Como siempre a finales de año o principios, es hora de decir qué fue lo mejor de lo que pasó. La mitología decimal ayuda a compartimentar lo que vemos, y este año hubo poco más de 400 estrenos en salas y probablemente la misma cantidad en plataformas. Muchísimo (más) para ver que en épocas anteriores. Así que es un poco complicado separar “lo mejor”; de hecho, en la lista preliminar solo de películas que vale la pena ver, este redactor separó unas 40 (y seguro que se olvida de algunas). En cuanto a series y producciones digitales, las cosas son un poco más complicadas.

En última instancia, de modo totalmente personal, se decide aquí una lista que permite ver por dónde va el audiovisual contemporáneo. Entre las películas, lo mejor que nos dejaron los grandes autores es La Mula, gran película de Clint Eastwood sobre alguien en el límite de lo legal pero no de lo ético que toma lo policial y lo combina con el melodrama familiar de un modo seco y preciso.

En el otro extremo de Hollywood, es interesante ver qué pasó con el cine de superhéroes, ya un modo completo y un género extenso. Por un lado, tuvimos la graciosa Shazam!, que canjea espectacularidad por una reflexión sobre el estado de la institución familiar (y posee, en medio de tanto humor amable, la secuencia más triste del año). Por otro, la multimillonaria Avengers: Endgame, que en realidad hay que rever “por fuera” de las batallas. Hay varias escenas íntimas donde los actores (todos buenos) logran transmitir esa humanidad que el efecto especial tiende a diluir.

Es un filme raro. Las dos mejores películas que nos dio el mainstream, de todos modos, fueron dos historias de amistad y profesionalismo, donde dos hombres logran romper cierta imposibilidad gracias a la camaradería. Una es Contra lo imposible, con Christian Bale y Matt Damon como los utópicos expertos en autos que Ford contrata para desbancar a Ferrari de las carreras.

Cada secuencia del filme combina la nobleza de los personajes con el suspenso y la aventura. La otra es Había una vez en Hollywood, el último Tarantino, donde se mira con amor y humor el costado “clase B” del mundo del cine, se iguala a los nazis con los fanáticos de las corrección política y aparecen algunos de los momentos más inspirados que dio la pantalla. Y, en el rubro animación, alguien decidió jugar con las formas, los géneros, los tonos y la aventura y creó esa maravilla al mismo tiempo crítica y fantástica que es Spider Man: un nuevo universo.

Por último, Martin Scorsese hizo El Irlandés para Netflix, y aunque parece haber hecho “lo de siempre”, este filme de gánsteres por primera vez reflexiona sobre el paso del tiempo, el sentido de las acciones y la muerte más allá de la violencia. No hubo poco cine “no Hollywood”, aunque fue difícil encontrarlo porque, bueno, ya saben que nuestros exhibidores prefieren vender pochoclo antes que entradas. Tuvimos al último Almodóvar, Dolor y gloria, una reflexión apenas novelada sobre su propia carrera y sobre la soledad de la creación y los creadores, con un Antonio Banderas monumental. Tuvimos una joyita rusa, Leto, sobre el rock en aquellas tierras cuando era difícil escucharlo y hacerlo. Tuvimos la última película de la gran Agnès Varda, Varda por Agnès, que revisó su filmografía con amabilidad y humor y ternura, a modo de despedida. Tuvimos un bello documental de Nanni Moretti, Santigo, Italia, su mirada sobre Chile y su historia, asumiendo su lugar de visitante inteligente. Tuvimos un gran melodrama policial donde el paso del tiempo y lo incólume del amor son piezas capitales, Esa mujer, de Jia Zhangké, otra reflexión sobre los vertiginosos cambios en China desde la perspectiva del género criminal.

Y tuvimos La Gomera, de Corneliu Porumboiu, curiosamente otra reflexión sobre la historia y sus ripios desde el policial, esta vez vertiginoso hasta, en ocasiones, lo surreal. Sumemos La portuguesa, que se puede ver en Malba, y que es un bello relato medieval sobre una mujer que espera -quizás demasiado, quizás no- a un marido enfrascado en guerras entre nobles. Todo este cine es de lo mejor que nos dio la pantalla y se puede encontrar “por ahí”.

La Argentina estrenó casi doscientos títulos, muchos de los cuales pasaron inadvertidos pero pueden hallarse en la plataforma Cine.Ar (ahora o en unos meses, claro). Hubo desde comedias románticas (la muy tierna Badur Hogar, de Rodrigo Moscoso, aquel creador de la gran Modelo 73) hasta dramas sociales con mucha tela para cortar, como la reciente La Botera. Abundó el documental político y social, de calidad diversa, y hubo muy poco “tanque” que funcionara (La odisea de los giles, El cuento de las comadrejas y 4x4, pero esto requiere otra nota). Recordemos aquí dos títulos: Las facultades, de Eloísa Solaas, donde un montón de personas son retratadas estudiando o siendo examinadas y es un verdadero mapa de la inteligencia; y Las buenas intenciones, de Ana García Blaya, que muestra la precariedad de una familia desde la comprensión y la ternura, sin esquivar nunca el humor y un sonido propio de las generaciones X y millennial.

Hay mucho más, pero son muy buenos ejemplos. Y hubo series. Todos tienen su favorita, todos tienen su fanatismo. Pero aquí vamos a destacar, como evento al mismo tiempo cinematográfico, la perfecta Chernobyl. No solo es gráfica y narrativamente perfecta, con el retrato muy preciso de la catástrofe -y su relación directa con el régimen soviético-, sino que además es también la historia de un par de hombres que, poco a poco, descubren que lo único importante es lo humano. Cada episodio tiene momentos de una precisión cinematográfica casi ausente del cine. Y paremos: hay mucho para revisar todavía.

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