La comedia Palm Springs, protagonizada y producida por el comediante Andy Samberg (Hot Rod, Brooklyn Nine Nine) rompió el récord para una venta de derechos en el festival Sundance: su precio fue de u$ 17.500.000,69. Esos sesenta y nueve centavos son los que quebraron la barrera: el récord anterior fue para la malhadada The Birth of a Nation, adquirida hace cuatro años por Fox por u$ 17,5 millones, y que más tarde vio estropeada su distribución al conocerse que su director y estrella, Nate Parker, había sido acusado de violación. En el caso de la película de Samberg, producida por la independiente Neon, la adquisición corrió por cuenta de Hulu, el VOD cuyo dueño es Disney y que está creando algo así como una biblioteca del actor, con series y películas que protagoniza. Los derechos internacionales, de todos modos, quedarán para Neon.

La película es una comedia, sí, pero no en el estilo más frecuente de Samberg, más ligado a la sátira disparatada de la escuela Saturday Night Live, sino a un estilo más realista, más cercano a otros filmes como la reciente Historia de un matrimonio. Hay que tener en cuenta que muchas de las adquisiciones que las empresas importantes logran en Sundance tienen como fin ser ubicadas en los slots de lanzamiento cercanos a las temporadas de premios, se los trata como "filmes de prestigio". No sería extraño, entonces, que Hulu-Disney haya adquirido esta película para competir en esa franja.

Sundance es el primero de los grandes eventos estadounidenses de la temporada, no tanto por la prensa que obtienen las producciones -una gran cantidad de operas primas y de filmes de géneros poco transitados por el sistema de exhibición más mainstream- sino porque da a conocer a los realizadores que luego terminan ocupando lugares de peso en Hollywood, así como tendencias estéticas. De allí que se haya transformado en un mercado de enorme peso desde los años noventa -cuando surgió de sus filas Quentin Tarantino, por ejemplo. El concepto "independiente" es hoy un poco relativo, por cierto, en la medida en que son los grandes estudios y productores mainstream los que van a la caza de talentos y películas. Que, de paso, resulta más barato "comprar" allí e invertir en su instalación que producir directamente.