Hace un tiempo hablamos en esta columna de Gremlins y de cómo en los años ochenta brilló sobre todo la mezcla de géneros, un gesto realmente posmoderno que sentó las bases para el cine futuro, hecho de cinéfilos que amaban sobre todo los grandes espectáculos populares y filmaron desde ahí. Pero de esas mezclas de géneros que causaron westerns urbanos (48 horas o Calles de Fuego, de Walter Hill), musicales extraños ( Golpe al corazón, de Coppola), comedias fantásticas (Los Goonies, Volver al futuro), la combinación más exitosa y variada fue la del terror con el humor. Y en realidad, si se la analiza bien, era un matrimonio que esperó demasiado tiempo.

También hablamos hace un tiempo de El joven Frankenstein, la parodia de Mel Brooks que sigue siendo su mejor y más tierna película. En los setenta, burlarse de lo establecido era casi una obligación, pero Brooks lo hizo con mucho respeto y amor por el género del que se estaba burlando. Pero en los años ochenta pasó otra cosa: pasó Ronald Reagan y la mezcla de egoísmo y lo que hoy llamamos (con fórceps) “neoliberalismo”, que no fue más que un conservadurismo atroz con recorte de impuestos para los mega millonarios. Entonces había monstruos, pero eran perfectamente humanos. Así que los no humanos eran inofensivos, o al menos fácilmente visibles. Por otro lado, el cine cómico y el de terror comparten dos elementos centrales: lo grotesco y la búsqueda de una respuesta fisiológica (la risa o el susto, respectivamente). Es decir, son géneros con una fuerte impronta satírica donde jugamos a que “lo que pasa es cierto”, aunque a todas luces sea imposible. Muchos de los mejores filmes de terror esconden momentos de humor grotesco o disparatado aunque quizás, cuando los vemos por primera vez, no nos damos cuenta. Lo que los diferencia es que el terror está asociado también al melodrama, la idea de sufrir por una imposibilidad que plantea el mundo (o la sociedad). El cine cómico se hace cargo de lo imposible y, en lugar de sufrir, toma distancia y se ríe de eso.

Volviendo a la era Reagan, había dos discursos. Si el mal se viste de traje, puede estar en cualquier parte. Si es así, de los monstruos es mejor reírse. Pero hay un tercer motivo que es absolutamente vigente hoy día en todo el mundo: el verdadero monstruo lo es porque no puede domarse. Cualquier intento de domar al monstruo para utilizarlo (domar a los conservadores para que generen una mejor economía, digamos por ejemplo) es inútil: el monstruo es caos y destrucción y miedo. Así que sobre todo desde mediados de los ochenta, surgieron películas donde el monstruo era el vecino, el Mal aparecía en una macetita, los vampiros regenteaban un cabaret y en cualquier caso estábamos condenados, o casi.

Dado que hablamos hace poco, dejemos de lado Gremlins y solo acotemos que es el molde básico: una criaturita peludita y tierna que, si se rompen ciertas reglas, da origen a demonios interiores que arrasan con la civilización a puro hacer lo que se les canta. Más o menos por la misma época se estrenó La hora del espanto (Fright Night, 1985) opera prima del especialista Tom Holland (papá de Chucky, de hecho), donde un pibe un poco solitario, fanático de un programa de TV que pasa películas de terror, descubre que su vecino es un vampiro. No solo eso, sino que su mamá lo invita a casa. Y no solo eso: el vampiro además le roba la novia o casi. Toda la película está plagada tanto de horrores sangrientos como de humor, y es una manifestación metafórica de todos los temores de la adolescencia, incluso del miedo de los chicos a las chicas. La remake de hace algunos años con Colin Farrell está bien, pero no llega a la altura épica del final de esta primera vez.

La hora del espanto: el temor de la adolescencia

Antes, en 1981, John Landis estrenó Hombre lobo americano. Hay una linda historia porque Joe Dante (Gremlins) al mismo tiempo hizo otra película parecida sobre hombres-lobo, Aullidos, y las dos son muy buenas y cómicas y satíricas. Pero la de Landis hizo escuela: dos turistas americanos pasean por la campiña inglesa de noche, uno de ellos es atacado por una bestia y el otro muere. Bueno, en realidad no y lo persigue al amigo para pedirle que, por favor, se suicide porque si no, todas las víctimas que caen cuando se transforma en lobo quedan como no-muertos. Al respecto hay una secuencia de humor negrísimo en un cine que es, también, una especie de réquiem para la gran pantalla: el lugar al que algún día solo irían los muertos.

Claro que Los Cazafantasmas entra en esta lista, pero es muy poco lo que tiene de verdadero “terror” y mucho de sátira amable y película de aventuras cómicas. Sin embargo, tiene a su favor subrayar que detrás de todo discurso político, detrás de la aparente normalidad que nos rodea, hay algo larval y primitivo que puede destruirnos, que no se puede huir de los fantasmas. Es cierto, el tono es menos serio que el de este párrafo.

Pero hay una película clave. Es La tiendita del horror, basada en el musical off-Broadway de Howard Ashman y Alan Menken (basado, a su vez, en un clásico cómico de Roger Corman donde tenía un pequeño papel Jack Nicholson), dirigida por uno de los papás de los Muppets, Frank Oz, y con muñecos de Jim Henson y cast de Saturday Night Live (la secuencia de Steve Martin y Bill Murray es para enmarcar y colgar de la pared). Sátira social y musical “clásico” donde la acción básica se desarrolla con canciones, narra cómo una planta extraterrestre piensa conquistar la Tierra desde un barrio olvidado en plenos años sesenta. La secuencia en la que la heroína sueña con su casa perfecta es sátira pura. Y la importancia del filme es esta: Asman y Menken, tras el éxito de este filme, fueron contratados por Disney y llevaron musical y sátira ahí, y crearon solamente La Sirenita, La Bella y la Bestia y Aladdin. Casi toda la comedia de los 90 nació aquí, en medio del terror que miraba de frente al bosque carnívoro de Reagan y sus amigos.

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