Varias veces nos referimos aquí a la conjunción entre animación y pornografía, que es tan vieja como el cine (el primer "cartoon pornográfico" conocido, donde trabajaron varias celebridades del medio en los años 20, Eveready Harton, es de 1929), y aunque hay en los servidores del género una buena cantidad de material, la mayoría es hecha en casa, robo de franquicias ("mire cómo Homero Simpson le hace el amor -no, no dice así, pero esto es un sitio serio- a las princesas de Frozen"), y hentai, es decir la animación japonesa "perversa" (eso significa "hentai") que es un universo aparte al que en algún momento volveremos. La razón por la que sí haya algunas películas animadas para adultos que incluyen de modo realista o satírico el sexo incluso explícito pero no animación pornográfica propiamente dicha es el costo: incluso con computadoras, hacer animación es extremadamente caro.

Pero además hay otro problema, que en realidad es la tara básica de la pornografía: la falta de imaginación. En el campo animado es más grave que en el de la acción en vivo. Pensemos que en el segundo caso estamos ante algo más o menos documental: la gente desnuda hace en serio eso que está haciendo, y el efecto (la excitación, digamos) proviene de escuchar, ver gestos, entender que eso es "real". Con las películas pornográficas, si es que las toleramos, nos sucede lo mismo que cuando vemos la vidriera de una confitería: el cerebro instintivamente libera el deseo por eso que nos resulta apetitoso. 

La animación es diferente porque desde el principio sabemos que es falso. El gran descubrimiento de Walt Disney y lo que le granjeó un éxito universal fue encontrar mecanismos para que el espectador venza la dificultad de encontrarse con algo totalmente falso desde el primer fotograma: sabemos siempre que está dibujado. Dejemos para otro lugar la expliación de cómo logró conmover a todo un planeta con Blancanieves, porque excede el temario chancho de esta columnita. Solo digamos que las buenas películas animadas son aquellas que nos hacen "entrar" en su juego, sean realistas o totalmente caricaturescas.

El cartoon porno en ese sentido tiene una ventaja: el sexo por sí mismo despierta eso que los españoles llaman "morbo" y que es en realidad una respuesta instintiva. Ahora bien: resulta que dibujar un cuerpo (o diseñarlo por computadora, que de todos modos es una extensión instrumental del dibujo) redunda en algo evidentemente falso. Para sostenerlo y crear la excitación, hace falta algo más, una historia, una situación, algo totalmente raro. La elasticidad del medio (se puede dibujar cualquier cosa) debería redundar en su favor. Pero, otra vez, hacerlo es caro y lleva mucho tiempo. De allí que solo encontremos clips breves o películas japonesas porque allí hay un mercado enorme.

Todo esto viene a cuento porque una productora porno, Adult Time, decidió en 2020 crear una serie animada de modo profesional, asociada con un estudio de producción publiticaria. La serie se llama Hentai Sex School y, sí, tiene "hentai" en el título. Pero lo que la hace atractiva y entretenida es mucho menos la cantidad de sexo explícito (y aséptico, todo sea dicho) que presentan sus episodios de no más de 20 minutos de duración, que ese "algo más" que se requiere para que se vuelva atractivo.

Se trata, como el título deja adivinar, de una sátira. Hay un grupo de adolescentes (el buenazo, el pedante, las chicas competitivas, la ingenua) que entran a una academia para convertirse en expertos en el arte del sexo. Es decir: se trata de una sátira de las series y filmes sobre el High School americano mezclado con la parodia sexual. La idea es buena. La realización no es perfecta, pero está a años luz de la animación morosa y fea que los nerds porno lanzan sin calidad a los servidores. Pero lo más interesante es que ni en los momentos más "calientes" de la representación erótica deja de haber lugar para la sonrisa o la risa franca.

Algo que en el porno (bueno, algo sí en el italiano) no es frecuente es que la gente hable durante el uno dos. Opinión personal: eso le quita mucho potencial erótico al sexo, y es raro que nadie se dé cuenta. Pero en la animación eso no pasa porque quienes ponen las voces (son actores porno de verdad, pero aquí tienen mucha gracia riéndose en el doblaje de sí mismos) saben cómo funciona este juego. Cuando llegan las diferentes variantes eróticas de la trama (hay incesto, tríos, señoras con jóvenes, orgías, etcétera), nada tiene el aspecto terrible ni transgresor que las mismas situaciones presentan en las ficciones de acción en vivo (no, señor, no es la madrastra seduciendo a su joven hijastro: son dos profesionales y cobran por hora más o menos el triple de su salario), sino que funcionan como perfectas parodias "desde adentro" de todo el campo porno.

Dicho sea de paso, para eso nació el cartoon en los Estados Unidos. Los cortos animados no eran un entretenimiento infantil, sino que funcionaban en las sesiones cinematográficas (que incluían noticiero, documental de 20', una comedia de 15', una película clase B y una clase A, además del cartoon) como el comentario cómico y desaforado, satírico y paródico, de la realidad. De allí que en ciertos autores haya mucho erotismo y doble sentido (vean cortos de Tex Avery o Robert Clampett). Así que Hentai Sex School sigue esa tradición, ni más ni menos.

La serie funcionó muy bien, mejor incluso que las producciones "normales" de Adult Time. Así que anunciaron que a mitad de año podrá verse F.U.T.A. Sentai Squad, otra sátira aunque más elaborada. Parodia de Evangelion y los las series "mecha", pero además es "futanari". Por si no sabe: mujeres hipersexuadas hermafroditas. Resulta que, ante una amenaza alienígena, los robots gigantes solo pueden ser manejados por "Futa", y por ahí va la historia. Otra vez, parodia. Quizás el porno deje de existir y se vuelva una gran broma, pero en el futuro, cuando los robots rijan la Tierra.

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