Una excelente noticia que recibimos apenas comenzado el primer episodio de la segunda temporada de “ Luis Miguel, la serie” es que no hubo intenciones de dilatar el gran misterio que había acaparado hasta ahora la atención del público: el destino de Marcela Basteri.

Cuesta mucho evitar los spoilers que Netflix custodia celosamente de esta biopic, cuyo éxito radica en varios factores, entre ellos saber de primera mano detalles sobre la vida de uno de los ídolos pop internacionales más grandes de las últimas décadas, celoso de su privacidad como nadie.

Otro punto es el profundo compromiso de Diego Boneta para transformarse en el cuerpo, voz y alma de El Sol de México. Si en la primera temporada sorprendió con su calidad vocal interpretando todas las canciones que escuchamos, en esta duplica la apuesta encarnando al artista tanto en su época de gloria total de mediados de los 90 como en su madurez algo amargada de principios de 2000.

El ritmo de “culebrón mexicano” que los guionistas -seguidos de cerca por el propio Luis Miguel, uno de los productores de la serie- es tan efectivo como lo eran aquellas telenovelas de la tarde. Y, si el misterio angustiante de la desaparición de la madre del artista nos mantuvo en vilo, la resolución del asunto da paso inmediato a otros temas casi igual de atrapantes. Queda claro que la vida de Luis Miguel Gallego Basteri era digna de una biopic a gran escala.

Dos tiempos ¿el mismo hombre?

El Luismi de los años 2000, millonario y solitario.

La acción se retoma inmediatamente después del cierre de la entrega anterior. Luis Miguel afronta la pérdida de su padre Luisito Rey más como la muerte de su única pista sobre su madre que como algo caro a algún sentimiento filial, y razones no le faltan según lo que él mismo quiso contarnos.

En simultáneo, arriba a cierta verdad sobre el destino de Marcela y toma decisiones al respecto, con dolor pero haciéndose cargo de su rol de hermano mayor. Un papel que sin embargo le costará interpretar plenamente ya que al fin y al cabo es una súper estrella, tiene muchos “daddy issues” y su vida es complicada.

Las presiones familiares más los recuerdos recientes lo acorralan. La narración oscila entre ambos tiempos, en los que se aprecian momentos muy distintos en el ánimo del artista.

En la primera línea, asistimos a la génesis de “Aries”, ese álbum fundamental en el pop latino que disparó un hit tras otro y logró el cambio de sonido que Luismi estaba buscando, tras la solemnidad y clasicismo de sus archiexitosos discos de “Romances” con boleros. Mucho tendrá que ver en este giro la llegada de Patricio Robles (el mexicano Pablo Cruz Guerrero), un ambicioso y oportunista asistente que ingresará a la agencia de su manager Hugo López decidido a hacer carrera.

Pablo Cruz Guerrero es Patricio López, un "casi" villano.

Y, ya que mencionamos al entrañable personaje interpretado por César Bordón, su relación paternal con Luismi atravesará algunos altibajos, todo mientras Hugo lucha contra el cáncer a espaldas de su protegido. El cantante también se enfrenta a tormentas en el plano amoroso y empieza a sentir cómo cala hondo la soledad en su día a día.

En busca de una familia

Los primeros años de este siglo encuentran al ídolo más maduro pero también más cansado. Las diversas culpas que lo aquejan sirven de excusas para dejarse llevar por los excesos, especialmente el alcohol y la promiscuidad, esa etapa oscura y picante de la que el “verdadero” Luismi casi nunca habló en público.

La idea de recuperar algo parecido a una familia comienza a crecer en la forma de Michelle Salas, aquella hija de cuya existencia se enteró tarde y poco había hecho por ser su padre. El rol de la adolescente, interpretada por la argentina Macarena Achaga, será muy importante en esta etapa.

La argentina Macarena Achaga es Michelle Salas.

Otro de los nuevos y fundamentales personajes es Mauricio Ambrosi (el español Fernando Gullar), quizá el único amigo verdadero que Luismi tiene por esos años. Su función es vivir para él: discos, giras, cachets, administrar la productora y ayudarle en los asuntos familiares. La estrella admite de esta manera, indirectamente, que sus vínculos son absorbentes y exclusivos.

Sigue habiendo ventajeros alrededor de Luis Miguel en ambas épocas. Hay nuevos amores, nuevos temas -de esos que inevitablemente nos harán cantar casi de manera inconsciente, subliminal- mientras el artista también sufre algunos trastornos de salud.

Es tan intensa y rica en aventuras, dolores y opulencia la vida del artista mexicano que estos nuevos 8 episodios -que estrenan el domingo a las 21 en capítulo doble y luego a razón de uno por semana- sin dudas se quedarán cortos y dejarán a los fans con enormes ganas de más.

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