Nada es más difícil que hacer películas musicales. ¿Por qué? Simple: un alien puede venir finalmente del espacio y comernos, un hombre puede crear una armadura con rayos láser pero es muy difícil que el carnicero haga una coreografía y nos cante que nos vende medio de picada especial. La gente no suele ponerse a bailar y cantar por cualquier cosa, así que para que creamos un musical hay que tener un arte muy sutil escondido detrás del gran, enorme espectáculo. Vamos a aprovechar que Qubit.TV está subiendo algunas de las obras maestras capitales del género (gracias a Vincente Minelli, uno de los genios del cine, aunque no todo el mundo lo reconoce) y seleccionar aquellos musicales que vale la pena recorrer y disfrutar sin sentir la consabida vergüenza ajena.

Antes de arrancar: precisiones. En el musical clásico (solo mencionaremos de ellos esta vez) los cuadros sirven para hacer avanzar la historia: la gente de enamora, se desenamora, se pelea, se descubre mientras baila o canta, justamente. En el musical moderno, en cambio, los cuadros sirven para ilustrar un estado de ánimo, mientras que la historia se cuenta en los momentos donde no se canta ni baila. Prometemos musicales modernos pronto.

Empecemos por Minelli, ya que lo mencionamos. El ítalo americano fue un experto en dos géneros: el musical y el melodrama. Del segundo, ya hablaremos. En el musical, tiene cuatro obras maestras. La primera: El Pirata, que fue una película "maldita" y un fracaso comercial. Transcurre en una isla ficticia (la música es de Cole Porter) y cuenta cómo una chica que sueña con vivir aventuras con un pirata famoso llamado Macoco. Llega un comediante, se enamora de ella y empieza un juego de equívocos. Ellos son Judy Garland y Gene Kelly y el final reivindica la risa.

Luego, Un americano en París. Con música de Gershwin, Gene Kelly es un pintor que trata de volverse famoso en la Ciudad Luz, vive alegre y canta y baila mucho. Se enamora de una bailarina (Leslie Caron) que es la novia de su mejor amigo, y a la vez lo persigue una empresaria que quiere vender sus cuadros. El final es una fantasía en decorados inspirados por los impresionistas. Como siempre en Minelli, es sobre el oficio de ser artista.

Tercera: Brindis al amor (o Brindis de amor), que narra cómo se monta un musical "intelectual" en Broadway, fracasa y el experto de show popular que interpreta Fred Astaire transforma todo en un gran espectáculo. Obra maestra total, con la genia de Cyd Charisse (la mejor bailarina que tuvo el cine, sin dudas), es además sátira amable del mundo del espectáculo, con dardos a tipos como Orson Welles, por ejemplo.

Y cuarta, Brigadoon. Esa es compleja: Kelly va a cazar a un bosque y encuentra un pueblo hermoso, un amor, y una vocación. El problema es que ese pueblo solo aparece un día cada cien años, y tiene que decidir si se queda o no. Es otra historia sobre el poder de lo fantástico en nuestras vidas, y aquí tienen otra prueba del talento de Cyd Charisse.

Pero ojo: el filme musical más conocido es Cantando bajo la lluvia, de Stanley Donen y Gene Kelly (que participó como codirector con las coreografías). También es una historia sobre el arte, en este caso sobre el propio cine, y narra a modo de sátira amable cómo fue el paso del mudo al sonoro. Hay una anécdota cómica: el filme cuenta que una corista le "presta" la voz a una estrella que habla y canta horrible. La corista es Debbie Reynolds y la actriz, Jane Hagen. Pero la Reynolds no tenía buen volumen de voz entonces, así que cuando cantaba sus partes...la doblaba Jean Hagen. Real: la película se reía de la propia película. 

Más atrás, hay que ver por qué Fred Astaire puede declararse como el mejor bailarín de la pantalla. No tenía tanto histrionismo como Kelly porque no quería. Era elegante, creativo: un auténtico matemático que estudiaba cada coreografía como un auténtico ingeniero. Deben ver lo que hizo con su mejor pareja, Ginger Rogers, y tienen en la plataforma Al compás del amor. La precisión absoluta de esos dos bailando tap al minuto 53 es algo que hoy no se puede hacer sin efectos especiales. No, no exageramos: la física transformada en arte mayor.

Las cosas también podían ser completamente desaforadas. Así tienen de Stanley Donen (un realizador que merece una reevaluación, dentro y fuera del musical) el brío de Siete novias para siete hermanos, cuyo punto de partida (seis muchachones de campo que, al ver casado y feliz al mayor, deciden conseguirse novias) hoy sería un poco muy demasiado políticamente incorrecto. Pero la película es puro color, puro brío, con algunos de los cuadros musicales más exuberantes del género, lo que disuelve completamente cualquier prejuicio.

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