La realidad es tan dura que es hora de reírnos un poco. Así que esta vez, un poco al azar -y un poco, no- vamos a recomendar películas cómicas. El criterio esta vez es cronológico, así que quien quiera verlas podrá tener una perspectiva de lo que se ha conseguido con la risa en la pantalla al correr las décadas. Hacer reír es mucho más difícil que hacer llorar, porque en general nos causa risa lo extraño y muchas veces desgraciado. Pero si lo tratamos con ritmo y perspectiva, si le decimos a quien está viendo a una persona caer de espaldas al piso que no le pasa nada, que esa caída es mentira pero que una caída así es grotesca y ridícula, vamos -con suerte- a conseguir la risa. Va por ahí: lo cómico siempre es falsedad ostensible y doble perspectiva.

Empecemos por el primer creador en sentar las reglas del personaje cómico para la pantalla. Es decir, Charles Chaplin. Chaplin tenía una virtud: sabía usar absolutamente todo el cuerpo para dirigir la mirada del espectador hacia el detalle cómico. También tenía un defecto: creer que el cine debía educar a las masas, lo que en ocasiones lo volvía sensiblero y subrayadamente tendencioso. Pero, cuando brillaba, era un genio (aunque este escriba siempre prefiera a su contemporáneo Buster Keaton). En YouTube hay muchos cortos (lo mejor de Chaplin junto con sus largos Tiempos Modernos y Monsieur Verdoux), pero busque el cuasi perfecto The idle class, donde satiriza a los millonarios (siendo entonces él uno de ellos, dicho sea de paso) y tiene el doble papel de un millonario alcohólico y su vagabundo de siempre.

Sigamos por los Hermanos Marx. Los Marx -lo cuenta Groucho en su comiquísima autobiografía Groucho y Yo- conocieron a Chaplin en teatros de variedades y aprendieron de él el ritmo del gag. Pero, además, agregaron dos cosas: el surrealismo galopante y la destrucción de la lógica del lenguaje, dado que toda la producción cinematográfica de los hermanos (que se dio cuando ya eran estrellas del teatro) es del sonoro. Vean Sopa de Ganso, una película en la que Groucho llega a la presidencia de Freedonia gracias al dinero de una millonaria un poco inconsciente, lleva al país a la guerra y la gana de un modo totalmente imposible, mientras Chico y Harpo son dos espías que no saben cómo espiar. La secuencia del carro de maní es un ejemplo de comicidad absurda a la enésima potencia.

Vamos con Jerry Lewis, a quien muchos odian pero fue un creador cinematográfico absoluto, alguien que redefinió cómo usar el espacio y el cuerpo para hacer reír. Tiene por lo menos cinco obras maestras en su haber, pero quedémosnos con su ópera prima como director, El botones. Es eso, el botones de un hotel. El humor procede del cartoon clásico, no hay historia (es solo un compendio de Jerry tratando de batallar contra el universo de un hotel, y en una secuencia interpretando también a Jerry Lewis, una pedante estrella de cine) y se filmó en una semana casi sin retomas (se lo cuenta Jerry a su tocayo Jerry Seinfeld en la serie de Netflix Comedians in cars getting coffee, altamente recomendable, ya que estamos). No se puede creer. Y después sigan por El profesor chiflado, El terror de las chicas, Dónde está el frente y Más loco que un plumero.

En los '70, la comicidad se vuelve más "hablada" gracias en parte a Woody Allen. Pero su película más cómica no es Bananas o Dos extraños amantes sino La última noche de Boris Gruschenko, donde parodia La Guerra y la Paz, Lo que el viento se llevó, a toda la literatura rusa, a todo el cine de Ingmar Bergman y a todo el psicoanálisis en la historia de un cobarde intelectual "a la Dostoievsky" que, para ganar la mano de la mujer que desea, decide asesinar a Napoleón. La secuencia de la batalla está entre lo más absurdo que se hizo con la épica. Allen en estado puro, y la película tiene un vértigo que ninguno de sus otros filmes posee, y mire que filmó mucho.

De ahí en más, la comicidad estadounidense está marcada a fuego por Saturday Night Live, el programa que lanzó a la fama a miles de comediantes, de Bill Murray a Will Ferrell, de Gilda Radner a Amy Poehler, de Eddie Murphy a Jimmy Fallon, de John Belushi a Billy Crystal. Todos los mencionados son buenos, pero vamos a nombrar a dos de los contemporáneos, porque representan bien el "estilo de la casa". Uno es Ben Stiller, que creó el personaje del tipo que no se hace cargo de sus propios defectos. Stiller, además director, ha realizado joyas absolutas en el cine, pero más allá de Zoolander -su personaje más conocido- veamos Una guerra de película, donde utiliza cientos de millones de dólares para hacer estallar (literalmente) el cine que vale cientos de millones de dólares. De paso, gran trabajo de otro SNL, Robert Downey Jr., siempre, y antes que nada, comediante (no por nada hizo de Chaplin).

El otro es Adam Sandler. A quien muchos, por hacer un cine mucho más surreal y disparatado, más "de golpe y porrazo" no respetan. Pero es un creador mayor, con un manejo único del gag y una mirada muy inteligente "escondida" detrás de la comicidad aparentemente simple. De Sandler, que tiene muchas grandes películas, deberíamos quedarnos con No te metas con Zohan, la historia de un superagente de la Mossad cuyo sueño en realidad es ser peluquero estilista en Nueva York y fragua su muerte para cumplirlo. Es probablemente el filme que mejor explica el racismo, el antisemitismo, la diferencia entre el discurso y la vida cotidiana, y el sentido del concepto "América", sin que falte un solo gag en cada segundo, muchos incorrectos y todos, extrañamente, felices y tiernos. Ahora, busque todo esto (son películas fáciles de acceder en plataformas) y ríase, que hace falta.

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