Especial desde Viena

La Viennale, el Festival Internacional de Cine de Viena comenzó ayer con la proyección de La jeune fille en feu, de Céline Sciamma (Tomboy, Bande de filles). Esta película tuvo su premier mundial en el Festival de Cannes, lo que ya da una pauta del perfil que ha sabido construir la muestra que se realiza año a año en la capital austríaca: poco interesa la carrera por la pretendida “novedad”, por los estrenos mundiales, internacionales o incluso europeos (sí existe cierta atención en que se trate de la primera proyección nacional); el acento, el foco y el trabajo están puestos en que la programación sea consistente y única. Lo que prima es que la oferta constituya una mirada personal y propia sobre el cine (del pasado, del presente, del futuro) y sobre el mundo que muta y se transforma a su alrededor. De hecho, los “descubrimientos” (o re-descubrimientos) usualmente se relacionan con la recuperación de películas olvidadas, o que, puestas en contexto con la totalidad de la obra de su realizador o con otras obras cobran otra vida, otra resonancia, otra interpretación o relevancia.

Poco apuro, cero stress; la elegancia (que hunde sus raíces en esa distinción algo aristocrática, anacrónica que respira la hermosa ciudad de Viena) contagia el ritmo de un festival que se toma su tiempo para pensar muy bien lo que hace. Las funciones no son tantas por día, hay espacio para disfrutar, pensar, dejar que cada película tenga el lapso necesario para sedimentar, para provocar el efecto deseado. En ese ámbito ciertamente algo fuera de época (más allá de que, como la política local indica, no pocas veces dialoga con cierto espíritu conservador que muchas veces coquetea con posturas execrables de un pasado que sigue presente), la Viennale da cuenta de esa contracorriente que también siempre supo estar presente en estas tierras. Esa que nos habla de la libertad creativa, del descreimiento en todo tipo de límites, de la heterogeneidad y diversidad. Es por eso que no extraña que la elección de la película de Sciamma para la apertura le otorgue otra significación tras su paso por el festival de Cannes. En ese momento la Palma de Oro al mejor guión pareció un acotado reconocimiento, que ignoró las dos enormes composiciones de las protagonistas Adele Haenel y Noemi Merlant, y que sólo se vio algo disimulado por la Queer Palm (primera otorgada a una directora mujer) que también recibió la película. Sin embargo, la fuerza de cierto machismo que sigue presente en la sociedad francesa quedó en evidencia cuando la muy cargada de testosterona Les miserables (fallida y tribunera peliculita de Ladj Ly) le ganó la pulseada para representar a Francia en la puja por los Oscar. Portrait de la jeun fille en feu, hablada en francés, pero también en italiano, nos remonta a una historia fechada en el siglo XVIII que dialoga muy bien con el presente. Las distintas sonoridades de los idiomas, el pasarse por alto ciertas fronteras, el confiar más en la poesía que en los dictados de la ley son algunos de los tópicos que se imbrican en la deriva homoerótica que atraviesa la vida de las protagonistas: una chica próxima a casarse y la pintora contratada para realizarle un retrato. La elección de arrancar el festival con esta película se parece bastante a una declaración de principios.

Es grande y variada la respresentación argentina en esta edición

En el mismo sentido, el sitial otorgado a las “biografías” y retrospectivas nos habla de una curaduría que descree del run for cover a lo ya conocido, que pone en duda el canon de la crítica cinematográfica y que no se cansa de explorar nuevos territorios. Este año, la programación que recupera obras del pasado más o menos reciente hace centro en las filmografías de la realizadora alemana Angela Schanelec, de su par portuguesa Silvia das Fadas, del tunecino Ala Eddine Slim y del cineasta y poeta, pero agricultor y ganadero a tiempo completo, Pierre Creton. Además se realiza un extenso y profundo acercamiento (muy particular, por cierto), una verdadera “hoja de ruta” del cine brasileño, recorriendo toda su historia (eligiendo dónde poner el foco y qué dejar fuera de campo, claro está) y las obras de los impares creadores Louis Kolm-Fleck, Cecilia Mangini y Peter Brook. Por otra parte, se ha programado una gran retrospectiva, transversal a diversos países y épocas bajo el nombre O partigiano!, que reúne distintas perspectivas con las que la política se apropió del cine para enfrentar al fascismo. Este suele ser un punto altísimo del festival, las muestras temáticas, algo caprichosas, que no siguen a un autor sino una idea, una sensibilidad, una cadencia.

Por el lado de la presencia argentina, el número y diversidad llaman la atención. Del cortometraje Circumplector de Gastón Solnicki (cuya película-homenaje -o carta de amoral anterior director de la Viennale, Hans Hurch, Introduzione all’oscuro tuvo su premier mundial aquí el año pasado) a la última obra de Alejo Moguillansky, Por el dinero (que formó parte de la selección de la Quincena de los realizadores en Cannes este año), las propuestas atraviesan y ocupan una buena parte de la programación. Varias han sido estrenadas en nuestro país y, con algo de esfuerzo, aún pueden encontrarse en alguna pantalla (todas son muy recomendables): Las facultades, de Eloísa Solaas, Monos (coproducción con Colombia, Holanda y Dinamarca), de Alejandro Landes, Así habló el cambista, de Federico Veiroj (coproducción con Uruguay) y la ineludible La deuda, de Gustavo Fontán. También se presentarán en el marco de la selecta programación que dirige desde el año pasado Eva Sangiorgi La vida en común, de Ezequiel Yanco (coproducción con Francia), Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, de José Luis Torres Leiva (coproducción con Chile y Alemania), Parsi, de Eduardo “Teddy” Williams (coproducción con Suiza y Guinea Bissau) y Sete anos en maio, de Affonso Uchoa (coproducción con Brasil).