La primera persona en decir "surrealismo", dicen, fue Guillaume Apolinaire, el poeta que comenzó simbolista y terminó absurdo. El hombre, de familia polaca y nacido en Italia, era un bon vivant y, por lo que dicen las biografías, un desaforado. Inventó los caligramas, esos escritos poéticos que asumen la forma de lo que describen, por ejemplo, y además de Alcoholes, un gran poemario que supera el simbolismo, escribió una obra de teatro (justamente la que llamó "drama surrealista") llamado Las tetas de Tiresias. Pero también escribió Les onze-mille verges, una novela pornográfica que, cosa curiosa, es un clásico de la literatura del siglo XX. Amigo de Pablo Picasso, que amaba esa novela (otro libertino, dicho sea de paso), acusado alguna vez de robar la Gioconda (fue en cana y todo), peleó en la Primera Guerra Mundial y falleció, después, fruto de las heridas en combate.

Les onze-mille verges es un juego de palabras: en francés "verge" suena parecido a "vierge". La segunda palabra es "vírgen", y las once mil vírgenes (en realidad, once, solo que en la Edad Media algún animalito leyó mal en latín) fueron las compañeras de tormento de Santa Úrsula, una joven que dedicó su virtud a la Iglesia y que no quiso someterse al comercio carnal exigido por un tal Atila. A ella y a otras diez compañeras de infortunio las martirizaron y así nació la leyenda. Como dijo alguna vez un humorista: "¿pero es que alguna vez hubo once mil vírgenes?".

Sí, sí, ya sé: no dijimos qué es "verge" en francés. Bueno, es simple: dado que no queremos dejar aquí escrita la palabra que refiere al órgano sexual masculino, puede simplemente sustituir la segunda "e" del término galo por una "a" y ¡voilà! (vamos, estimados, no pidan que traduzcamos "voilà"). Pues bien, esa novelita ultra porno, tan porno que deja de serlo casi inmediatamente, narra las aventuras eróticas de un tal Mony Vibescu, gobernante rumano que vive varias aventuras y termina en la guerra ruso-japonesa haciendo desastres. Lo que el tipo busca es placer y desenfreno, y vaya si lo encuentra. También, todo hay que decirlo, es un poco bastante muy demasiado cruel en su trato venéreo con mujeres varias. Pero eso tiene una explicación: Apollinaire no solo quería hacer surrealismo reventando toda verosimilitud y generando escándalo, sino que además estaba parodiando las novelas del Marqués de Sade, especialmente Justine.

Para seguir en este camino, Sade no era especialmente "sádico" sino que quería mostrar que detrás de los modos nobles existía una podredumbre total de las costumbres. De él proviene la noción de escándalo -palabra que oímos hoy repetidamente aludiendo a cosas menos placenteras. Y si la idea de Sade era burlarse de la nobleza, la de Apollinaire, después de todo un materialista como casi todos los surrealistas (salvo Buñuel y Dalí, y alguno más), quería burlarse de la burguesía, de la política, de los buenos modos de la diplomacia y de todo lo que había alrededor. El sexo y el escándalo pornográfico fueron, pues, armas de poética protesta.

Resulta que la novelita fue llevada al cine una vez, allá por 1976. Les onze-mille verges fue rodada -y escrita- por Eric Lipmann, y protagonizada por Yves-Marin Maurin, Romain Marchand, Marion Game, y Jenny Arase, entre otros (y muchas otras). Decir que es una película pornográfica es ir un poco lejos: más bien es erótica o soft-porno, y muy lejos de lo más duro de la novela de Apollinaire. Además, homenajea otros textos del escritor, dado que la trama comienza cuando el protagonista lee un libro de poemas y tiene unos sueños que lo transportan a principios del siglo XX. 

Pero lo que tienen en común libro y película es el espíritu. Totalmente farsesco, comienza con un montón de empleadas vestidas de blanco y ropa mínima excitando -suponemos que no ex profeso- a un pobre oficinista cuya vida sexual (y general) es de lo más pobre. Sigue con la lectura del libro, con imaginaciones eróticas que incluyen algún momento más bien cruel o repulsivo, y luego con el cambio del protagonista, decidido a que no hay tiempo que perder y mejor hacer lo que a uno le dé placer. 

Lo interesante del filme es menos esta trama -que, después de todo, es repetida en el cine erótico, cuyo tema más recurrente es el despertar de los sentidos en un mundo donde estos se encuentran reprimidos o adormecidos- que la forma. En efecto: hay momentos de imaginación notables (un cuadro que cobra vida, una secuencia de voyeurismo con tono cómico, rupturas de la cuarta pared, etcétera) que en cierto modo se vuelven más atractivas que el sexo. Sexo hay, y mucho, aunque como señalamos no van a ver primeros planos de genitales o de penetraciones ocupando todo el marco de la pantalla. 

Y sí, se inspira en Apollinaire, claro que sí. Especialmente en la manera como muchas de las situaciones incluyen un elemento absurdo que crece hasta dominarlo todo, como sucede en general en el surrealismo. Que, dicho sea de paso, se caracterizaba no por la invención, sino por racionalizar la imaginación onírica y transformarla en imágenes y formas comunicables.

Creían que todo estaba en la mente y que la mejor forma de documentarlo era tomar las cosas tal cual aparecían y que cobraran su sentido en la imaginación del receptor. Les onze-mille verges, la película, cumple con esa premisa desde su primera secuencia. Este filme raro, cómico, erótico y escondido (como, desgraciadamente, nueve décimas partes del acervo audiovisual creado por los humanos) puede verse gratuitamente en Erogarga, y merece atención: es raro encontrar el diálogo entre el cine "adulto" y la mejor literatura. Y de paso nos recuerda que las vanguardias estéticas podían ser cachondamente divertidas.

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