Este escriba ha aburrido a sus lectores con la siguiente letanía: John Ford es el mejor director de la historia. Es cierto que en gran medida tal oración se ha convertido en un lugar común, pero digamos en nuestra defensa que todos los lugares comunes tienen algo (o mucho) de verdad. En este caso, que John Ford es el mejor director de la historia. 

No alcanza esta página para explicar todos los motivos por los cuales se demuestra tal tesis: John Martin Freeney, nacido al terminar el siglo XIX, decía ser irlandés, pero nació en los Estados Unidos. No era un chiste: efectivamente siempre reivindicó su herencia familiar tanto en costumbres como en religión. Hay aquí un primer detalle: gran parte de los mejores directores de Hollywood, de aquellos que lo hicieron, eran muy poco "yanquis": católicos, judíos e inmigrantes de Europa continental -especialmente del ex Imperio Austrohúngaro, básicamente cristiano- o rusos, fueron esos hombres los que forjaron la Meca del cine. Es importante en el caso de Ford porque al mismo tiempo en que apuntaló el gran mito americano del western, criticó la propia utopía americana. Eso se nota especialmente en las películas que forman la "Trilogía de la Caballería", filmes que tratan sobre un regimiento de frontera en la lucha contra el indio y la conquista del Oeste. Esas películas fueron especial -y deshonestamente- mal vistas y criticadas en los últimos años. Pero bien vistas, demuestran que Ford era, sobre todo, un cineasta crítico.

Veamos la pieza central de esa trilogía: Fuerte Apache (disponible en HBO Max). Fue protagonizada por Henry Fonda, John Wayne y una joven -ya no niña- Shirley Temple, a la que Ford había dirigido una década antes. La historia es simple pero el desarrollo tiene sus complejidades. Un militar formado en Europa y West Point (Fonda) es designado en un destacamento de frontera. Varias tribus indias se han unido contra la ocupación estadounidense y tiene la orden de acabar con la guerra. Cuando llega al destacamento, se encuentra con un grupo de hombres más o menos formados, ex soldados del Sur que consiguieron un conchabo yendo a las fronteras. Entre ellos hay un tipo curtido, que conoce a los indios, veterano de guerra (Wayne). El primer duelo de la película es entre el hombre culto y el formado por la experiencia. Ford los coloca siempre en costados opuestos de la pantalla.

La hija del general (Temple) se enamora de un soldado del destacamento (John Agar). Aquí aparece el germen de la utopía: la unión que rompe los límites de clases sociales o intelectuales. Mientras, la tensión entre Wayne y Fonda representa no solo la de la experiencia contra la educación, sino también otra: la del deber moral contra la letra de la ley. Fonda quiere ir contra los indios; Wayne le dice que las cosas no son tan fáciles y que los indios tienen sus razones. En una secuencia clave, visitan al proveedor de los indios. Los indios deben recibir ayuda y provisiones del Estado en sus reservaciones, y eso lo realiza un agente designado. Que en realidad los explota y, quitándoles lo poco que reciben, les vende armas y alcohol adulterado que, en muchos casos, los enloquece, enceguece o mata. Es por este trato del Estado, por no cumplir con lo que "la Utopía" marcaría, que los indios deciden combatir. Ford muestra que esa gran utopía es  saboteada constantemente por el egoísmo de unos pocos. 

Pero nuestro general es inflexible: decide que hay que plantar batalla contra los indios. Wayne le explica que, de hacerlo, tiene primero que conocer el terreno, las costumbres, las formas de pelear. Pero Fonda cree que su educación superior puede vencer a quienes considera "salvajes". Otra tensión más: la de un pueblo en contacto con la naturaleza y conocedor del terreno contra la pedantería intelectual de creer que el mundo es como el modelo que figura en los libros.

Ford es sabio: no hace de Fonda un villano, sino un tipo equivocado al que no le faltan rasgos de empatía o humanidad. Por eso figura el personaje de la hija, que es quien recibe finalmente el paisaje completo y entiende -para el futuro, recuerden que va a casarse y tener hijos- la noción de equilibrio y respeto por las diferencias que debería conformar la utopía americana. ¿Qué sucede al final? La batalla se plantea, los indios llevan a los soldados a un terreno donde no importa la superioridad de las armas, y el ejército americano es aniquilado casi completamente, salvo aquellos que siguen a Wayne. 

La película en realidad narra, de modo muy poco disfrazado, la masacre de Little Big Horn donde el general Custer y su ejército fueron aniquilados por una coalición de indios inducidos por Toro Sentado y dirigidos por Caballo Loco. En el filme, Ford usa el paisaje de diferentes modos: por un lado, los grandes planos con un hombre pequeño al fondo y, a veces, indios en primerísimo plano. Como si la Naturaleza y el paisaje fueran indiferentes al drama moderno del hombre, como si los indios fueran guardianes de un saber tradicional vinculado a la tierra. La batalla se cuenta en planos generales, con algunos detalles de acciones. La idea allí es mostrar que la tecnología superior o el saber intelectual son nada cuando no se respeta el saber del adversario. Dicho de otro modo: Ford nunca es racista sino que, incluso contando un episodio histórico, pone en la balanza los motivos de todo el mundo. 

Finalmente, aunque la película tiene para algunos personajes un final feliz, todo es más bien ambiguo. Lo que Ford parece decirnos es que la única manera en que la utopía americana (que no son los Estados Unidos, ya que estamos: también la Argentina es parte de tal utopía) puede funcionar es en el respeto por las diferencias (étnicas, pero también económicas e intelectuales), y que la tensión con la Naturaleza o el mundo tradicional nunca quedará del todo resuelta. De paso, es una película muy entretenida.

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Leonardo Desposito

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