Infravaloradas o subvaloradas: hay muchas películas que, en su momento, fueron menospreciadas por la crítica y el público. O no se les prestó la debida atención, o han quedado por ahí, si son "viejas", como esos clásicos que -diría Borges- nadie se resigna a rever. Lo bueno de las plataformas es que existe la posibilidad de reencontrarse con esas películas y, para utilizar una expresión demasiado contemporánea, "ponerlas en valor". Revisando la grilla de HBO Max, aparecen muchas de estas películas, y de toda época.

Empecemos por una "de superhéroes" que fue pasada por alto a mediados de los ochenta. Superman III, de Richard Lester (el mismo que hizo las películas de los Beatles, obras maestras todas), tenía como protagonistas a Christopher Reeve, que fue el mejor actor para el personaje (uno muy complicado, tan tremendamente bueno y poderoso que resulta difícil ponerlo en problemas) y por ese gran comediante que fue Richard Pryor, entonces en la cumbre de su fama. Pryor es un genio de las computadoras utilizado por un par de villanos para dominar el mundo. Pero la película es una sátira completa que incluye la pelea a puño limpio entre un Superman "malo" y Clark Kent (quizás el verdadero núcleo del mito, aquí retratado con humor). También la escena en la que el Mal Superman seduce (y tiene sexo fuera de campo) con una "mala" que lee Hombre y superhombre, de Nietzche. E incluso una secuencia que se resuelve literalmente como un videojuego (idea que retomó James Gunn en Guardianes de la Galaxia 2). Verla hoy es descubrir una sátira lúdica y original.

Sucker Punch es quizás la película más extraña de Zack Snyder, un realizador que intentó hacer del cómic "de calidad" una nueva categoría en el cine. No le salió (aunque Watchmen tiene sus momentos) pero en Sucker Punch, la historia de un grupo de chicas en un psiquiátrico que se "liberan" viviendo aventuras en mundos fantásticos, deja todo control y decide ir a fondo con la locura de la situación. Es raro encontrar una película donde el grado de anarquía en el que viven los personajes se comunica de manera paradójicamente ordenada y comprensible. Hay también un sustrato satírico, o más bien paródico, del género cómic, pero también un hilo trágico que le otorga a la película otra densidad. Es buena y es original y merece revisarse.

Algo parecido pasa con Terremoto, la falla de San Andrés, que cuenta cómo California queda "separada" por el siempre temido y hasta ahora no sucedido (pero puede pasar, claro que sí) sismo en la fosa natural entre la península y el continente. Y sí, tiene todos los lugares comunes espectaculares de este tipo de historias, pero está Dwayne Johnson como un papá separado reuniendo a la familia y hay un clima totalmente luminoso, de pura aventura, que corre el eje de la historia de lo trágico a algo similar a los viajes de Julio Verne. Algo más: las secuencias de peligro y destrucción están registradas con muy buen gusto y una gran calidad estética nada gratuita. De hecho, como debe pasar en una verdadera película de acción, se entiende todo a pesar del caos. 

Si hay una persona a la que le quitan puntos todo el tiempo es Adam Sandler. Que es un enorme comediante tanto al hablar como con el cuerpo, y que ha hecho de lo ridículo y lo aparentemente "tonto" un campo para crear una poética y un personaje propios. Sandler es, siempre, el pibe bulleado que guarda mucha bronca adentro y que, con ayuda de amigos, finalmente se libera y cambia. Es el esquema de todas sus películas (la más transparente es Locos de Ira, donde es capaz de empatarle la vis cómica a Jack Nicholson... y viceversa). En El hijo del Diablo es el hermanito menor, papá Satán es Harvey Keitel y lo más malo que le sale como diablura es transformar Coca Cola en Pepsi. Es un filme de una gran ternura, donde hasta Quentin Tarantino se divierte. Es breve y logra que todos los actores tengan su momento de lucimiento.

Finalmente, Cry Macho. Es la última película de Clint Estwood y fue un fracaso (uno de los pocos) de taquilla del autor. Es la historia de un hombre mayor con un pasado que debe viajar de México a los EE.UU. con un niño, casi nada más. Hay conflictos en el camino, y hay un gallo que hace una tarea impresionante actuando. Pero a Eastwood ya no le importa demasiado ponernos en problemas, tensar la cuerda. Es una película tersa, que observa el mundo y, de paso, reflexiona -el hombre la filmó a los 90 años, dicho sea de paso está filmando de nuevo- sobre qué es y para qué sirve el cine. Mejor que eso: dice que lo mejor del cine es mirar el paisaje, escuchar a la gente, acompañar a los personajes. Vale para todos los géneros y, a la larga -si lo piensan- tiene toda la razón. Cry Macho, que ya se fue de los cines, es de esas películas que quedan como legado, así su autor viva 200 años y haga 1000 películas más.

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