Dado que es Nochebuena, hoy vamos a hablar de una película de Navidad. En realidad, del paradigma de las películas navideñas, la más vista, la obligatoria cada 24 y 25 de diciembre en la pantalla televisiva de los Estados Unidos. Y si bien hay una cantidad gigantesca de filmes de Navidad (de El extraño mundo de Jack hasta Duro de Matar, de Gremlins a Bad Santa, de Batman Vuelve a The Holiday, de Tres padrinos a Mi pobre angelito, prácticamente hay una película de Navidad de cada género), la quintaescencial por muchas razones e ¡Qué bello es vivir! (Qubit.TV), de Frank Capra, realizada en 1946 y un tremebundo fracaso de taquilla en el momento de su estreno.

Vamos por partes: el filme está protagonizado por uno de los actores que más rodó con Capra, James Stewart. Hasta entonces, Stewart solía personificar a tipos ingenuos; más tarde, justamente después de este filme y a medida que lo alcanzó la madurez, sus personajes se volvieron más cínicos y torturados. Stewart, de paso, es la causa y el sosten de muchas de las mayores obras maestras de Hollywood: Ventana Indiscreta o Vértigo, de Alfred Hitchcock, la sublime Un tiro en la noche, de John Ford, la terrible y moderna Winchester '73, de Anthony Mann (y hay muchas más con Mann), etcétera. Es notable que este cambio se dio, sobre todo, a partir de ¡Qué bello es vivir!

Frank Capra fue, durante varias décadas, el director más conocido de Hollywood. Tanto es así que su autobiografía lleva por nombre una cláusula de sus contratos: "El nombre por encima del título". Capra no solo era orgullosamente ítaloamericano (católico, pues, un dato no menor en un país sustancialmente protestante, lo que equivale a cambio fuertes en la visión del mundo) como Scorsese, Coppola o De Palma años más tarde, sino que era lo que muchos consideran "un populista". En cierto sentido es verdad: Capra lograba que incluso sus películas más pesimistas culminasen con un final feliz que no en pocas ocasiones tenía que ver con la gente humilde, pobre, trabajadora, uniéndose al héroe. Es lo que sucede en Mr.Deeds, Caballero sin espada y otras. También era absolutamente hábil para la comedia romántica, al punto de que su obra Lo que sucedió aquella noche es la única comedia en llevarse el Oscar a Mejor película, y una de las dos que obtuvo los "cinco premios grandes": película, dirección, actor (Clark Gable), actriz (Carole Lombard) y guión (la otra, si quiere saberlo, es El silencio de los inocentes, la única película de terror en llevarse el Oscar, cosa curiosa). Las películas de Capra, con su optimismo a veces un poco artificial (no por nada es una de las mayores influencias en el cine de Steven Spielberg), eran perfectas en la era de la Gran Depresión porque apostaban a la Utopía Americana como algo todavía posible en el que las diferencias de clase se diluían en algo que, a falta de otro término y poniéndonos argentinos, podría llamarse "justicia social". Con pinzas, ojo.

Llegamos a ¡Qué bello... Está filmada en un momento terrible: la posguerra, cuando muchos de los soldados que volvieron de pelear contra los japoneses o los nazis se encuentran atormentados por recuerdos espantosos, imposibilitados de encontrar trabajo, minados por el alcohol y ante un país que los saludó un poco pero no los ayudó demasiado. Es importante tener en cuenta esto porque la película narra cómo un tipo común llamado George Bailey está a punto de sucidarse. Lo frena un tipo llamado Clarence, un ángel guardián que necesita salvar a alguien para ganarse sus alas, y el trabajo que le toca -nada fácil- es George. No vamos a contarlo todo, pero básicamente sucede que cada vez que George está a punto de cumplir con su sueño de viajar, algo le pone una obligación encima. Aunque en el medio se enamora, salva la vida de su hermano (y, ojo, de muchos más), evita que un hombre termine preso por error, y ayuda a muchos a tener su propia casa, incluso sacrificando sus ahorros para salvar el negocio familiar, una casa de préstamos inmobiliarios. Tiene un antagonista: un tipo millonario que domina casi todo el pueblo y que no solo puede salvar a George sino que deliberadamente no lo hace. Para convencer a George de que su vida valió la pena, el ángel lo lleva a un mundo alternativo (¿vieron Volver al futuro II? Bueno, es por ahí) donde nunca existió. Ese mundo es mucho, muchísimo peor. George pide su vida de nuevo, vuelve a su casa donde cree que lo van a arrestar por una deuda que en realidad no es su culpa y, en plena Navidad, descubre que todo el pueblo le dio algo de dinero para pagar la deuda y evitarle la cárcel. Alguien le dice que ningún hombre es un fracaso si tiene amigos y Clarence obtiene sus alas mientras los Bailey se abrazan y la Humanidad completa -a menos que padezcan algún problema de salud que les impida mirar o sean psicópatas- llora a mares.

Esta es una película de Navidad por algo: la Navidad es sobre todo la fiesta donde se renueva la esperanza. Necesitamos varias páginas para explicar que no es solo católica o cristiana, que es un ritual tradicional ligado al solsticio de invierno en el hemisferio norte (si quiere más datos, la fiesta del dios Thor escandinavo, de allí proviene el árbol de Navidad). Pero en todas las culturas y todas las religiones ha implicado la renovación de la fe del hombre en el hombre a través de un nacimiento o renacimiento. George es alguien que se sacrifica por los demás, incluso su idea de suicidio tiene en el fondo un costado altruista: morir para que otros (su familia) vivan. Y acepta finalmente su destino porque el mundo sin él sería peor; esa aceptación, que es un renacimiento, lleva a que Capra muestre el premio de la América Utópica: el pueblo unido alrededor del héroe altruista. 

Dos cosas importantes: la película tiene un dejo del Cuento de Navidad de Dickens (¿la mejor versión en cine? Sin dudas Los fantasmas contraatacan, de Richard Donner, con Bill Murray), salvo que aquí George no es un avaro egoísta sino todo lo contrario. Y se parece mucho (pero mucho) en cuanto a matriz narrativa a La última tentación de Cristo, salvo que, al revés, el Jesú de Willem Dafoe tiene que aceptar morir para evitar el el mundo sea peor. Dicho esto, Capra hace una película moderna. En lugar de seguir un hilo sin alteraciones temporales, va y viene en el tiempo para que se entienda la historia de George. Y si bien es una especie de comedia satírica, filma todo con mucha oscuridad, con los elementos en contrapunto con la atormentada visión del personaje. De hecho, ¡Qué bello es vivir! se parece mucho menos (estilísticamente) al cine de Capra anterior que al cine de terror.

A George, en su momento final, lo rodean las sombras, que se despejan en la gran secuencia (en general travellings, es decir cámara que se mueve a la par del personaje para "meternos" en la escena) del regreso de George a su casa, agradecido por estar vivo y por haber hecho lo posible. Es en ese momento en el que el espectador no puede ya contener las lágrimas. Y, por detrás, el acto altruista del pueblo para salvar a George de la cárcel se construye a través de las buenas acciones del protagonista, de modo asordinado. Por eso cuando ocurre, aunque nada lo hace prever de modo ostensible, nos emociona sin escandalizarnos: Capra, al contar solo los momentos intensos de una vida, nos prepara para que creamos en ese altruismo final. Probablemente eso es lo que los críticos miraron con desdén, pero también eso, el regalo merecido de un Papá Noel-pueblo al chico que hizo todo bien a costa de sus propiso deseos, sea lo que hizo de la película de un fracaso comercial a un éxito inhundible. ¡Salud!

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