Había una vez un grupo de jóvenes que pensaron en estudiar cine. En general, el cine no se estudiaba, no había escuelas en los Estados Unidos -ni en ninguna otra parte- donde se enseñara a hacer películas. Esto comenzó a pasar a fines de los años cincuenta, un poco en consonancia con la aparición tanto de la Nouvelle Vague como de una nueva forma de crítica -la de los Cahiers du Cinéma, de donde salieron muchos cineasta de aquel movimiento- que consideraba tres cosas. La primera, que el cine era un arte tan personal como la pintura o la literatura. La segunda, que había autores, es decir que detrás de cada película buena -porque esto es también un criterio de calidadhay un señor que comunica su visión del mundo a través de la forma de cada filme. Y la tercera, que Hollywood era el cine, que había nacido ahí. Mientras en los EE.UU. Hitchcock era un tipo gracioso que hacía películas de miedo, Ford era el que hacía westerns, Hawks, un realizador comercial, etcétera, los cahieristas/nouvellevaguistas pensaban que se trataba de tres poetas de la imagen. Este párrafo es demasiado condensado y sería necesario tener varias páginas para ver además diferencias y sutilezas dentro de esas ideas, pero sirve para comprender por qué en todo el mundo el cine comenzó a ser tomado en serio.

En Hollywood, además, pasó otra cosa. Cayó el sistema de estudios y los productores ya no tenían aseguradas las pantallas para sus películas (porque la ley los obligó a vender sus cines en una movida antimonopólica conocida como “Sentencia Paramount”). Y además estaba la televisión, que usaba las técnicas del cine y requería profesionales. Así era necesario formar gente cuanto antes. Los grandes maestros del cine “se hicieron haciendo”; ahora habría gente con título. Si quieren saber cómo fue en parte esa transición (si quieren, además, ver la mejor película de 2019 y pasarla muy bien) vayan a ver Había una vez en Hollywood. Pero sigamos: apareció entonces una generación de directores que, muy influidos por la Nouvelle Vague, iban a cambiar el cine de raíz (sí, esos directores, de paso, que formaron a Tarantino). Hoy son las vacas sagradas del Hollywood de los 70: William Friedkin, Francis Ford Coppola, Peter Bogdanovich, Brian De Palma, Martin Scorsese, Steven Spielberg o George Lucas, que además -lo vimos la semana pasada- aprendieron a filmar fuerte y rápido con Roger Corman. Cuando uno ve las primeras películas de estos tipos se sorprende porque están mucho más cerca de Truffaut, Godard o Chabrol (cuando no de tipos como Visconti o Rossellini) que de Ford o Hitchcock, aunque los querían y homenajeaban. Finalmente encontraron una síntesis que dio la mejor década del cine. Pero eso es otra historia y hoy vamos a recorrer esas primeras películas.

Los muchachos de la banda, primer éxito de Friedkin

Arranquemos por una de las primeras de Brian De Palma, Greetings, debut en el cine de su amigo Robert De Niro. Se trata de tres tipos que decidieron hacer las mil y una con tal de salvarse de ir a Vietnam. No hay una historia precisa, sino una serie de escenas más o menos conexas, filmadas en locaciones -nada de estudio- donde se ataca la política estadounidense y se parodia a la televisión y la cultura de masas. Es increíble hoy, con el grado de corrección política que intoxica todo, que algo así se haya hecho. Es, además, un homenaje constante al primer cine de Godard, con sus carteles en pantalla y sus cruces discursivos. Además es comiquísima. Se encuentra.

Quién golpea a mi puerta, de Scorsese, también es bastante godardiana. Narra la insatisfacción urbana de un hijo de italianos (un notable Harvey Keitel) y sus frustraciones eróticas, más la relación con una chica de otra clase social a la que final y violentamente terminará rechazando. También es una película imposible hoy, y la manera como Scorsese filma la Nueva York nocturna recuerda bastante el modo como Truffaut registró la París de Los 400 Golpes. En cambio, Los muchachos de la banda, de William Friedkin (su tercer largo y el primero que llamó la atención pública) resulta una película densa, de interiores, que gira alrededor de una fiesta de cumpleaños donde casi todos son gays, y todos tratan de sacar del closet al que supuestamente no lo es. En realidad se trata de una película muy en la vena de los dramas burgueses de Claude Chabrol (hay un aire a Los primos en casi toda la película) y también el cuento de siempre de Friedkin: detrás de toda amabilidad hay algo siniestro (no lo sexual en este caso, sino el ejercicio de coerción) y todos llevamos un demonio dentro. Bueno, Chabrol también es un poco así.

Dejemos de lado Dementia 13, el primer largo de Coppola, una de familia con asesino adentro, y pensemos en su primer éxito, You’re a big boy now. Es una comedia sobre un chico de clase alta, apenas más que un adolescente, que deja su casa y se enamora de una bailarina. Todo es recorrer Nueva York, descubrir la libertad, enamorarse, sufrir por ello y seguir adelante. Fue un gran éxito y es una de las películas más “truffautianas” realizadas entonces. De algún modo (como lo sería muchos años después Atrápame si puedes de Spielberg) es una especie de versión americana de la vida de Antoine Doinel, el otro yo del gran cineasta francés.

Y ya que hablamos de Spielberg, su primer largo para cine fue Loca evasión, con Goldie Hawn. Es la historia de una chica que está a punto de perder la tenencia de sus hijos, y para evitarlo planea sacar de la cárcel a su marido (William Atherton) que encima está por salir. Basada en una historia real, la película cuenta esa fuga apoyada por la simpatía pública, los medios y la antipatía estatal. Aquí lo que importa es el uso del espacio, la locación, y sobre todo la dirección de actores, la búsqueda de lo realista en lo extraordinario. Ya era un gran cineasta, como todo el resto, en su primera película.

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