Esta semana, una de las mayores obras maestras de la historia del cine cumplió sesenta años. El filme en cuestión es Psicosis (disponible en HBO Go, Netflix y Qubit.TV, es decir que si no lo ve, es porque no quiere), dirigida por Alfred Hitchcock y estrenada en 1960. Hay millones de anécdotas sobre esta película, desde cuánto se tardó en filmar la famosa secuencia (no escena) de la ducha hasta la prohibición de Hitchcock de permitir al espectador entrar a la sala una vez empezada la película. Pero lo más importante es lo que le dijo en el libro El cine según Hitchcock a Francois Truffaut (citamos más o menos de memoria): " Psicosis es un puro juego, lo que queríamos era que el espectador siempre sintiera simpatía por los pecadores: primero, se preocupa por una adúltera; después, por una ladrona; más tarde, por un jovencito que oculta un crimen, y así siguiendo. Era jugar con las posibilidades del cine". De hecho, recomendamos fuertemente ver la secuencia posterior a "la ducha": es más lenta, más larga y es Norman Bates (Anthony Perkins) limpiando la escena del crimen. El que no se sobresaltó cuando el auto con el cadáver, al ser metido en un lodazal, deja de hundirse, no la vio. Pobre Norman, no mataría ni a una mosca.

Lo interesante es que esa película le dio fuerza y cartas de nobleza a un personaje: el asesino psicópata y, por norma, serial. Un poco de historia: la película está basada en la novela de Robert Bloch del mismo nombre. Que se inspira en la historia real del asesino caníbal Ed Gein. Ed Gein vivía con el cadáver de su madre, mataba señoritas y, en más de una ocasión, se las comía. Ed Gein no fue solo el modelo de Psicosis sino de todos y cada uno de los grandes asesinos psicópatas del cine desde la década de los sesenta. Por ejemplo, de Leatherface, el loco provinciano de La masacre de Texas, de Tobe Hooper (disponible en Qubit.TV); de Buffallo Bill, el asesino que debe ser detenido rápidamente en El silencio de los inocentes (Amazon Prime Video) y en la tremenda -y tremendamente divertida- La casa de los 1000 cuerpos, de Rob Zombie (Amazon Prime Video). Hay muchas más: prácticamente todo el imaginario de asesino caníbal psicópata proviene de la historia de Ed Gein, un tipo muy perturbado que masacró en una casita perdida a incontables personas, conservó pedazos, y usaba pieles humanas. 

No es que antes de Gein no hubiera asesinos seriales. Pueden ver a dos de los mejores en otras películas de Hitchcock: La sombra de una duda, de 1943, con Joseph Cotten, a quien no vemos actuar, y al pelirrojo de Frenesí, 1972, al que sí vemos violar y estrangular. Ambas películas, disponibles en HBO Go, muestran que si bien es posible explicar la patología, los asesinos seriales son en realidad encarnaciones del Mal totalmente inabarcable, un agujero negro en la lógica del comportamiento humano. De allí que sean también grandes personajes para la fantasía y, especialmente, el cine: nos fascina la tensión entre el horror por ver y el terror por ver. Y como son humanos demasiado humanos, resultan mucho más inquietantes que un monstruo sobrenatural.

Después del éxito de El silencio de los inocentes, hubo una andanada de matadores en serie en películas que es mucho mejor olvidar incluso cuando estaban protagonizadas por estrellas. De esa primera ola, quizás sea bueno quedarnos con la satírica e impresionante Bajos instintos, donde Paul Verhoeven no solo hace que el monstruo sea una mujer (una mujer inteligente, culta, sexy, libre y, por lo tanto, peligrosa) sino que le pasa el trapo a todos los lugares comunes del género y de su ficcionalización. El personaje de Sharon Stone es probablemente el epítome de la asesina y encima se sale con la suya (y la queremos porque se sale con la suya, claro que sí). 

Pero quizás el que mejor entendió la idea de que hay que rebuscar detrás del "show" que monta el asesino psicópata para encontrar una verdad que sea trascendente para el resto de los humanos es David Fincher, alguien a quien hoy sí le cabe el apelativo de "genio", y que ya ha regalado varios clásicos absolutos. Hace muy poco, Quentin Tarantino dijo que la película más importante en lo que va del siglo es La red social, esa especie de historia de Facebook que sigue siendo una obra maestra (está en Netflix). Pero en el campo de los matagente, Fincher no solo introdujo un icono absoluto con Pecados capitales, sino que además tomó el asunto desde una perspectiva más amplia con Zodiac (ambas, también, en Netflix). Pecados... sorprendió por tres motivos. El primero, su final "sorpresa", con una oscuridad poco frecuente. El segundo, el ingenio de los asesinatos inspirados en -como el nombre en castellano lo indica- los siete pecados capitales. Y tercero, por su diseño: la imagen glauca y a veces de colores viscerales de Darius Khondji (el fotógrafo habitual de Emir Kusturica), el sonido utilizado para generar amenaza desde cualquier punto de la sala -que se combina con el hecho de que nadie sabe quién es el asesino, dado que el actor que lo encarna tampoco figura en los créditos, truco "a lo Hitchcock"- y el contraste entre sombras y luces. Quizás sea un poco declamativa, pero cada día se vuelve más perturbadora.

Zodiac es una doble obsesión: la del "asesino del Zodíaco", quien a fines de los sesenta aterrorizó San Francisco matando y enviando cartas sobre sus crímenes a un diario; y la de un detective (Mark Ruffallo), un periodista (Robert Downey Jr.) y, sobre todo, un historietista (Jake Gyllenhaal) que intentan, por años, atraparlo. Es un mapa muy extenso de psicosis varias, no solo de la asesina, y Fincher muestra que el Mal penetra todo, incluso a quienes están del lado del bien. A diferencia de Pecados... esta sí es una obra maestra, realista (por el ambiente y los crímenes) y fantástica (por el paisaje mental), al mismo tiempo.

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Leonardo Desposito

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