Esta semana cumplió ochenta años el maestro japonés Haya Miyazaki, uno de los más importantes cineastas contemporáneos y, sin dudas, maestro de la animación. Uno de los grandes creadores japoneses que, además, logró pensar la delicada, extraña relación entre Japón y occidente. Su carrera como realizador es mucho menos prolífica de lo que parece: solo once largometrajes, más un par de series (Conan el niño del futuro) y, como productor, un largo etcétera de sus Estudios Ghibli. Es cierto que su socio Isao Takahata es, también, un gran artista (el creador de La tumba de las luciérnagas o La guerra de los mapaches), pero el espíritu más renovador es el de Miyazaki.

Las once películas del realizador están en Netflix hoy, así que es bastante simple revisar su obra. Algunos cortos se pueden hallar en YouTube (recomendamos el videoclip On your marks) y hay mucho documental. Incluso el concierto con las bandas de sonido de sus películas a cargo de Joe Ishaishi, su compositor de siempre, una sociedad extraordinaria en la historia del cine reciente.

Dijimos que Miyazaki revisa -como Kurosawa- la relación de Japón con Occidente y el resto del mundo. Es interesante ver que muchas de sus películas tienen como raíz algún relato o novela (cuando no la adaptan directamente) "occidental". La princesa Mononoke tiene su raíz en El libro de las tierras vírgenes, de Kipling, con su chica criada por lobos y el desorden de las reglas del mundo natura. Mi vecino Totoro tiene muchos tópicos de Alicia en el País de las Maravillas (desde la caída en la "madriguera" tras seguir a una especie de conejo blanco, hasta la aparición de lo maravilloso) mientras que El viaje de Chihiro recuerda sobre todo a Alicia tras el espejo, con sus dos reinas simétricas e iguales y su surrealismo desatado. Porco Rosso transcurre en la Italia del primer fascismo; Kiki es la adaptación de una novela inglesa con paisaje austrohúngaro; Laputa-Castillo en el cielo, recuerda los pueblos mineros británicos (y un poco a Dickens, y otro poco a ¡Qué verde era mi valle!). Esto se puede ver en todas sus películas.

Pero lo interesante es que, en todas, el "elemento occidental" aparece como una pregunta: ¿por qué nos habla a los japoneses? Y desencadena otra pregunta: ¿por qué los japoneses les hablamos? Para una cultura insular en todo sentido, esto es importante: cómo se es y se deja de ser una isla. Miyazaki es un socialista, militante en su juventud. Es alguien muy apegado al diseño -especialmente el aeronáutico- que tiene dos ideas fuertes: cómo nos relacionamos con el mundo que nos rodea (es decir, cómo combinamos la tecnología con la naturaleza) y qué significa, en un universo global culturalmente, ser japonés.

Eso se combina con un estilo preciosista que, si bien tiene diseños de personajes que están muy cercanos al animé y manga tradicionales, tienen una fluidez -gracias al trabajo artesanal y delicado, a mano, de los animadores- que está alejado de lo que suele ser el género en su faceta más industrial. Ese estilo incluye momentos calmos, el recorrido por el paisaje y la aparición de lo maravilloso como un modo de sabiduría, de expresión de aquello que la ciencia y la tecnología tratan de aniquilar.

Nausicaa en el valle del viento, verdadera opera prima del realizador (su primer filme, El Castillo de Cagliostro, excelente, en realidad fue un encargo), permite ver esto con claridad. En un ambiente post apocalíptico, bajo la Tierra, se está reformando la riqueza de la Naturaleza, mientras que en la superficie ciertos clanes tratan de luchar por el último reducto no contaminado. La tecnología funciona sobre todo como pieza de condena a la Humanidad, mientras que la Naturaleza, representada por gusanos gigantescos, recurre aún y reacciona a la piedad y al equilibrio.

Lo mismo sucede, en un tono de cuento de hadas, con la obra maestra Mi vecino Totoro, donde una figura gigante, una especie de oso que es un espíritu (la fábula es shintoísta), cura de las tristezas a dos nenas recién mudadas al campo y que esperan a una madre internada por cierta enfermedad. Allí la tradición religiosa japonesa se transforma en algo mitológico y universal que provee juego y consuelo. Es, sin dudas, su película más perfecta.

Princesa Mononoke muestra cómo el Japón medieval y sus espíritus naturales retroceden ante la aparición de la tecnología, en forma de arma de fuego. Pero es también una historia sobre el paso inevitable del tiempo, de cómo esa tecnología es también proveedora de mejoras sociales. En ese filme, Miyazaki no da ninguna solución sencilla. Y lo mismo sucede en El viaje de Chihiro, donde una nena japonesa pero con hábitos occidentales debe "entrar" al mundo del Japón mítico tradicional y recuperar su nombre para volver al equilibrio. Miyazaki cuenta todo con humor, belleza y sin soluciones fáciles. Todo lo contrario del cine que nos atosiga hoy día.

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