El autor de esta columna cree que lo único importante en todo arte es el valor estético de una obra. Hay libros y películas que se hacen solo para declarar algo sobre algún tema urgente en el mundo. Pero cuando esa "urgencia" pasa, solo el valor de la construcción, lo puramente formal es lo que queda y lo que, por otro lado, nos permite imaginar otros temas, elementos más originales que trascienden las épocas y los lugares. Voltaire escribió su Cándido para burlarse de las filosofías positivas de su siglo XVIII; incluye en sus páginas el terremoto de Lisboa de 1755, una catástrofe que generó crisis de fe entre los europeos. Pero lo que queda de ese episodio (hoy casi nadie recuerda que hubo un terremoto destruyó aquella ciudad) es que Voltaire utilizó ese hecho para describir con mucho humor negro la locura a la que pueden llegar fanáticos religiosos y de los otros. Que parecen comportarse en todo tiempo y lugar más o menos.

Uno de los textos más importantes de la literatura fantástica de cualquier época (y un libro que aún no recibió la reivindicación necesaria por parte de la Academia) es Drácula, escrita durante años por el irlandés Bram Stoker, y publicada en 1897, cuando se convirtió en un éxito monumental e inmediato. Contar aquí la trama de la historia es ocioso: casi todos sabemos que el conde Drácula quiere mudarse de su Transilvania de origen a Londres, que compra una vieja abadía, que nadie sabe que es un vampiro, un no-muerto que se alimenta por las noches de sangre humana para permanecer eterno, que se enamora, que lo persiguen y, finalmente, un grupo de valientes -en capítulos más cercanos a la novela de aventuras que al terror- acaban con él. La versión más fiel de la novela en el cine sigue siendo la de Francis Ford Coppola de 1992, que respeta la estructura del libro. No hay un relato lineal, sino que es una compilación de diarios, cartas, reportes, telegramas, y recortes de periódicos que fingen ser un "archivo" sobre el caso. La película de Coppola hace lo mismo, pero incluye un prólogo donde se explica por qué el santo varón Drácula se pelea con Dios y se vuelve un vampiro, y un epílogo donde se salva su alma más una historia de amor con Mina Murray. Nada de eso está en la novela y por eso, el "diario" de Mina y Drácula (Winona Ryder y Gary Oldman, dos apasionados) es arrojado al mar por el personaje. Como si Coppola nos dijera "Ah, esto no lo leyeron porque se destruyó, pero yo cineasta lo puedo mostrar".

Volvamos a Drácula: el éxito de la novela tiene muchas razones. La principal es que es buenísima: llena de suspenso, de situaciones fantásticas, de aventuras, de romance. Y además está bien escrita. Aunque ya había cuentos de vampiros. De hecho, Stoker empezó su carrera como como crítico teatral junto a Sheridan LeFanu, escritor de narraciones góticas y fantásticas autor de Carmilla, para muchos la primera gran obra vampírica. Pero el interés de Stoker en el tema fue posterior. Lo que entonces era muy moderno, en pleno período victoriano -cuando todo era represión sexual en el Reino Unido-, era cómo, metafóricamente, aludía al sexo. Después de todo, aparece la seducción de las tres "hijas" de Drácula a Jonathan Harker al principio, la seducción de Lucy, y las descripciones de sangres y cuellos. En Wikipedia, van a encontrar teorías respecto de la homofobia de Stoker y las metáforas y la represión y mil cosas más. Eso es menos interesante que el hecho de sublimar la pasión sexual y física mediante la más desaforada de las fantasías. Como decíamos al principio: lo que hace importante una obra es lo que tiene de universal, lo que trasciende el contexto en el que se la crea.

Pues bien, aprovechando de paso que hablamos un poco de la versión de Coppola, es evidente que el vampiro es un tema ideal para el cine erótico y la pornografía. Ya hemos mencionado varias películas que tocan lateralmente el tema, pero hoy vamos a recomendar directamente Drácula (1994), dirigida por Mario Salieri, que resulta, nombre profético, el Salieri de Coppola, robándole melodías a él. En principio, la película está muy bien hecha (es cierto, en video), con grandes valores de producción dado el género. Hay buen vestuario, excelente maquillaje, actores que más o menos pueden interpretar secuencias interesantes sin desnudarse, escenografías suntuosas, buena luz. En fin, se ve como una producción profesional. La historia sigue el molde de la de Coppola pero no sus peripecias. Aquí al principio, ante la invasión turca de los Cárpatos, Vlad intenta hacer huir a su mujer. No lo logra y muere en el intento, mientras ella es torturada y repetidamente violada sobre la tumba de su esposo, donde por la vergüenza se suicida y eso resucita como vampiro a Vlad. Aclaremos rápidamente que "violar" aquí es un poco relativo: lo que hay es una orgía tremebunda donde no parece que nadie la pase del todo mal. De paso, es de esas secuencias porno donde los planos duran lo justo para generar interés y no ceder al aburrimiento. En general, todo el hardcore de la película (que tiene mucho) va por ese camino: cuando un plano está por llegar al punto de saturación, pasamos a otra cosa. Casi nadie respeta esa regla y, ya con hacerlo, esta Drácula está por encima de la media del porno industrial.

Pero volvamos: lo que sigue es encontrar siglos después a los herederos del Conde y perseguir al vampiro. Que la pasa bastante bien hasta que descubre al fascímil de su amada en la Londres del siglo XIX. Y ahí vuelven a desatarse las pasiones mientras los héroes de la película intentan acabar -por favor, en sentido literal- con la amenaza sobrenatural y sangrienta que representa el Conde. Justamente, una película sobre cómo el caos desaforado que es el sexo cuando se libera genera necesariamente un reflejo represivo. Pero, y aquí es donde el cambio de época permite repensar el cuento, como estamos en una película pornográfica lo que gana es el cuerpo liberado. No el vampirismo -también metáfora de manipulación y destrucción- sino la manifestación sin límites de una forma del amor a traves del cuerpo y las posibilidades del placer erótico. Probablemente Salieri no se propusiera tal sofisticación, pero es claro que el núcleo del cuento de Stoker permite arribar a esas ideas, sea en una versión "reprimida" como el texto original o en un juego explícito como una película porno. Esa universalidad, y no la sangre, es la que garantiza la inmortalidad de Drácula.

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