El lector habitual de este diario sabrá -por la recurrencia- que este escriba considera Duro de Matar (Star+) como una de las obras maestras definitivas del cine. De esas películas que hay que enseñarle a todo el mundo. Pero bueno, es de 1988, es de acción, tiros y todo eso, y esas cosas no tienen demasiada buena fama incluso hoy, aunque la mayoría de los críticos serios piensan exactamente como el autor de esta página. Que la vio -lo recuerda como si fuera hoy- el viernes de estreno en el cine Grand Splendid (hoy librería) de avenida Santa Fe. Y fue porque la protagonizaba su comediante favorito, Bruce Willis, y porque el director, John McTiernan, venía de hacer una genialidad llamada Depredador. Después, imaginaba ni más ni menos "una de tiros para pasar el rato". Pero cuando salió del cine se dio cuenta de que nunca, pero nunca antes, había visto una película así.

¿Por qué? Veamos: es, sí, una película de acción de los ochenta, cuando un tiro mataba y nadie se preocupaba por nada más. Tiene un par de rarezas, por ejemplo el Mejor Villano Del Cine, Hans Gruber, interpretado por Alan Rickman que, cosa curiosa, debutaba entonces en la pantalla grande. Willis un poco también: había aceptado el papel porque Tom Selleck lo había rechazado (antes, Selleck había rechazado Indiana Jones... en fin, debe ser una especie de récord). El mítico edificio Nakatomi era en realidad las nuevas oficinas de la Fox (aún a punto de inaugurarse). Así que en gran medida se hizo como una apuesta de no demasiado alto presupuesto. La actriz Bonnie Bedelia era la esposa de Willis cuando lo contrataron; pero cuando lo contrataron, él ya salía con Demi Moore. Hay un episodio de Moonlighting (el anteúltimo de la genial serie que lanzó a la fama a Willis) donde su personaje se queda mirando prendado a una Demi que pasa por un shopping caminando. 

Pero estas cosas no hacen única a la película, sino otras. Por ejemplo: el gran tema del filme es directamente la lucha entre el bien y el mal. Recapitulemos: John McClaine -Willis- es un policía de Nueva York que llega a Los Angeles para pasar la Navidad con su (quizás ex) mujer, que tomó un trabajo como alta ejecutiva de una empresa japonesa en la otra punta del país. Llega a buscarla a la fiesta de esa oficina (descubre, además, que ella usa su nombre de soltera, lo que va a salvarlos a ambos luego) y, mientras discuten como pareja que no ha resuelto su matrimonio a la manera de las de Bergman, un grupo de asaltantes que se hacen pasar por terroristas y pertenecen a varias nacionalidades -se los oye hablar ruso, alemán, italiano, francés y castellano, aunque todos entienden inglés- toma el edificio, aisla el piso 30 y somete a los asistentes. Pero McClane escapa, descalzo, en camiseta y solo con su revólver reglamentario gracias a una estupidez de "los malos". Los asaltantes, dirigidos por Gruber, se hacen pasar por terroristas. Tienen armas pesadísimas: ametralladoras, cohetes, explosivos, y mucho más. Su meta es un botín en papeles de deuda al portador. Hay algo más: van a destruir el edificio.

McClane no sabe nada de todo esto. Se va enterando poco a poco, a medida que se ensucia y va eliminando uno a uno a los terroristas/ladrones. Primera originalidad: es como una película de terror donde el asesino anda suelto en una casa llena de gente y no se lo ve. Aquí el esquema es el mismo pero el "monstruo" que ronda es el héroe. Al que la policía, cuando llega, salvo un tipo marginal con un trauma, no le cree nada. Segunda originalidad: el villano viste bien, es millonario, cultísimo, amable y le pega un tiro en la cabeza a alguien sin mediar palabra ni insultos. De hecho, solo insulta en su escena final, una sola palabra. El héroe es malhumorado, se la pasa insultando, está sucio, desorientado, desesperado y básicamente no tiene nada. Y no miente nunca. El villano es Satán: después de todo, Lucifer era el gran mentiroso y seductor, y nada, pero nada de nada de lo que dice es cierto. En la secuencia en la que ambos se encuentran, eso queda clarísimo.

Pero fuera del edificio también crece el caos. Y la película, de un modo muy satírico, muestra cómo las fuerzas del orden son idiotas, la política es imbécil (los dos agentes del FBI tienen el mismo apellido, uno es blanco y viejo, el otro, joven y negro, pero aclaran "no estamos relacionados"). De hecho, es esta imbecilidad la que (casi) les permite a los asaltantes salirse con la suya. También hay un palo en la cabeza al periodismo sensacionalista: sin un reportero sin escrúpulos, la mujer de McClane y su familia no correrían ningún riesgo. Todas esas tramas se unen en la principal de un modo perfecto y logran, de paso, criticar el mundo mientras siguen los tiros.

Les contamos que una idiotez de los asaltantes es la que permite que McClane escape al principio, es decir, que haya película. Cuando entran, disparan al aire. McClane, en una oficina cambiándose, escucha los disparos. Mira. Ve a los terroristas que abren cada puerta del pasillo donde está el lugar donde él espera. También ve -gracias a un audaz movimiento de la cámara- que tiene una salida de emergencia: la cosa es ir hasta ahí sin que lo vean. Entonces los "malos" ingresan en una oficina y ven a una pareja haciendo "eso", ella medio desnuda. La miran irse desvestida (dando la espalda a McClane) y dicen algo que suponemos obsceno, porque se ríen. Ese segundo es lo que le permite a McClane escapar.

Es decir, son tan malos, tan inescrupulosos, tan impunes que hasta se entretienen mirando una chica semidesnuda. Esa contravención moral ínfima es lo que separa a McClane de los villanos y, en última instancia, permite a la larga que el bien triunfe. Hay mucho más, pero les aseguramos que cada visión agrega capas al filme, probablemente la película de Navidad definitiva. ¿Acaso es tan simple Duro de Matar?

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Leonardo Desposito

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