Hace no mucho tiempo, en una conversación con colegas, alguien dijo que no había grandes películas en los años sesenta. Sí películas importantes, pero no una que definiera -de modo al mismo tiempo popular y académico- esa época. Es probable: los sesenta, que fueron para los adolescentes de los ochenta lo que hoy son los ochenta para los centennials, representaron una época caótica. Por un lado, el crecimiento de la televisión -especialmente con la llegada del color- hizo que el cine perdiera su baza más importante, y los grandes espectáculos en pantalla anchísima encontraron un fracaso monumental con Cleopatra en 1962. El sistema de estudios ya no existía, y los cambios en las costumbres e ideas (la revolución sexual de la píldora, Vietnam y la lucha contra el racismo mediante) generaron un bienvenido caos. Se podía decir y se podía mostrar mucho más, se podía experimentar porque la industria estaba desorientada. Una época de libertad que solo se da de tanto en tanto. Pero tanta multiplicidad de ideas llevaba a que no hubiera películas totalmente "representativas". 

Veamos. Un gran éxito fue Anochecer de un día gitado, de Richard Lester, la primera de las películas de los Beatles. Montada en la primera "beatlemanía", es mucho, muchísimo más que un filme al servicio de sus estrellas. Es una comedia alocada que homenajea a los hermanos Marx, con John como Groucho, Paul como Chico, Ringo como Harpo y George como Zeppo. Pero es también un producto del Free Cinema inglés, de la modernidad: filmada en locaciones (la chica que se resbala y cae al principio es real, se debe de haber destrozado las rodillas), con un montaje totalmente libre y más centrada en las situaciones que en la historia, es al mismo tiempo una ficción y un documental, un intento de capturar un tiempo.

Por la misma época, Godard hacía sus películas más importantes -que influyeron, no lo dude, en el Lester de Anochecer... Entre ellas está la indispensable La Chinoise, donde un grupito de adolescentes burgueses planea la revolución maoísta en Francia durante sus vacaciones universitarias, y el golpe es el secuestro y asesinato de un empresario. Pero todo tiene un tufillo satírico, en el que Godard se burla de la impostura revolucionaria pocos meses antes del estallido de Mayo del 68. La conversación en el tren entre la "revolucionaria" y un auténtico líder de la revuelta de Argelia sobre el uso de la violencia es esclarecedor (hoy debería serlo más que nunca). 

Hollywood no sabía bien hacia dónde ir. Estaba James Bond, por ejemplo. Pero también el mundo pop y el sexo. Pues bien: junten las dos películas antes mencionadas, más estos elementos y tendrán uno de los filmes más extraños y divertidos jamás filmados, Casino Royale, dirigido por muchos realizadores (John Huston, Val Guest, Robert Parrish; incluso algunas escenas de Woody Allen, que escribió sus propios diálogos) y trata de un Bond viejo al que se llama de nuevo a servicio, de la elección de un nuevo Bond (Peter Sellers), de un villano que es mago (Orson Welles), del secuestro por un ovni de la hija de Sir James, de un final donde indios, cowboys, gangsters, la Legión Extranjera (con Jean-Paul Belmondo a la cabeza), focas y el monstruo de Frankenstein terminan por los aires, con alas de ángeles y arpas. Funciona como documental de la locura inglesa del swinging London, además.

En estas tierras también pasaba de todo. Una de las mejores películas argentinas de la historia es Invasión, que cuenta cómo una ciudad es sitiada por unas fuerzas represivas que bien podrían representar una invasión extraterrestre, y cómo se organiza una resistencia armada. Hay mucho de metafórico e incluso profético respecto de la violencia que la Argentina sufrirá en los años setenta, pero hay mucho más de filme de tesis. Escrito por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares (la contra es que algunos diálogos son demasiado literarios) y dirigida por Hugo Santiago, es de lo más innovador que dio nuestra pantalla. En los mismos años, en Brasil, Glauber Rocha decidión que la mejor forma de llevar un "mensaje" era apelando a la narración tradicional. Así nacieron sus raros westerns de sertones, Dios y el Diablo en la tierra del sol o Antonio das Mortes, que combinaban perfectamente el avatar político con las formas del entretenimiento y hoy siguen siendo películas poderosas que además comentan el cine desde su raíz.

Japón también tuvo su "nuevo cine", donde pudo inscribirse un autor como Nagisa Oshima (que provenía en realidad de una generación anterior pero tuvo grandes momentos en esa década: ver Lluvia Negra, sobre Hiroshima o la gran La mujer insecto, o incluso Los pornógrafos) pero que giró sobre todo alrededor de Nagisa Oshima, un admirador del cine francés de la Nouvelle Vague y un iconoclasta que decidió discutir las tradiciones de su país. Cruel historia de juventud, que anticipa en su angustia existencial mucho de lo que hizo Godard en esos mismos años) o el muy político y polémico Noche y niebla en Japón (el título alude a la película sobre las atrocidades nazis que realizó el francés Alain Resnais en 1958) muestran hasta qué punto se inventaban nuevas formas en el cine.

Y eso aplica, también, para los grandes autores italianos. Es cierto: estaba Visconti filmando El Gatopardo, que es un gran espectáculo (pero también gran política). Pero también Pasolini, con El evangelio según San Mateo, La Ricotta o Teorema, donde su catolicismo y su credo comunista confluían para crear fábulas sobre la alienación y preguntarse sobre qué quedaba en pie de las tradiciones del mundo occidental. Películas fuertes, llenas de ideas y de sentidos que hoy parecen más actuales que entonces. 

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