Cuando se menciona el cine de Hollywood, la primera imagen que se nos viene a la cabeza es glamorosa, artificial, llena de color y de vértigo. Puede ser de cualquier película pero " Hollywood" se ha transformado, con el correr de los años, en sinónimo de artificio, mientras que cualquier otro cine -especialmente el europeo- es visto como "realista". Es rara esta distinción porque ni el primero es solo grandilocuencia y tecnología, ni el segundo solo personas charlando vestidas de calle y registradas con sonido directo. En ambos casos hay de todo. Lo más extraño en esta falsa dicotomía consiste en que gran parte de las películas estadounidenses, al menos de las más importantes, funcionan en un tono medio muy difícil de encontrar y son absolutamente realistas en el sentido de que tratan de que incluso lo más monstruoso sea creíble, parte de lo posible. 

Pero no hablemos de monstruos sino de un personaje pocas veces tomado en cuenta, un verdadero desafío para los actores. Hablemos del tipo común y normal, el vecino de la vuelta, una especialidad gigante del cine estadounidense. De hecho, salvo en el caso de cineastas como Jean Renoir, son pocos los europeos que realmente han explotado, al menos en el período clásico, a ese tipo de personajes. Hoy es más frecuente, pero en ciertos momentos ese "naturalismo" actoral era rarísimo fuera de Hollywood, justamente. Veamos algunos ejemplos al azar sobre esta tradición bastante poco reconocida.

Hay una comedia de Frank Capra justamente célebre por ganarse los cinco Oscar principales (actor, actriz, película, director y guión) que permite ver esta tradición. Es Lo que sucedió aquella noche, y narra la fuga de una heredera a punto de casarse y su encuentro casual (pero luego no del todo) con un periodista un poco chanta. Ella es Claudette Colbert; él, Clark Gable. En 1934, fecha del filme, eran la realeza estelar del cine. Y toda la historia está jugada sobre la relación entre ellos a partir de cosas cotidianas como dormir, comer, compartir un cigarrillo, chancear con las diferencias de los sexos y sobre el dinero, con algo de ironía. Es una comedia romántica que no se caracteriza por lo "meloso" sino todo lo contrario: muestra cómo se enamora la gente normal en circunstancias normales y resulta, paradójicamente por eso, extraordinaria.

Capra es uno de los creadores de ese "tono americano". El otro, quizás el más importante -quizás el más importante cineasta de todos los tiempos- es John Ford, que siempre declaró que lo que más deseaba filmar eran comedias e incluía ese tipo de secuencias en todas sus películas, lo que redundaba en un paisaje humano complejo donde la tristeza y la alegría se compensaban en el tiempo. Un ejemplo de ese "tono" con gente común, ya que hablamos de Clark Gable, es Mogambo, una película en la que el hombre comparte cartel con Ava Gardner y Grace Kelly. Es un guía de safaris, en realidad un guía turístico, y la recién casada Kelly se enamora (un poco) de él, que en el fondo está enamorado de otra "aventurera africana", la Gardner. Aunque hay algo de aventuras en la película, lo más importante es el tono de "gente común haciendo algo poco común" que destila Grace Kelly. De hecho, la película dice que eso del safari (como si habláramos de una película) no es más que un artificio, y por eso Ford muestra diálogos normales y momentos "comunes" (comidas, dormidas, etcétera) entre los personajes.

Es cierto, este tono se volvió más evidente cuando, después de los años cincuenta, Hollywood desechó la tradición de los géneros. Y mucho más cuando el cine europeo, tras la caída del sistema de estudios, comenzó a competir con las películas estadounidenses en su propio mercado, y fueron vistas y aprendidas por los futuros cineastas de los años setenta y ochenta. Hay dos películas, fácilmente accesibles desde plataformas, que permiten comprender a qué nos referimos con el "tono americano". Una de ellas es una auténtica obra maestra del realizador y guionista Lawrence Kasdan. Se llama Reencuentro y compitió por el Oscar en 1983, Oscar que ganó La fuerza del cariño (algo que, vista la competencia, resulta hoy inconcebible). Es la historia de un grupo de ex compañeros de universidad que se vuelven a ver muchos años después, convertidos de rebeldes utópicos a empresarios y burgueses, porque el líder de todos ellos ha cometido suicidio. El elenco es pura estrella: Kevin Kline, Glenn Close, Jeff Goldblum, William Hurt. También estaba Kevin Costner en flashbacks (es el muerto), pero solo vemos parte de su pelo en la secuencia de títulos. Todo transcurre entre momentos cotidianos y eso, justamente, es lo que vuelve irónica una película sobre aquellos revolucionarios vueltos (casi) yuppies.

Para el final, una hermosa comedia de Robert Benton, Las cosas de la vida (Nobody's Fool), un cuento de pueblo chico sobre la rivalidad entre el "dueño" del lugar (un gran Bruce Willis) y el viejo sabio (y seductor), Paul Newman. La película es mucho más un paseo coral por ese pueblo chico y sus hábitos cotidianos, con momentos cómicos y conmovedores en equilibrio (y además, un notable trabajo de Melanie Griffith). Un tipo de cine humano, cálido y divertido que inventó Hollywood, meca de la mentira glamorosa.

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