Hace algún tiempo dijimos que había un lugar común alrededor del cine francés que debía ser por lo menos discutido: era aburrido porque la gente se la pasaba hablando. En realidad, si ven películas como las de Jean Renoir (La gran ilusión, La regla del juego, El crimen del señor Lange, etcétera) notarán que se habla poco y pasan muchas cosas, incluso que son bastante más vivaces que muchas películas estadounidenses de los años treinta y cuarenta. Más adelante en el tiempo, las películas de Robert Bresson (Diario de un cura rural, Un condenado a muerte se escapa, El carterista) se caracterizan porque el diálogo es a veces muy poco y todo tiene que ver con lo que se ve, las actitudas. Es cierto que son "lentas", pero es el tiempo justo en el que se desarrollan los acontecimientos. Probablemente la televisión y el cine de gran presupuesto, mucho más vertiginosos porque buscan el impacto inmediato para "noquear" de entrada al espectador y engancharlo en la ansiedad de seguir mirando, nos haya mal acostumbrado a seguirle el tiempo a las películas. Los buenos realizadores no sostienen las imágenes ni de más ni de menos, sino lo justo para que transmitan todo lo que deben transmitir. A la inversa: ¿cuántas veces hubiera querido ver más segundos eso que lo cautivó por unas décimas? 

Volviendo al cine francés, el prejuicio se ha justificado en una parte de ese cine al que FrançoisTruffaut, en un célebre artículo, llamo despectivamente "Qualité francesa". Eran películas cuyo prestigio se basaba en ser adaptaciones de obras literarias célebres, muy habladas, actuadas teatralmente, alambicadas. Para Truffaut, el cine era -y en esto coincidiría, veinte años después, con el gran Horacio Quiroga, el primero en verlo- invento americano, el movimiento, el hombre al natural, el relato de la conquista del espacio físico o metafísico, la invención a partir de lo real. Ese cine de la "qualité", lleno de miriñaques y parrafadas, fue aquel contra el que reaccionó como cineasta el propio Truffaut desde Los 400 golpes, y los cineastas de la Nouvelle Vague (que era esa "nueva ola" que se oponía ferozmente al "prestigio literario") como Jean-Luc Godard (Sin aliento), Claude Chabrol (Los primos) y Eric Rohmer. Justamente, hablemos de Rohmer y hablemos de una de sus obras maestras, que también es una especie de "examen de ingreso" a un cine más reflexivo, más "lento" pero que llena de ideas y resulta apasionante, Mi noche con Maud, que pueden ver en Qubit.TV.

El filme es la historia de un señor (Jean-Louis Trintignant) que va a misa y se enamora de una chica rubia, a primera vista. La sigue, pero la pierde. Después se encuentra con un amigo marxista y ateo. Discuten sobre Pascal y otras yerbas, y el amigo lo invita a cenar a la casa. En esa casa, vive con Maud, una mujer espiritual y físicamente libre que trata de seducir a nuestro católico. Hay un duelo, básicamente verbal, en el que Maud hace lo posible por pasar la noche con el protagonista, pero él se dice enamorado y fiel y esas cosas. Maud, de todos modos, le cuenta cómo perdió a su amor en manos de una pérfida mujer. Después pasa el tiempo yal final, ambos vuelven a encontrarse. Decir más es revelar demasiadas cosas.

Este es uno de los "Cuentos morales" de Eric Rohmer, que gustaba de armar series alrededor de algún principio organizador, aunque nada que ver con el concepto de "sagas" del blockbuster. Las películas siempre fueron independientes. Las series más conocidas son los Cuentos Morales, las Comedias y Proverbios y los Cuentos de las Cuatro Estaciones. También hizo algunas adaptaciones literarias "de época" (La marquesa de O, La dama y el duque) y películas ajenas a sus series (El árbol, el alcalde y la mediateca, de las mejores comedias políticas de la historia). En general en sus peliculas, la gente habla mucho, muchísimo. Pero pasan dos cosas y Mi noche... es paradigmática: lo que dicen es interesante y discutible, y la manera de filmar, los gestos, las miradas, aportan muchísima información. Es un cine sutilísimo, pero absolutamente claro, nada difícil ni de seguir ni de comprender.

Mi noche... tiene movimiento, de todos modos. En un cierto momento de la película, Trintignant sigue en auto a aquella rubia de la que se había enamorado, y Rohmer al mismo tiempo homenajea y parodia Vértigo, el clásico de Hitchcock, con el que la película tiene más de un punto de contacto (la obsesión amorosa por algo así como un fantasma, las dos mujeres, etcétera). Pero sobre todo, lo más interesante es que la ament historia, lo que realmente pasa y que deriva en un final totalmente irónico y sorprendente (no, no esperen Sexto sentido, no es así de espectacular aunque es obvio que Shyamalan vio a Rohmer y lo conoce perfectamente) donde comprendemos que tanto diálogo, tanto momento de pausa, tanta tranquilidad, tienen un auténtico sentido.

Por sus ritmos, Mi noche con Maud, que fue muy exitosa (nominada al Oscar, de paso, en tiempos en los que el Oscar solía realmente celebrar a los creadores originales fuera de Hollywood, recuerden que ganaron Fellini, Bergman, Truffaut y Buñuel, sin ir más lejos) puede hoy "molestar" a quien cree que el cine tiene que tener los tiempos de Transformers. Pero es un gran ejercicio de inteligencia para el espectador tenerle paciencia. Rohmer, de todos modos, lo hace fácil: como dijimos, las conversaciones son interesantes, la cuestión sobre la fe y la existencia de Dios se charla con mucha inteligencia y humor, y el conflicto central -amor versus instinto, deber versus deseo- se arma como un truco de magia. Nos distrae (y nos dejamos distraer) con esas "escenas donde se habla mucho", y aunque en ellas se cuenta lo esencial de la trama, el final nos genera asombro, sonrisa irónica y ganas de seguir pensando en lo que vimos. ¿Cómo puede ser aburrido algo así, estimados amigos?

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Leonardo Desposito

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