Han pasado, lo conté, diez años desde que empezamos cada jueves a hablar de erotismo y pornografia como entretenimiento en esta página, que empezó como una columna breve y ahora es -por mucho- la nota más larga de este escriba cada semana. En estos diez años, vi toda clase de películas y cortos sexuales, e incluso revisé cosas respecto de legislaciones, contextos históricos y desarrollos. Tengo una hipótesis que requeriría mucho más trabajo para ser demostrada; requeriría que viera y analizara mucho más material. Sin embargo, les pido que la tomen por cierta: la pornografía es el género que marca siempre el horizonte próximo del entretenimiento. Es el único género donde aún se conserva la inocencia básica del cine primitivo, que consiste en que la sensación de realidad cause un impacto sensorial en el espectador.

Es extraño e interesante ver que al cine no porno, y para más datos el cine de gran presupuesto y familiar, le tomó más de cien años reencontrar aquella inocencia. Por supuesto que no utilizamos el término en el sentido de que se hacen películas por amor al arte (solamente): es claro que existe un inmenso negocio detrás de cada producción cinematográfica o cada serie. Pero ese negocio se basa sobre una premisa importante: ofrecernos la promesa de lo extraordinario vuelto realidad ante los ojos. El auge creciente de los efectos especiales y las imágenes de síntesis desde -por lo menos- 1977 (para mí, el estreno de Star Wars es el punto de inflexión, para bien y para mal, del audiovisual) no tiene una base onírica o surrealista. No tiene como fin crear imágenes imposibles que no puedan formar parte de nuestra realidad de ninguna manera, ampliando nuestro horizonte de experiencias, sino en que aquello que no está en la realidad cotidiana se vea como si pudiera estarlo. Realismo e hiperrealismo de lo imposible. Paradójicamente, la literatura buscaba eso mismo hasta que apareció el cine y tomó la posta; hoy gran parte de lo que se escribe busca esa ampliación de la experiencia al menos estética, busca quebrar el límite de las palabras, porque del realismo se ocupa el cine.

La pornografía es el cine más realista posible. Ya sé que estoy repitiendo mucho el término "cine" y que la mayoría de lo que existe hoy es digital y diseñado para ser visto en pantallas hogareñas o personales del tamaño que fuere. Pero la poética (es decir, las formas de registrar para lograr un sentido) del audiovisual, incluso hoy, sigue moldeada por el cine. En algún momento de los años ochenta, el porno sufrió la interferencia del videoclip, un arte conceptual mucho más cercano a los dispositivos de la publicidad que a la "escultura en el tiempo" del cine, como diría Tarkovski. Ya sé, también, que dije "Tarkovski" y usted, lector, busca algo cachondo en estas columnas. No se preocupe que no lo voy a defraudar, pero admítame la cita culta por un ratito. Volviendo al "clip", el problema con el porno consiste en que queremos ver de veras lo que hacen los cuerpos con el mayor grado de detalle posible tanto visual como sonoro. Y la fragmentación propia del video conspira contra eso. En ese sentido, sigue siendo cine del más puro y, claro, del más primitivo.

Como saben, tenemos esta maldita pandemia que ha dejado a gran parte de la Humanidad en casa. Y también, habrán adivinado, creció la visita a sitios pornográficos. No es ningún secreto: ante la imposibilidad de encontrarse con otros, algo necesario para el sexo al menos lúdico, algo habría que hacer para desfogar ciertos deseos. En general, los sitios que más visitas lograron son los de cámaras en vivo, por ejemplo Chaturbate, que es algo así como el lugar canónico -y un negocio inmensamente rentable- donde profesionales del sexo y amateurs "lo hacen" frente a cámara, mientras los usuarios piden, charlan, festejan y dejan propinas. Pasé un rato por allí. Quizás esté bastante anestesiado al respecto después de (repito) diez años de revisar material XXX, pero no obtuve el tipo de excitación que se promete. Hay de todo: parejas, solitarios y solitarias, todas las letras del colectivo LGTB y más, etcétera. Cualquiera puede encontrar lo que quiera. Puede acceder gratuitamente pero, si quiere interactuar, deberá pagar. Así es el mundo, amigos. De todas formas, se trata no de cine sino de televisión en el sentido estricto: ver lo que pasa en otro lado, alejado, en el mismo tiempo en que sucede. Puede hacer la prueba y recorrer: en caso de que desee sorpresas, es mejor no quedarse demasiado tiempo en una sala y recuperar la vieja tradición del zapping, eso que existía allá por la década del '10, cuando el on demand era todavía privativo... del porno.

Pero vuelvo al principio. ¿Por qué crece esto más que los sitios donde se exhiben producciones porno profesionales, con buena luz, maquillaje y gente entrenada en contorsiones de todo tipo? Pues bien: porque recupera el mito primitivo del cine, el de acceder a la más pura realidad. De hecho, es interesante ver cómo eligen los planos, la manera en que la cámara registra a estos performers ocasionales o profesionales: tratar de encuadrar cada vez lo relevante. Y que se vea bien. Lo que lleva, otra paradoja, a una puesta en escena mínima, a una manipulación para que lo que se vea sea atractivo y excitante, porque no alcanza con el hecho en sí sino en cómo ese hecho se registra para causar un impacto. En criollo: importa menos qué se ve que cómo se ve.

¿Y el futuro del cine? Bueno, creo que cada vez más veremos una sofisticación de efectos para que todo sea cada vez más hiperreal, pero no podremos deshacernos (y me parece bien) de la manipulación. Y cada vez más estas dos cosas estarán disociadas del relato, el cuento en sí, y mucho más centradas en las sensaciones posibles a partir de esa manipulación. Es decir, volver al origen del cine, a su aura primitiva. Ese primitivismo que hoy aparece como el sentido más fuerte del porno inmediato, de la búsqueda de lo amateur, de lo hiperreal, de lo que da la sensación de existir más allá de si se lo filma o registra. Tengo la impresión de que, como el porno, también el cine sin sexo se volverá más personal, de consumo individual e íntimo. En cierto sentido, espero equivocarme.

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Leonardo Desposito

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