Hay una frase de Jean-Luc Godard que suele repetirse -como todas las frases de Godard- como una especie de genialidad cierra discusiones en el mundo de la crítica cinematográfica y la academia. Dice, más o menos, "toda película es un documental de sí misma". Lo que quería decir el realizador de Vivir su vida (y de la un poco erótica y prohibida Yo te saludo, María) era que uno puede ver una película cualquiera y, en lugar de seguir la trama, prestar atención a cómo se filmó, cómo se dicen los diálogos, cómo entra la música, etcétera. Y porque lo que pasa delante de la cámara queda registrado como documento. Lo segundo hoy podemos discutirlo (mucho) porque en el cine de gran espectáculo cada plano es una combinación de algo que sucede ante cámaras y algo (a veces mucho, en ocasiones, todo) que se agrega después computadoras mediante. Entonces eso de la dimensión documental de una película queda reservado para la primera alternativa.

Pero lo mismo se puede decir de una novela, de un cuadro, de una obra musical. "Ah, detrás de la Gioconda hay como una ciudad porque eso equilibra el cuadro, y porque Leonardo quería representar la grandeza de la mujer", digamos. Ahora bien: en el cine hasta no hace mucho era cierto que lo que pasaba en cámara era un documento de algo real. Y entre todos los géneros, el más crudo en ese sentido siempre fue el porno. La única razón para poner una cámara en cierto ángulo es que se vea con detalle una penetración, por ejemplo. En el porno, lo que hace una poética, un estilo, es el montaje: cuánto dura un plano, y eso es lo que mide su efectividad. Si dura demasiado, la excitación se pierde. Si dura demasiado poco, no llega a punzarnos. Hay un arte en eso, aunque no parezca. Y por otro lado, el sexo en el porno es sexo y no hay trucos en cada plano. Eso también es cine directo, documental: la sombra de los hermanos Lumière.

Ahora bien,  en ocasiones el documental se cruza con el erotismo y el sexo, o con el porno. Hay toda una serie de películas sobre "la noche de Dinamarca" de finales de los años sesenta donde se filman performances sexuales sin actores profesionales, solo con gente que se dejaba filmar. Y una voz en off explicando cómo gozaban de la libertad sexual los daneses. Porque Dinamarca fue el primer país en legalizar el porno, dicho sea de paso. Durante unos cuantos años se hicieron esos documentales mentirosos para mostrar sexo directo y eludir censuras varias.

Hay muchos más ejemplos, también de falsos documentales al estilo Mondo Cane con explicitud sexual o desnudos varios, incluyendo además secuencias truculentas. Alguna vez nos ocupamos de ese cine sensacionalista, que es parte del subsuelo del séptimo arte pero ha influido en algunos directores cinéfilos (por ejemplo, Quentin Tarantino, básicamente educado en un videoclub). Pero quiero llamarles la atención sobre una película del francés Francis Leroi llamada Sexo y Perestroika, de 1990. Es una película, dicho sea de paso, no un video: fue rodada en celuloide y con equipo profesional. Y es una rareza por donde se la mire.

Leroi es uno de los nombres más importantes del entretenimiento erótico, soft porno y porno de Europa desde los años setenta, realizador de muchas películas de toda graduación sexual y de varios títulos de la serie Emmanuelle (con y sin Sylvia Kristel). Pero en el año 1990, cuando el Muro había caído, hizo algo rarísimo. Se embarcó sin ningún tipo de autorización hacia Moscú y decidió filmar la vida sexual de los ex-soviéticos mientras la independencia ganaba vertiginosamente terreno entre las ex repúblicas de la URSS. Como no lo iban a dejar filmar porno (hoy el porno en sí no está prohibido en Rusia, pero sí el contenido homosexual y están bloqueados sitios no rusos del género), simplemente filmó la película de contrabando.

La trama es sencilla: un equipo de filmación trata de hacer una película erótica y entrevista a muchas chicas que se desnudan ante cámara. Los castings son reales y muchos, más graciosos o interesantes que eróticos. Luego, los realizadores viven algunas aventuras privadas en algunos lugares, con sexo no explícito. Pero lo más interesante de la película consiste en que muestra el desfase entre la moral de Estado que ejercía el gobierno soviético y lo que realmente hacían y consumían los ciudadanos. Es muy impactante la alegría y la gracia con el que las rusas se desnudan, por ejemplo.

También son impactantes las vistas de Moscú en ese momento. Vemos lo monumental de una ciudad con una historia increíble, dese el zarismo a la Revolución, con obras en las calles, edificios hermosos y descuidados, la incertidumbre -y la esperanza, por qué no- pintada en los rostros de los rusos. Hay momentos que recuerdan a lo mejor de la Nouvelle Vague. No es raro, después de todo por edad Leroi es de la generación que aprendió a filmar con las películas de Godard y compañía.

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