Casi todos los conflictos armados del siglo XX tienen, por lo menos, una gran película. Hay una excepción: Malvinas. Mencionada en muchas, utilizada como núcleo en varias, cuarenta años después del conflicto es muy difícil hallar filmes grandes al respecto. Hay muchas razones -o hipótesis, más bien- para que esto no suceda. Para que se comprenda, tomemos otro ejemplo: la guerra en Irak. Hay thrillers que giran alrededor de esa intervención, pero la única película "grande" al respecto, La ciudad de las tormentas (protagonizada por Matt Damon, dirigida por el galardonado Paul Greengrass), tuvo casi nulo estreno comercial fuera de los EE.UU. (se encuentra en varias plataformas y es excelente). ¿Por qué? Porque si bien no carece de épica (personal), la causa es difusa: era necesario invadir Irak y derrocar a Saddam Hussein, pero la excusa con la que se desencadenó la invasión era absolutamente falsa. Y la película se hace cargo de esa ambigüedad y termina condenando tal causa. El cine masivo es producido por personas que no quieren soluciones complejas ni ambigüedades.

Malvinas es un gran problema. Dos países aliados que pertenecían, además, a un mismo entorno cultural, entraron en guerra. La Argentina reclama -desde siempre- el territorio, pero la guerra surgió de la necesidad de la dictadura de legitimarse. Gran Bretaña tiene posesión de las islas: para Margaret Thatcher, con problemas en ese electoral 1982 para ser reelecta Primer Ministro, fue una gran oportunidad para a propaganda. Ambos bandos cometieron crímenes: Gran Bretaña hundió el ARA Gral. Belgrano fuera de zona de exclusión, y muchos oficiales argentinos maltrataron a tropas mal entrenadas y peor equipadas. Como en toda guerra, hubo heroísmo y solidaridad. Pero el entorno internacional es también ambiguo, si se piensa en las participaciones de Chile y los EE.UU. en el conflicto. 

El buen cine bélico usa la guerra para contar cuentos morales, porque la condición extrema permite mostrar al desnudo la condición humana ante la vida y la muerte. Pero la política se cruza aquí y, en el caso argentino, el sentimiento nacional inculcado desde la infancia respecto de las islas. Cuestionar o poner en duda eso (algo que el cine sabe hacer y hace incluso inconscientemente) es un problema grave.

Dicho esto, veamos películas. Las dos argentinas más importantes sobre el tema son Los chicos de la guerra, de Bebe Kamin (1984) e Iluminados por el fuego, de Tristán Bauer (2005). Los veinte años entre una y otra son importantes. La primera se filmó ni bien se terminó el conflicto, con el tema aún supurando. Cuenta la historia de tres adolescentes enviados a pelear a las islas, y tiene tres movimientos bien diferenciados: el entorno de fervor patriótico que los empuja, el desencanto y el maltrato en Malvinas, el regreso sin posibilidad de recomponer una vida normal. El elenco (enorme: Héctor Alterio, Miguel Ángel Solá, Marta González, Tato Pavlovsky, Ulises Dumont, Emilia Mazer) es un catálogo de aquellos años de fin del miedo y comienzo de la Primavera Alfonsinista. Y la película oficia también -aunque este es un efecto histórico, no buscado- de perfecto retrato de la tara bipolar del argentino medio, tan enfervorizado cuando ganan, tan negador cuando pierde.

Iluminados... se concentra, sobre todo, en el trauma que deja la guerra. Protagonizada por Gastón Pauls, no elude ninguno de los tópicos asociados a aquella guerra, desde el heroísmo de los soldados conscriptos hasta el maltrato de los oficiales. Es, probablemente y por lo menos hasta hoy, el filme que mejor deja asentado el relato sobre esa guerra. Y si bien técnicamente se destaca por el inusual uso en el cine argentino de efectos especiales y secuencias de acción -necesarias para la trama-, lo más interesante es la huella posterior, cómo el trauma bélico no se borra. Es decir, lo no político, lo que no depende del contexto y se vuelve, por lo tanto, universal. (Está disponible en Flow)

Hay varios otros filmes interesantes sobre el tema en Cine.Ar. Uno que tuvo buen público aunque muy poca difusión fue Soldado argentino solo conocido por Dios (2017) de Rodrigo Fenández Engler. También lidia con el trauma del "después" pero tiene una rara virtud: mirar la tradición del cine bélico y de aventuras y narrar desde ahí, desde el acervo del cine popular. Las escenas de acción, por eso mismo, tienen un ritmo más que inusual en el cine argentino. Y en un estilo opuesto, Lola Arias creó Teatro de guerra, un documental sobre una ficción a la vez también documental: la obra de teatro creada por los relatos de seis veteranos de Malvinas (tres argentinos y tres británicos) recuperando aquella experiencia.

Y por último, la primera vez que Malvinas llegó al cine fue en 1927, con la película inglesa The battles of Coronel and Falkland Islands, una derrota y una victoria marítimas reales de Gran Bretaña en la Primera Guerra Mundial. Si son curiosos, está en YouTube.

Más notas de

Leonardo Desposito

Ciencia ficción más allá de la pura fantasía en Paramount+

La llegada, ciencia ficción sin fantasía

Cuatro filmes esenciales de Steven Spielberg en Netflix

Tiburón, todavía efectiva obra maestra

El mejor cine de los ochenta para ver continuado en Star+

Aliens, el regreso, una obra maestra (sí, señor) de los ochenta

Adiós a Jean-Luc Godard, último sobreviviente de la Nouvelle Vague

Godard a fines de los 50: el hombre y la cámara

Cuatro comedias negras para disfrutar en HBO Max

Este es el fin, cima de la comedia negra

Lo mejor y lo peor del cine fantástico, gratis en Archive.Org

Carnival of Souls, un filme de enorme influencia en el cine

Se extingue el espectador de TV: hábitos de los nuevos espectadores

Jugar y usar redes sociales: pasatiempos favoritos de los más jóvenes

Las reposiciones le ganan a los estrenos en los Estados Unidos

Spiderman vuelve a ganar una alicaída taquilla estadounidense

Cuatro rarezas disfrutables para descubrir en MUBI

Copia Certificada, prueba de la maestría de Abbas Kiarostami

Cuatro comedias felices para disfrutar en Netflix

Hudson Hawk, la comedia más rara del mundo