Hay películas que se venden, promocionan, saturan con una serie de lugares comunes que nos crean la idea de que eso "ya lo vimos" muchas veces. En general responden al cliché, son filmes mediocres -o directamente malos- cuyo interés reside fuera del cine. Adaptaciones de libros, historietas o juguetes; apelaciones a la nostalgia, "homenajes", etcétera. En general, Hollywood fue siempre así: el criterio para las películas era comercial y serializado. La lluvia de secuelas y adaptaciones no es nueva sino constitutiva del sistema: ¿cuántos Tarzán hubo? ¿Cuántos Drácula y cuántos clones de Drácula? ¿Y Sherlock Holmes, el personaje más llevado al cine de la historia? John Ford fue, en sus comienzos, el director titular de Tom Mix, el cowboy "serial" del mudo. Lo que no quita que hiciera excelentes películas en medio de ese sistema.

Justamente, la idea de "autor" proviene de que hubo realizadores que, en medio de la máquina, eran capaces de ejercer un estilo personal, de imponer su propia visión del mundo al material que les obligaban a filmar. En general no se reivindicaban como "artistas", pero era claro que lo eran. Todo esto es para decirles que no hay que tenerle prejuicio alguno a un filme por lo que parece ser o por su origen económico, geográfico o de género. En cualquier lugar se esconde la obra maestra.

Por ejemplo, una de las mayores de las últimas tres décadas es también de los filmes que la crítica (ciega y sorda pero no muda) destrozó aunque hizo millones de dólares en todo el mundo. Es una película de una originalidad y curosidad únicas, que además implica un trasfondo mitológico muy interesante. La película es, no se asusten todavía, El Guardaespaldas (en HBO Max), dirigida por Mick Jackson en 1992. Se rieron de la dupla Kevin Costner - Whitney Houston, especialmente de ella. Hoy, cualquiera que la vea sabe que fue una canallada enorme. Incluso si no coinciden con lo de "obra maestra", salta a la vista que es una gran película que conmueve sin caer en golpes bajos ni soluciones fáciles. Pero empecemos por el principio.

A veces el "autor" no es el director. El Guardaespaldas es el primer guión escrito por Lawrence Kasdan, uno de los mejores realizadores de las últimas cuatro décadas. Kasdan brilló como guionista primero, con Los cazadores del Arca Perdida o El Imperio Contraataca. De hecho, fue él quien transformó Star Wars de un "homenaje" al cine de aventuras antiguo en un universo consistente. Como director, ofreció El Guardaespaldas pero a nadie le gustó. Mucho menos que quisiera para el protagónico a un entonces desconocido Costner, su amigo personal. Los años pasaron, Costner se convirtió en estrella y Kasdan hizo Cuerpos Ardientes, Reencuentro, Silverado y Un tropiezo llamado amor, cuatro joyas superlativas.

Finalmente, con todo a favor, Kasdan volvió a presentar el proyecto y se lo agarraron cuando garantizaron la participación de Whitney Houston. "Si sale mal, por lo menos tendremos el disco", habrán pensado. Kasdan no pudo dirigir pero hizo casi todo (Jackson, el director, era un cumplido artesano de la televisión, con muy buena mano técnica, pero sin discurso estético: cabe darle el crédito de todo a Kasdan).

Bueno, como saben, se vendió como "una estrella pop pedante y exitosa tiene que contratar a un duro ex marine como guardaespaldas y ambos se enamoran". Sí es eso. Pero no es eso. En principio, es una película sobre las apariencias y sobre el verdadero arte, la verdadera épica, detrás de las apariencias de un mundo totalmente ajeno a lo espiritual. Y es una película sutil. 

Comienzo: se oye un tiro. Una cámara va subiendo. Un estacionamiento. Un auto. Un hombre con un arma. Un hombre asustado. Un muerto cerca. Todo con solo un movimiento de grúa muy simple, elegante y claro. En esos segundos, se entiende quién es quién, que ha pasado, cómo se resolvió una situación. Eso es cine puro, digamos. Pura imagen sin palabras.

Luego: Frank Farmer (granjero, nada más americano) llega a la mansión de la "estrella" y descubre que la seguridad es nula. Hay una cita al mito de Parsifal y el Santo Grial, pero dejemos de lado eso. Lo que descubrimos es que el "glamour" en el que vive Rachel Marron (Houston) es solo una especie de puesta en escena para los fans y el negocio. Ella vive en un bungalow sencillo detrás de la mansión. Es, ni más ni menos, una madre soltera y trabajadora que "representa" a una estrella.

Y Frank es un hombre justo que "hace" de guardaespaldas. Un viejo samurai (hay una alusión directa) que tiene como gran pena en el corazón no poder construir una familia. Cuando se enamoran, es cuando dejan de lado sus "papeles". La excusa para la presencia de Frank es que hay un asesino que quiere matar a Rachel, y puede ser un fan totalmente loco. Finalmente, descubrimos que hay un fan loco (el tipo que se "cree" la ficción de Rachel Marron, la estrella) y un asesino real, pagado, para el que la vida y la muerte son negocio (y fue amigo y reverso de Frank).

Es decir, el tema principal es cómo una vida sencilla, de héroes, amores, familias y vocaciones (heroica y artística) hoy solo puede existir detrás del "espectáculo" gigantesco que distrae la vista. Lo que pasó con El Guardaespaldas y su tremenda banda de sonido ("I have nothing" es una canción monumental) es que la crítica cayó en la trampa que la propia película denuncia: la de su "apariencia", que es justamente lo que se condena. Si quieren ver dónde está lo importante, sigan por ejemplo el sentido que adquiere el crucifijo (hay un crucifijo) y cómo Rachel -Whitney Houston demostró acá que era una actriz monumental, en serio- pasa de "estrella caprichosa" a "mujer de familia" a veces en la misma escena. Después nos cuentan.

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