Uno de los motivos por los que vale (todavía) la pena que existan los festivales de cine, y uno de los motivos por los que vale la pena que exista el de Mar del Plata es la posibilidad de ver el estado del arte y del audiovisual más allá de la capa exterior de productos que nos llega más o menos a reglamento tanto en salas como en plataformas. Una cosa es realizar hipótesis sobre lo que se supone que sucede a partir de datos o números; otra muy distinta es confrontarse con la realidad de las películas en su hábitat natural, la sala a oscuras. Como dijimos, con eso solo la existencia de este 36° Mar del Plata está ampliamente justificada.

Ahora bien, ¿qué implica "estado del arte y del audiovisual"? En principio, sabemos que el cine, hoy, pierde plata. Y pierden más las películas grandes. El resto pugna por encontrar un cada vez más exiguo espacio en alguna de las ventanas disponibles (salas, plataformas, el casi desaparecido aquí soporte digital), y lo que no obedece a las leyes de un mercado cada vez más concentrado en oferte -y, por consiguiente, en demanda- se transforma en invisible. Pero allí pasan cosas que dicen mucho del estado del mundo.

Veamos por ejemplo la película éxito de esta edición, Titane, de Julia Ducournau, ganadora de la Palma de Oro en el último Cannes. Decir que es pésima podría haber alcanzado en otras circunstancias, pero la cuestión no pasa por su calidad sino por qué sucede con esa película. Expresamente "hecha para molestar", según palabras de la propia realizadora, es de una adolescencia atroz. Narra la historia de una joven con una prótesis de titanio desde niña en la cabeza, que siente una atracción absoluta por los automóviles y es una asesina serial. Queda embarazada de un auto, huye después de una masacre y se hace pasar por un joven desaparecido diez años antes, cuando tenía siete. Es "adoptado", en un acto de locura y negación, por un bombero, padre del desaparecido, con el que se inicia una relación extraña. Finalmente, el cuerpo transformado de la asesina redimida da a luz un bebé con columna vertebral de titanio. 

El problema de Titane consiste en que trata de ser escandalosa por lo sucio, lo visceral y el mal gusto, pero es de una corrección política apabullante (unión en la diferencia, no discriminación, nuevas familias, géneros difusos y cambiantes). Es decir, un cine inmaduro cuyo peor pecado es querer contar todo, incluso sacrificando cohesión y coherencia narrativa (personajes a la deriva, subtramas truncadas por descuido, etcétera). Pero más allá de la calidad, esto habla del estado del cine: desconcierto.

Veamos otro hit, Mad God, de Phil TIppett. Es una película de animación en stop motion cuya lógica se acerca a la de las películas de David Lynch más radicales (para poder establecer un símil que permita al lector darse una idea). Todo es surreal, onírico, ello de millones de detalles de una cultura pop transformada en detritos. Esa película, que a Tippett le llevó nada menos que treinta años hacer (mientras se llevaba un par de Oscar, especialmente por Jurassic Park), es también la ambición de contarlo todo de todas las maneras posibles. Pero su locura tiene un método y hay una coherencia en las imágenes provista por el diseño. No se trata de molestar sino de compartir el desconcierto ante el estado del mundo a través de imágenes asombrosas. El asombro, entonces, puede que sea el único valor que queda.

Hay, por supuesto, otras películas que apuntan a una mirada más íntima: Petite Maman, de Céline Sciamma, Bergman Island, de Mia Hansen Love, o incluso Vórtex, de Gaspar Noé. En todas ellas hay un acercamiento a la disolución (el duelo por una muerte en el primer caso, el final de una pareja en el segundo, la muerte que se aproxima a una pareja de ancianos, en el tercero). Como si las únicas respuestas posibles, cuando se trata de un cine que busca más la pregunta que la respuesta, sea mirar hacia adentro o -los tres casos, de algún modo, lo hacen- hacia el pasado.

En todo esto, aparece El perro que no calla, de la argentina Ana Katz, película que hoy, además, tiene estreno comercial en salas. Lejos de ser incomprensible, más allá de las múltiples experiencias que recorre el protagonista de esta fábula pensada antes de la pandemia pero donde aparece, curiosidad, una situación casi apocalíptica que obliga a burbujas faciales y cuarentenas, puede que en sus poco más de setenta minutos permita ver el estado de las cosas a una luz de mayor claridad. En blanco y negro (más bello y a la vez más realista que el color), la realizadora cuenta los mil pequeños trabajos de un joven, los romances, una travesía, el amor por un perro, los absurdos de lo cotidiano. Hay, nuevamente, una vocación por volcar todo en una sola película, de dejar fluir la invención, aunque haya un rigor formal que dé sentido al todo. La idea que aparece en todos estos ejemplos es, definitiva, la del final de algo y la necesidad absoluta de volcarlo todo, mostrarlo y decirlo. Lo curioso es que no sabemos si es el final del cine (más que comprobable) o el de la Humanidad tal cual la conocimos. El arte, recuérdese, también es síntoma.

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