Mucha gente cree que los festivales de cine son algo así como un control de calidad, una consagración de tendencias, algo para súper especialistas. Vamos a decirles algo: tienen un poco de razón especialmente por los "súper especialistas", que siempre quieren ser los primeros en imponer una tendencia o descubrir un autor. Un deporte pedante de la crítica, vamos a decirlo con los términos que corresponden. Pero un festival de cine es, sobre todo, el lugar donde todas las formas de las películas conviven. ¿O acaso no saben que en Cannes surgieron Spielberg y Tarantino, Coppola se llevó dos Palmas de Oro y Shrek y Up compitieron en la oficial? No, no es "lo que no es Hollywood" en realidad.

Pero en las últimas décadas, ante la enorme concentración de la exhibición por parte de las cadenas de multicines, muchas películas variadas, de países poco habituales en las carteleras globales, quedan perdidas y solo los festivales las rescatan. Así, una de las mejores secciones de la plataforma Mubi (especializada en ese cine de autor y "del circuito" que no nos llega casi nunca) es "Favoritas de los Festivales". Y es una manera de recorrer las siete octavas partes del iceberg cine que quedan bajo el agua del blockbuster.

Vamos a recomendar algunas que son, garantizado, obras maestras. Eso sí: no podemos asegurar que "gusten". Los espectadores somos tan variados como las películas, pero está bien probar otros platos y sabores. Seguro van a expandir el paladar y, de paso, volvernos más exigentes incluso para el espectáculo cada vez más rancio que nos tiran en las pantallas grandes (y en algunas plataformas volcadas al granel).

Clásico de clásicos: Los terroristas, de Edward Yang es una película de 1986 que puede parecer "difícil" en la medida en que exige al espectador ir poco a poco reconstruyendo su historia (o sus historias). Hay tres parejas en Taipei, una crisis matrimonial, un fotógrafo, una serie de elementos románticos y, sobre todo, una crisis social de fondo que termina uniendo las diferentes hebras de la trama. No solo es una película muy bella sino que su mirada sobre el mundo (incluso a más de tres décadas de realizada) es profundamente actual. 

Todos los Vermeer en Nueva York, de Jon Jost es una comedia romántica (a su manera) en la que se relacionan -las pinturas de Vermeer son el lazo- una actriz francesa que estudia en la gran manzana y un broker. Por cierto, el filme se hace cargo de las diferencias entre ambos y, por momentos, crea una especie de suspenso que nos ata a la histria, siempre narrada con humor y cierto desparpajo. Es, de paso, uno de los títulos que puso en el mapa el cine independiente americano, que después tomó otros caminos (más adocenados, qué decirles...) pero que aquí es puro deleite y originalidad.

Yella es una de las películas que permitió al mundo descubrir al alemán Christian Petzold. El realizador es devoto de los géneros, especialmente del suspenso y el melodrama. Pero su originalidad consiste en que, sin dejar de lado nunca los mecanismos de esas formas tradicionales, los inscribe en un contexto histórico particular. Aquí hay una mujer que deja a su esposo abusivo en Alemania del Este y, en el Oeste, comienza una nueva vida y se enamora. Pero, como dice el tango, el pasado vuelve a enfrentarse con su vida. De aquí en más, van a ser devotos de Petzold (hay mucho en Mubi, dicho sea de paso).

Ahora saben quién es Chloé Zhao, básicamente porque ganó Venecia y el Oscar con Nomadland y porque además, casi a contrapelo, dirige el próximo tanque de Marvel, The Eternals. Pero su opera prima causó sensación en todo el circuito de festivales: Canciones que mi hermano me enseñó, una historia de los dos hermanos de una familia de indios estadounidenses que entra en disolución, en una separación absolutamente emotiva. Zhao mostró en esa película su dominio de la relación entre la figura y el paisaje, lo que abrió camino a su filme más exitoso.

Y quizás deban ver una de las películas más felices y disfrutables de los últimos veinte años, Aquel querido mes de agosto, ganador de Bafici, del portugués Miguel Gómes, que es la historia de un verano, de un romance, de una abducción extraterrestre, de un concierto de rock, de un lugar hermoso, de una serie de canciones. Aunque es un filme especialmente largo (más de tres horas), resultó un verdadero éxito (se estrenó en muy pocas salas) y quedó como una de las obras maestras definitivas de los inicios de este siglo.

Y para terminar por ahora (es inagotable), pruebe el genial documental realizado con material de archivo The Trial, del ruso Sergei Loznitsa. Es, ni más ni menos, un montaje de los juicios estalinistas en la ex URSS, una demostración de cómo la mentira puede transformarse en una bola de nieve multiplicada por los medios. Por momentos, hasta cómica, pero siempre, sobrecogedora por su retrato real de un poder absoluto y sin escrúpulos.

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