El escándalo político es un tema bastante transitado por el audiovisual. Casi podemos decir que es un género en sí mismo y que se vincula, especialmente, al policial y las películas de detectives. Curiosamente, aunque hay ejemplos en casi todos los países con una cinematografía importante, está ausente del cine argentino (salvo alguna excepción histórica como El candidato, de Fernando Ayala, a fines de los años cincuenta). Suele ser exitoso porque tiene todas las componentes del saber popular: el poderoso que hace lo que quiere (un deseo oculto, atávico, en el espectador); el misterio de quién, cómo y cuándo se descubrirá el Mal; la posibilidad de la indignación o del castigo, pura catarsis. Cuando además se basan en casos reales, mucho mejor.

Que quede claro: no es "cine político" salvo en el sentido en el que lo que está en juego es la legitimidad del ejercicio del poder. Por norma, no se discuten ideologías sino -se diría hoy- "gestiones". Y en última instancia la condena es menos al o los sistemas que a los hombres. En los EE.UU. el asunto siempre pasa, incluso si el malo es el presidente (como en Poder Absoluto, de Clint Eastwood, donde es un femicida horrible), por "que no se entere el Estado", que, en última instancia, funciona. El policial, en ese sentido, es distinto: el Estado puede estar ausente, lo que importa es el crimen y su misterio.

Dicho esto, hay que aclarar que el rol del detective suele llevarlo un periodista o grupo de periodistas (ocasionalmente, un fiscal). El periodista es imprescindible: es el que saca a la luz pública lo que los servidores públicos no quieren que se sepa. 

De allí que el paradigma de estas películas sea Todos los hombres del presidente, de Alan Pakula (en Netflix), quizás lo mejor del director. Robert Redford y Dustin Hoffman son Bob Woodward y Carl Bernstein, entonces jóvenes reporteros de Washington Post que descubrieron, a partir del espionaje en los edificios Watergate, la trama de ilegalidades que hizo caer a Richard Nixon. Importante en este tipo de cine: el registro casi documental, sin acentos dramáticos de más, en el que lo personajes parecen seres humanos cotidianos y reales (así sean Redford y Hoffman, claro).

En la misma línea sigue la que podría ser una "precuela", dado que involucra al mismo diario, The Post (en Netflix), de Steven Spielberg. Allí Tom Hanks y Meryl Streep deben decidir si publicar o no unos documentos secretos del Gobierno que prueba que, desde el principio, sabían que iban a perder en Vietnam, pero igual siguieron adelante por cuestiones tanto de propaganda como de negocios. Aquí hay más suspenso, pero alrededor de una decisión ética: ¿se puede o debe publicar algo que daña a un gobierno? ¿Pero puede un Gobierno hacer lo que quiere a espaldas de los ciudadanos?

Lo que vale para las campañas: Experta en Crisis, por ejemplo, basada en la historia de cómo Sánchez de Lozada llegó al poder en Bolivia -desplazando al entonces ya candidato Evo Morales- ayudado por una consultora estadounidense (en la película Sandra Bullock) y traicionando los deseos de sus votantes. Allí no hay escándalo "real", sino que se ve la trama de simulaciones (en todos, absolutamente todos, los candidatos) para llegar al poder). Está en HBOGo.

Hay series, también. En los últimos meses fue un fenómeno Borgen, que es de 2010 pero Netflix subió recientemente. Es la historia de una ficticia primer Primera Ministro mujer en Dinamarca, rodeada de un asesor con problemas, una periodista en ascenso, un diario que la quiere voltear (porque su dueño fue expuesto por la heroína), y un ex Primer Ministro corrupto. La serie comienza casi con inocencia, pero se va haciendo en cada temporada (son tres hasta ahora) más compleja y ambigua. Si uno quiere saber qué implica y por qué se hace eso de "tragar sapos", es imprescindible ver una serie donde distraer 10.000 dólares equivale a quedar fuera del poder ipso facto.

Más cerca de nosotros, el escándalo Odebrecht, que sigue sacudiendo a Brasil y a toda la región aunque ya no lo leamos tanto en las portadas de los diarios, es el objeto de la serie de Netflix El Mecanismo. Con lujo de detalles y sin que falte ningún nombre, se muestra cómo se llegó al "Lava Jato" y cómo se transformaba la obra pública en caja de corrupción. No es "perfecta" (abusa en algunos momentos de las herramientas dramáticas) pero es de una claridad meridiana. Y es entretenida, además.

Aunque el verdadero paradigma de enjuagues, crímenes, gestiones poco transparentes y ascenso al poder seguirá siendo la serie producida por David Fincher House of Cards, que además permite ver cómo funciona el Estado en los EE.UU., paradigma de la democracia liberal. Es cierto, casi no se la nombra porque Kevin Spacey (gran protagonista) quedó defenestrado por escándalos sexuales, pero para entender cómo se corrompe la democracia (y también, cosa curiosa, cómo se cura), es imprescindible. Y lo que le dio vida a Netflix, de paso.

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