Vamos a establecer una diferencia básica entre dos géneros o tipos de relatos que suelen confundirse: la sátira y la parodia. Parecen lo mismo y muchas veces, incluso quienes manejamos (más o menos) la diferencia, solemos utilizar uno por el otro. Pero son dos cosas diferentes. La primera dferencia "de efecto" consiste en que una sátira puede no ser cómica, pero una parodia siempre lo es. La parodia es una parte de la sátira, porque comparte un método. En ambos casos, se trata de burlarse de algo, de mostrar el absurdo de un objeto conocido por el espectador. Pero es objeto es distinto en un caso y en el otro. La sátira tiene como objeto a la sociedad toda, a sus comportamientos, a sus taras. Por eso es que a veces su ironía o su absurdo no mueven a risa: implica burlarse de lo malo que tenemos alrededor. Un buen caso de sátira no cómica es Los viajes de Gulliver, la novela -para nada infantil- de Johnatan Swift, que destrozaba la "sociedad de las Luces" del siglo XVIII. Por momentos sí es cómica (por ejemplo, cuando define la tierra de quienes nunca mueren), pero su reflexión sobre la imbecilidad humana genera más bien amargura.

En cambio, la parodia tiene como objeto una obra de arte, es decir algo que ya sabemos que es falso. Y sirve como un ejercicio reparador, porque nos obliga a un ejercicio de reflexión sobre una película, canción, cuadro o novela, por ejemplo. Y sí es cómico, porque exagera los lugares comunes de las obras y nos invita a burlarnos. La parodia tiene un gran problema, de todos modos: si no conocemos la obra original, es difícil que comprendamos el chiste, y terminemos quedándonos afuera. Las mejores parodias son las que optan entonces por dos tipos de procedimientos: meter muchos chistes en el plano que no refieran necesariamente al objeto parodiado, o crear un universo que, más allá de las referencias, sea autónomo. Así que hoy les vamos a recomendar algunas películas (todas disponibles en plataformas) que utilizan alguno de estos dos caminos para ser grandes películas cómicas.

Vamos a una genialidad, El joven Frankenstein (FoxPlay). La película de Mel Brooks está filmada en blanco y negro, y utiliza los aparatos y decorados de la Frankenstein original de los años 30. Aunque no pareza, en realidad además de tomar ciertos momentos del filme clásico (por ejemplo, el encuentro con la niña en el lago o con el ciego en la cabaña), mucho viene de una "secuela" casi desconocida, El hijo de Frankenstein (y algo de La novia de Frankenstein, también). Pero Brooks sabe que con eso solo no alcanza, así que crea una serie de personajes con los que uno se encariña inmediatamente (el Igor de Marty Feldman, la señora Blucher de Cloris Leachman, el propio doctor Frankenstein a.k.a. "Fronkonsteen") y una historia que tiene sus propios carriles. Es decir, si uno no vio el original, puede reírse igual con los chistes de Madeline Kahn esquivando besos voladores para no despeinarse. Es una película feliz que usa el mecanismo de la parodia para "hacer la suya".

La pistola desnuda ( Netflix) es pura parodia al lugar común. Pero su humor procede directamente del cartoon disparatado, porque hay muchas cosas que pasan en primer (y segundo, y tercer...) plano que directamente son opuestas a la física, aunque tienen lógica dentro del mundo de la propia película. Pero muchos de los chistes proceden de las películas "de policías": el detective apesadumbrado que sale a caminar y pensar en off mientras se deslizan carteles de bares... hasta que descubre que está a kilómetros de la ciudad, en pleno campo, por ejemplo, es parodia de un procedimiento. Y que Leslie Nielsen se pase la película siempre serio, sin reírse nunca ni prestar atención a lo imposible que ocurre a su alrededor, multiplica la risa.

Si se animan, pueden probar con An american werewolf in London (Amazon Prime Video) de John Landis donde dos amigos en viaje por Inglaterra son atacados por un licántropo, y convierte a uno de ellos. Hay mucho terror, pero sobre todo hay parodia: la secuencia donde los no-muertos, en un cine, le piden al nuevo "hombre lobo" que se deje matar así ellos puden descansar de una maldita vez muestra hasta qué punto la película comenta los propios procedimientos del cine. Algo parecido pasa con El regreso de los muertos vivos (Qubit.TV) de Dan O'Bannon, donde alguien cuenta que el filme de George Romero La noche de los muertos vivos fue real y, por accidente, la desata nuevamente. Aquí el cine es excusa y reflexión.

Finalmente, veamos el ejemplo más cercano de parodia fílmica: Deadpool y Deadpool 2 (FoxPlay). Como saben, el género más exitoso de estos tiempos es el de superhéroes. Deadpool, el personaje, siempre fue una parodia de Marvel dentro del mismo universo Marvel, y finalmente llegó al cine más por obstinación de su actor (Ryan Reynolds) que por deseo de la 20th Century Fox, que tenía los derechos. En fin, Deadpool toma no solo el cine de superhéroes y sus lugares comunes, sino también todo el sistema de producción fijado en los supertanques como único modo de hacer dinero, como blanco, al mismo tiempo que narra un cuento de, bueno, superhéroes. Que en este caso es un tipo deformado por un experimento, sexualmente promiscuo, asesino sin remordimientos (cien por cien amoral) y totalmente autoconsciente de que el superheroísmo es absurdo puro. De hecho, en el segundo filme (todavía más disparatado que el primero, al punto que desarma toda la película que vimos en un solo plano post créditos) muestra esto con el personaje de Domino, una chica cuyo poder es simplemente tener suerte. Deadpool no se ríe de la fantasía, sino que usa la fantasía para mostrar cómo se la domestica (mal) y cómo se la puede recuperar (bien). Prueben.

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Leonardo Desposito

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