Cuando se estrenó la primera temporada de "After life", hablamos en este espacio de una ficción diferente, agria, que gira en torno a Tony (Ricky Gervais) como un viudo que no puede superar la muerte por cáncer de su esposa. Tan lejos está el actor de su divertido e inimputable David Brent ("The office") que muchos fans de Gervais se sintieron algo desorientados por este nuevo rol.

De hecho, el primer episodio comenzaba con Tony intentando suicidarse: así de oscura es esta dark comedy que, cuando amaga a sacarnos una sonrisa, nos devuelve a las lágrimas.

Hecha esta salvedad, para que nadie espere carcajadas aquí, hay que destacar que se trata de un muy buen producto, de consumo rápido (ambas partes tienen sólo 6 episodios cada una de media hora de duración) y efecto instantáneo: hay mucha emoción que se siente genuina.

Pero también hay risas, timidas, sin exagerar. Gervais logra algo extraño: generar empatía a pesar de sus criaturas tan poco cálidas y afectas a la cercanía con otros. La cuestión es que en cada capítulo de esta segunda entrega, luego de algunas sonrisas, vuelve la tristeza.

Y quizá sea ese el punto más particular de esta historia: su protagonista quiere darnos lástima, y lo logra, sin concesiones, sin giros arbitrarios de la narrativa que "mágicamente" solucionen los problemas de todos sus personajes, que son muchos.

Aquí habría que aclarar que, si bien Tony es sobre quien gira todo, sus allegados son quizás aún más miserables que él en sus vidas personales pero no se dan cuenta, o al menos no se deprimen tanto.

Esta segunda temporada está cronológicamente "pegada" a la anterior, como si se huiera rodado en continuado. Tony sigue angustiado, claro, y su único vínculo con la vida es Brandy, su perfecta, leal e inteligente perra, la misma que impidió que se quitara la vida en un comienzo.

Porque esta ficción trata todo el tiempo sobre cómo vivir después de que lo mejor de la vida ha desaparecido. En el caso de Tony, el amor de su compañera cuyo recuerdo constante a través de horas de video grabadas en distintos momentos de su relación lo atormentan y mantienen vivo al mismo tiempo.

Mientras sigue alternando sus días entre el deseo genuino de mejorar y salir del pozo con el regodeo en su tristeza ahogada en alcohol y comentarios hirientes a quienes le rodean, Tony va tejiendo una red invisible, tal vez sin darse cuenta, de buenas acciones que irán ayudando a sus compañeros de trabajo, sus "casi amigos", su padre y esa enfermera en quien se vislumbra la posibilidad del amor después del amor para él.

A pesar de ser cruda y mostrar una galería de personajes poco agraciados, "After life" deja un mensaje esperanzador sobre el dolor: es inevitable y no se irá rápido, pero hay otras cosas en el mundo que pueden equilibrar la balanza. Nada está perdido.

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Analia Caballero

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