Nos pasa inadvertido que la cultura que tenemos -toda la cultura- es audiovisual, y su matriz es el cine. Desde que comenzó el siglo XX, pensamos en imágenes y la matriz de esa manera de ver y pensar el mundo es el cine. La idea de estas columnas es ver por qué tenemos que mirar ciertas películas, que hicieron por nosotros y, de hecho, cómo "usarlas" para seguir mirando y disfrutando de las imágenes. No vamos a hablar exclusivamente de las obras maestras canónicas, esas que ya se pueden encontrar en un diccionario enciclopédico y que -a veces con razón, en general, no- suelen tener fama de aburridas. Vamos a hablar también de películas "populares" (el que suscribe es reacio a la diferencia entre "popular" y "culto") y a analizar alguna secuencia.

Arranquemos por una que parece fácil, una que vimos todos. Empecemos con Pinocho, el largometraje de Disney estrenado en 1940 que aún hoy es considerado como una de las películas animadas más perfectas. La elegimos por varias razones. La primera, todos la conocen o creen conocerla. La segunda, sus personajes y su anécdota son universales. La tercera, es fácilmente disponible en cualquier formato (actualmente, se puede ver en Disney+). Y la cuarta, tiene varias secuencias que son una perfecta lección de cine.

Vamos a comenzar: el problema que tiene el dibujo animado, a diferencia de las películas de acción en vivo consiste en que hay que creer en algo que no está ahí. En una película "de realidad", vemos que un árbol es un árbol; cuando se apague la cámara seguirá siendo un árbol y antes de que lo filmaran era, claro, un árbol. En el cine de dibujos animados, si no se dibuja, no existe. Y el dibujo se hace con un estilo, un trazo que se puede acercar a lo real, pero no es lo real. Así, cuando lo vemos, nuestro cerebro sabe que es un dibujo. Lo primero que se necesita es, entonces, que el espectador crea en eso. 

Disney, desde Blancanieves -el primer largo de su carrera- solucionó el asunto de que creamos en eso con un procedimiento muy simple: vemos que se abre un libro de cuentos y entramos en sus ilustraciones. Todos sabemos que en el mundo real los libros de cuentos infantiles son ilustrados, así que -dice nuestra cabeza- vamos a ver esas ilustraciones moverse. En Pinocho da un paso más adelante: el cuento nos lo narra, tras abrir un libro, uno de los protagonistas, Pepe Grillo. Incluso hace algo divertido: empieza a narrar y se para porque el libro se le cierra. Vean esa primera secuencia porque es sensacional. Ese detalle de tener que apuntalar el libro gigante con un candelabro nos hace creer tanto en el personaje como en el dibujo.

Si ven la película en en castellano, Pepe Grillo será el comediante argentino Pablo Palitos: el doblaje se hizo aquí, dirigido por el realizador Luis César Amadori, y tiene muchas inflexiones porteñas porque Disney entendió que había un tono italiano en la Argentina que le daba credibilidad al ambiente. Pues bien: Pepe empieza a contar, muestra el pueblito italiano donde se desarrollará la historia con una panorámica (la cámara se mueve hacia adelante recorriendo los techos del pueblo) y dice que era una noche fría, vio la ventana de una casa y el resplandor de un hogar, y se acercó. Es un grillo: la cámara entonces da "saltos" hasta que llega a esa ventana. La cámara es el grillo y nosotros. Y a partir de entonces pasan dos cosas geniales.

La primera, nos "metimos" en el cuento y en el lugar. La segunda, sabemos que todo lo que pase en la película será visto desde la óptica (es decir, desde el recuerdo y las emociones) de Pepe Grillo, a quien más tarde el Hada Azul le encarga ser la conciencia de Pinocho, enseñarle qué es el bien y el mal. Aquí hay dos detalles importantísimos. El primero: el Hada Azul es un rotoscopiado, es decir, se fotografió a una bailarina real y se calcó luego para que pareciera una "persona de verdad", lo que contrasta con todos los demás personajes. De paso, era la misma bailarina que "calcaron" en Blancanieves, Marge Champion. El segundo, que por ese "realismo", el Hada Azul se mantiene como algo extraño al mundo más caricaturesco (miren las proporciones de los personajes) de la película.

Pero vamos a lo más importante: el propio Pinocho. En la novela de Carlo Collodi, Pinocho se porta mal todo el tiempo, es un pícaro amoral. De hecho, al final lo cuelgan: fue tan tremenda la reacción de los niños ante ese epílogo que Collodi tuvo que continuar las aventuras aclarando que, siendo de madera, no se podía morir. En la película, Pinocho es inocente, un recién nacido. Miente sin entender las mentiras, se porta mal porque le cree a todo el mundo. Y por eso el verdadero protagonista es Pepe Grillo: es quien tiene la gran aventura de llevarlo por el buen camino, y el problema es que Pepe no sabe muy bien cómo hacerlo. Es pequeño, y es frágil, y eso -algo pequeño y frágil- nada menos es la conciencia. ¿Un símbolo? Sí, pero no de los subrayados, sino que surge de las decisiones del diseño.

Como en todo filme de Disney, hay una escena truculenta: en este caso, la transformación de un niño en burro, que está entre lo más terrorífico que dio el cine. La parte central de esa metamorfosis se da en sombras (vemos cómo la sombra del niño se convierte en la del burro) y es raro, porque con el dibujo eso se podía mostrar perfectamente, pero Disney decide dejarlo casi "fuera de campo". ¿La razón? que, como dijimos, la película se pareciera lo más posible a una "de acción en vivo", que nadie notara que era un dibujo. Y eso es como se hacía entonces.

 Y ahora, amigos, una pregunta para que vean la película y la sigan como detectives. ¿Quiénes ven realmente a Pepe Grillo? ¿Por qué les parece que lo ven quienes lo ven y no otros personajes? Disfruten del viaje.

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