Hay momentos gloriosos cuando uno busca rarezas del cine . Uno de ellos acaba de ocurrirle al autor de estas columnas calenturientas, algo extraordinario y fuera de lo común. Habrán leído en esta página comentarios habituales sobre películas eróticos y pornográficos , reflexiones sobre cómo funciona el sexo con las imágenes, noticias sobre censura , política , comercio y todo eso. Báh, uno, en su vanidad, espera que hayan leído esta página. Pero adelantamos que esta edición es la más feliz de todas: encontramos una joyita .

Ya sé, no es la primera vez, pero les aseguro que estamos hablando de la película erótica que podría ver cualquier persona , incluso quienes odian el cine porno . Porque en realidad es una parodia de la pornografía, un filme que se hizo vaya uno a saber cómo, pero que existe para reírse de la explotación del sexo en la pantalla. Y resulta que está bien hecho, es muy divertido, y tiene muchas canciones. ¡Se llama Chatterbox! , es de 1977, se puede encontrar en XHamster ( cuidado: hay algunas colecciones de porno reciente con el mismo título , busquen el año también) y hay un resumen de 15 minutos en Erogarga.com. La versión larga es la recomendable. La dirigió un señor llamado Tom DeSimone, Con larga trayectoria en la televisión y Una carrera previa Como director de clase B . En la Argentina, muy tarde, esta película se estrenó como El sexo que habla , y pasó -casi inadvertida salvo para los señores con maletines- por ciertos cines de la calle Lavalle .

¿De qué va Chatterbox!? Penélope Pittman (Candice Ralson, una rubia muy bonita) está lo más tranquila disfrutando de una noche con su novio cuando escucha una voz interior que se vuelve exterior y que comenta las habilidades del caballero. Asustada, corre al baño y descubre que quien le habla es su vagina. Que, además, tiene una voz muy bonita y sabe cantar. A partir de allí, esa rareza se vuelve un tesoro: "Virginia", como se llama el órgano, desarrolla una carrera exitosísima como cantante. Da conciertos, va a la televisión, es aplaudida por el mundo, lleva a su dueña a la tapa de las revistas más respetables y, también, la tiraniza. Al punto que estropea su relación con su novio. De todos modos, entre ambos, al final, encuentran algo que los une. El epílogo es, bueno, musical.

Penélope anda gran parte de la película desnuda, aunque nunca, jamás, vemos a Virginia (no, no es realmente una película pornográfica). Hay momentos en los que el humor recuerda al cine mudo, al golpe y porrazo. Otros en los que el absurdo (imaginen que se entreviste a una vagina en televisión, en horario normal) hace que el sexo o el erotismo con el que la película parece (pa-re-ce) amagar en algún momento se disuelva en humor. Los cuadros musicales, dicho sea de paso, son muy divertidos, filmados sin demasiado lujo pero bastante cumplidores.

En otras palabras: lo que la película se toma totalmente para la chacota es el cine pornográfico que en aquel año, 1977, era un éxito absoluto y ocupaba gran parte de las pantallas. Estamos en los años dorados del XXX, cuando ya no había que esconderse (bueno, en los Estados Unidos o Europa: en el bloque soviético y en las dictaduras latinoamericanas era imposible ver todo eso salvo que uno fuera militar y tuviera un microcine en un casino de oficiales o suboficiales, donde se han gastado copias de Emmanuelle y Calígula) para verlo. Esta película se reía de sus lugares comunes, de la fama de las pornostars y, como corresponde a un cuento del show-bussiness, del negocio del espectáculo.

Ahora bien: la idea de un sexo que habla quedó dando vueltas. Y hay otra película altamente recomendable, alejada de todo erotismo, que complementa la historia de "Virginia" y su Penélope. Se llama Yo y él, y fue rodada en los EE.UU. por una de las mejores cineastas contemporáneas, la alemana Doris Dorrïe, responsable de ¿Soy Linda?, Nadie me quiere, Iluminación garantizada, la magnífica Hombres (que deberían ver todas las feministas; Dorrïe lo es) y La mujer del pescador, entre muchas otras. Alejada de toda intención intelectual sobreactuada (aunque es una intelectual), en Yo y él narra la curiosa historia de un hombre (Griffin Dunne, protagonista de Después de hora de Martin Scorsese y, además, un muy buen director de cine: vean Adictos al amor, por ejemplo) cuyo pene le habla. Está basada en un comic de Michael Juncker y es de una comicidad absurda constante (aquí, de paso, el trailer del VHS argentino -¿No saben qué era un VHS? ¿Está diciendo que el escriba es de grupo de riesgo acaso?- que es una joya en sí mismo).

 

Yo y él reflexiona sobre los lugares comunes de lo masculino y de cómo los hombres se relacionan (nos relacionamos) con el sexo. Es, también -y lo mismo pasa con Chatterbox!- una película empática y tierna: antes que acusar a alguien de culpable por la guerra de los sexos, decide tratar de entender por qué los seres humanos en general tendemos a dejarnos llevar por instintos un poco estúpidos, en qué consiste esa educación que nos hace comportar un poco como monos. En lugar de subrayar estas estupideces, Dorrïe las ve con la distancia justa como para que sea la risa la que permita la reflexión y, en todo caso, la acusación.

Lo interesante de ambos filmes, que pertenecen a modos completamente opuestos (la producción rápida de la clase B, la producción pensada de un cine más intelectual) es que ninguno de los dos podría hacerse hoy. Incluso si en ninguno hay un plano que pueda ofender a los nuevos defensores de la corrección moral mediante, escapan de los lugares comunes y condenan la solemnidad y la zoncera que hoy parecen ser necesarios para hablar de ciertas cosas. Son más revolucionarias que cualquier cosa que se haga en estos días donde, a veces no parece, todo debería ser más libre. 

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