que todo parezca ocurrir en un mundo de tres dimensiones), el gran detalle de los movimientos y el uso de la luz y la sombra perfectamente acorde al universo "real" para asombrarse. El relato hoy puede acusarse de imponerle a la mujer el rol de "madre" y la inutilidad de la belleza. Incluso puede tildarse (erróneamente) de "misógino" porque la Reina es la villana. Pero se hizo en un momento en el que las consecuencias de la Gran Depresión incluyeron la separación y destrucción de las familias. Y la película abogaba por la reconstrucción de las familias. De allí que triunfe lo "maternal" sobre lo "frívolo".

Pinocho

Pinocho, un año más tarde, es mucho más perfecta -y más cara. Sin embargo, no fue el mismo éxito que Blancanieves. No porque fuera poca gente a verla (en los Estados Unidos llenó las salas) sino porque se diseñó para el mercado europeo y la Segunda Guerra Mundial y Mussolini -que cerró las fronteras italianas a todo lo que viniera de los Estados Unidos- impidieron el lanzamiento. Pinocho es una oda sobre la educación tanto escolar como moral (ese es el sentido de que el cuento lo narre Pepe Grillo) y contiene algunos de los momentos más terribles de la historia del cine, como la transformación del niño en burro (que en castellano lleva los tintes porteños del doblaje que se hizo en Buenos Aires) o la pelea con esa hazaña de la animación que es la ballena (es muy difícil animar cosas gigantes). Hay algunos planos secuencia que cortan el aliento (ver la primera "mañana" de Pinocho, la toma que empieza en un campanario y recorre calles y "entra" literalmente al dibujo con cerca de treinta personajes diferentes).

Fantasía

Fantasía es la película menos "repuesta" de Disney. La crítica se sintió perpleja ante la película: esperaba un cuento familiar y se encontró con una desaforada muestra de todo lo que podía hacerse con el dibujo. Desde el hiperrealismo de su mundo de dinosaurios hasta el brillo asombroso (sin computadoras, valga recordar) de las hadas en la suite del Cascanueces. O ese impresionante y truculento set realizado con bailarines contemporáneos para proveer la danza macabra de La noche en el Monte Calvo, hacia el final. La película generó controversia en los años sesenta porque había (sigue habiendo), en la sección de la Quinta de Beethoven, dos "centauras" negras que, en TV, se quitaron. De todos modos, la película combina todo lo que podía hacerse combinando dibujos y música, desde la abstracción del principio (donde participó el artista abstracto Oskar Fischinger) hasta el "viaje" al cielo con el Ave María final. Aún asombra.

 

Dumbo

Pero en su estreno, fue un fracaso, y Disney necesitaba recuperarse rápidamente mientras terminaba de producir su largamente pensada Bambi. El resultado fue Dumbo, rarísima por cuatro razones. Es la primera -y única en vida de Walt- película que transcurre en los EE.UU.; dura solo 70 minutos (se completaba con un corto de Mickey cada función); su estilo es mucho más cercano al cartoon que al realismo y se hizo en tiempo récord. Posee una secuencia extraordinaria de fantasía lisérgica (la borrachera de Dumbo) que adelantó el pop art en veinte años. Y sí, los cuervos son negros del Sur (en castellano los hacen hablar andaluz) y eso, hoy, molesta. Pero hay cero racismo, en realidad.

Bambi

Y Bambi es otra curiosidad. Comenzó a desarrollarse en 1936 (sí, lo del bosque de Arrayanes es mito) y es la película más hiperrealista posible. Disney creó un zoológico en los estudios para que los dibujantes aprendieran a animar copiando a la realidad. "Los personajes tienen que tener huesos", se exigía, y el resultado sigue siendo asombroso. Eso sí: nunca jamás vimos morir a la mamá de Bambi, en uno de los usos más increíbles del fuera de campo en la historia del cine, tanto que creemos que lo vimos ( Disney, de paso, sí quería mostrar a la madre muerta, pero sus asistentes lograron doblegarlo). Vean las películas y no dejen que la corrección política les cercene el placer.

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Leonardo Desposito

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