Hace no mucho, una conocida, docente ella, me contó que solía pasar películas históricas a sus alumnos para ilustrarlos sobre un tema o momento en particular. Me preguntó mi posición y le dije que solo valía la pena si, después, uno discutía todo aquello que de ficción tenía un filme histórico. Porque sí, la mayoría son ficciones hechas y derechas basadas en momentos y detalles de un hecho que efectivamente sucedió. Pero la manipulación o la diferencia respecto de lo documentado es significativa. Las películas tienen un sentido diferente del de los libros de historia: en realidad buscan menos "enseñar" que interpretar para nuestro "hoy" algo que sucedió "ayer". O, en ciertas circunstancias, las películas "históricas" funcionan como metáfora de otra cosa. Justamente, en la diferencia entre el hecho y su representación podemos encontrar algo interesante.

El género tiene muy buena prensa -como las adaptaciones literarias- solo porque la Historia tiene más prestigio que el cine. Pero les aseguramos que muchas de las peores películas jamás filmadas pertenecen al género de los miriñaques y las tacitas. Sin embargo, en ciertas ocasiones, el cine puede hacer Historia a su modo y enriquecer el recuerdo de un hecho.

Vayamos de lo más cercano a lo más lejano. Empecemos por Rescatando al soldado Ryan, de Steven Spielberg. Hay mucho Spielberg "histórico": Amistad, Lincoln, The Post y, sobre todo, La lista de Schindler. Pero en esas películas giran alrededor de una verdad histórica más o menos establecida por el propio cine. No así Rescatando...: las películas sobre la intervención estadounidense en la Segunda Guerra Mundial siempre dejan en claro la eficacia de los EE.UU., cuando no su infalibilidad. Los primeros veinte minutos de Ryan van a contrapelo de esta idea: todo es un desastre, todo sale mal, todo es sangre y no hay ninguna nobleza (se ve incluso a soldados americanos fusilando alemanes que se entregan desarmados). Lo demás sigue más o menos el relato "tradicional", salvo por esa discusión sobre matar o no a un oficial nazi, que es pura perplejidad. La película es menos sobre la Segunda Guerra que sobre la pregunta de si vale la pena matar, si vale la pena perder la vida para salvar a alguien. Y de allí su manipulación de hechos, para peor o mejor.

Lawrence de Arabia (de paso, la película que decidió a Steven Spielberg a dedicarse al cine) de David Lean, está basada en las memorias de Lawrence, Los Siete Pilares de la Sabiduría. Y cuenta cómo los británicos lograron la unión de las tribus árabes para cercar al Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial. Lo hace siguiendo las reglas del cine de aventuras y épico, y a su personaje central. Pero lo que nos importa es menos el contexto que aquel momento en el que Lawrence se ve obligado a ejecutar a un hombre, y cómo confiesa luego que se sintió bien al hacerlo (lo confiesa con horror). La película es menos sobre el contexto que sobre los motivos que llevan a un hombre a la audacia de enfrentar lo desconocido. Qué nos impulsa a la aventura. De allí que comience con la muerte del héroe en un accidente de motocicleta (real).

La última batalla campal en territorio británico fue el desastre de Culloden (los habitués de la serie Outlander la deben conocer muy bien), donde la última resistencia de los escoceses contra los británicos fue destrozada de un modo castastrófico el 16 de abril de 1745. El cineasta británico Peter Watkins filmó un documental sobre la batalla, Culloden, que es también una ficción. "Finge" que un equipo de televisión está en el lugar mientras se desarrolla la lucha y después, entrevista a los protagonistas, incluso muestra una ejecución en un falso "tiempo real" para "meternos" en la Historia. Pero no se trata de algo cómico, sino realmente de una película que conmueve por lo que cuenta y por cómo lo reproduce. Años más tarde, el propio Watkins haría La Comunne, donde un equipo de televisión registra, en cuatro episodios de hora y media cada uno, la Comuna de París de 1871 y su represión posterior. El uso de la herramienta "moderna" nos permite "entrar" y entender, de manera inmersiva, un hecho complejo. Arriba, la película completa (subtitulada en inglés, pero se entiende).

Una obra maestra total es La toma del poder por Luis XIV, de Roberto Rossellini. Hecha para la televisión francesa, esta película descree del primer plano y utiliza actores no profesionales para narrar ese momento en el que la decisión de un casi adolescente de rebelarse contra la Reina regente, su madre, y asumir el control total del Estado -creando, de paso, lo que conocemos como Absolutismo- genera una bisagra histórica. Pero además es el nacimiento de la industria de la moda, de la cocina francesa de lujo, de los palacios; del Estado absoluto gastando en sus nobles (burgueses a los que se debía integrar) para generar ingresos. La película es hipnótica y está bien alto en las listas de cualquier cinéfilo. Anda por YouTube.

Por último, Rey de Reyes, de Nicholas Ray. Cuenta la vida y pasón de Cristo, sí, pero desde la perspectiva de un romano incrédulo al que se manda a investigar el asunto. Sin embargo, los principales personajes son Barrabás y Judas, dos tipos que creen en la necesidad de una revolución, pero uno opta por las armas y el otro, por el diálogo. Y Jesús no es ninguna de las dos cosas. Un filme que es a la vez metafísico (porque explica el verdadero sentido de la religión, no como algo que interviene en el mundo del poder terreno) y la política como uso o abuso del poder. Aquí Jesús es la excusa, pues, para otra cosa.