La semana pasada hablamos de películas históricas. Hoy recordamos que un tema bastante recurrente en el cine de la segunda mitad del siglo XX es el de la resistencia, o Resistencia, porque se volvió nombre propio. En general, se trata de filmes abientados durante la Segunda Guerra Mundial, y la resistencia es contra el nazismo, aunque hay ejemplos en otros países y contra otros regímenes. Ahora bien: el interés de estos filmes no es solamente el histórico, sino que nos cuentan cómo la realidad es mucho más que la imagen superficial, cómo, debajo del despiadado ejercicio del poder por parte de un Estado criminal, lo reprimido siempre está latente y en algún momento regresa. Para el cine, es muy importante eso de ver qué hay detrás de las imágenes, cómo las cosas no son exactamente como parece que son, qué se esconde del otro lado del velo. 

Quizás la fundadora de este sub-género, Roma, Ciudad Abierta, sea, también, la fundadora de ese movimiento que llamamos Neorrealismo Italiano, algo que surgió por pura necesidad. Ni bien terminada la contienda, en Italia Roberto Rossellini filmó un cuento sobre la resistencia contra los nazis cuando estos, con Mussolini ya tratando de resistir en su efímera República de Saló, ocuparon la capital de Italia. Roma... está filmada apenas un año después de los hechos que narra en las mismas calles, con actores que provenían de un registro muy diferente (Anna Magnani y Aldo Fabrizi eran respectivamente cantante y cómico de varieté), y opta en muchas secuencias (el ataque a un camión de prisioneros) por un registro casi documental, alejado de la manipulación espectacular. Es un filme coral que, al mismo tiempo, permitía ver el estado de una sociedad en tiempos de disolución.

Los franceses son quienes más tomaron el tema, porque la Resistencia ante la ocupación alemana fue una gesta heroica enorme. Las dos mejores películas al respecto son Un condenado a muerte se escapa, de Robert Bresson y, muy posterior, El ejército de las sombras, de Jean-Pierre Melville. La primera cuenta lo que dice el título: cómo un prisionero de los nazis, casi sin esperanzas, logra salir de la cárcel. El filme es austero, deja de lado toda espectacularidad y utiliza pocos diálogos. Es miradas, acciones, esperas, un suspenso que surge de la propia situación hasta que la huida adquiere también tintes metafísicos. La segunda tuvo problemas: hay versiones de variada duración. Protagonizada por Lino Ventura, muestra una París casi vacía, y, con mucha valentía, pone en tela de juicio la dirección de la propia Resistencia cuando fue coordinada por el Partido Comunista Francés.

En ese punto, también la película va más allá de un contexto puramente partidario para convertirse en una meditación moral, sobre qué es bueno y malo, qué está permitido o no en una guerra. Todo es difuso y peligroso, incluso los aliados. La crudeza de Melville es claramente propia de los años setenta.

Un poco despues, en los años ochenta, uno de los realizadores más originales del cine hizo Soldado de Orange, también una película que tiene versiones de diferente duración. El realizador fue Paul Verhoeven, al que recordamos por Robocop, Bajos Instintos o esa otra película sobre la Resistencia holandesa llamada Libro Negro. Tanto Soldado... como Libro... muestran que a veces los "resistentes" tenían la misma mentalidad que los invasores (sobe todo en Libro..., donde la protagonista, judía, debe enfrentar también el antisemitismo y la desconfianza de sus compañeros). En Soldado..., protagonizada por Rutger Hauer y Jeroen Krabbé antes de que se volvieran estrellas, las aventuras y desventuras de los resistentes comienzan casi como una travesura adolescente que llega a la tragedia. Pero también aparece el trasfondo político, las traiciones, el envilecimiento que una sociedad sufe cuando la guerra se adueña de todo.

Hollywood lo hizo a su manera. Hay dos grandes melodramas que tienen a la Resistencia como núcleo. Uno es, claro, Casablanca, que es sobre todo la historia de una ciudad "entre paréntesis", donde aliados y nazis conviven en tensa espera, y donde un hombre y una mujer deben tomar la decisión moral de permanecer juntos o sacrificar cierta felicidad por un bien mayor, la vida de un líder resistente. La secuencia de la Marsellesa es, todavía, de los más emotivos y épicos comentarios políticos que dio el cine.

La otra es Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Vincente Minelli. Aunque la novela original transcurre durante la Primera Guerra Mundial, Minelli la traslada a la Segunda, y es la historia de dos primos argentinos, uno con familia alemana y otro, francesa, que en la París ocupada se encuentran de ambos lados de la línea. Es, también, el cuento de la toma de conciencia de un hombre (el Julio interpretado por Glenn Ford) ante el colapso de la civilización. De paso, es probablemente el filme donde mejor quedó retratado el campo argentino (hay mate, asado, folclore bien bailado, nada de palmeras, etcétera en esa primera media hora). A diferencia de las anteriores, el método es el gran espectáculo como lupa que amplifica aquello que permanece oculto a la mirada común. 

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Leonardo Desposito

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