Un club de jazz enclavado en la vibrante, moderna y multicultural escena parisina es el corazón de esta historia. The Eddy es su nombre. Con los latidos, con el beat imparable de ese corazón se escribe esta carta de amor a un género musical único.

Esta miniserie dramática de Netflix probablemente no complazca a todo el mundo. Escapa un poco a las características más frecuentes de otras producciones. Propone un relato con acento en la atmósfera, en las sensaciones y en la descripción sinuosa de los personajes, menos centrado en los cliffhangers y en las tensiones narrativas. Con largos fragmentos de música registrada en vivo deleitará a los amantes del jazz.

La historia tiene como protagonista a Elliot (André Holland, a quien vimos en Moonlight y series como The Knick), un músico neoyorkino que emigró a París. Se lo ve tan atormentado por las notas de sus composiciones como por su pasado trágico. Es el dueño del club junto a Farid (Tahar Rahim, Un profeta). Las penurias por mantener a flote el lugar y algunos negociados oscuros ponen en marcha la acción, que coincide con la llegada de Julie (Amandla Stenberg, Los juegos del hambre), la hija del protagonista. Una banda estable -liderada por la carismática cantante polaca Joanna Kulig (protagonista de Cold War), quien tiene un romance conflictivo con Elliot- ameniza las noches desde el escenario. Todos ellos parecieran componer una familia disfuncional en torno de la música.

Los dos primeros capítulos están dirigidos por Damien Chazelle, oscarizado especialista en películas sobre música como Whiplash y La La Land. Varios cineastas premiados en Cannes, como la francesa Houda Benyamina y la marroquí Laila Marrakchi, participan en otros episodios. La cámara está en constante movimiento al estilo del cine de realidad de la nueva ola francesa o el pulso inquieto del cine de John Cassavetes.

El ritmo es disperso, caprichoso, espontáneo, en sintonía con el espíritu del jazz. Elige contar desde el punto de vista de un personaje distinto en cada capítulo. Este recurso le aporta dinamismo y aliviana un poco el denso halo de amargura que rodea al personaje principal.

Una propuesta para dejarse llevar por el romanticismo de las imágenes granosas, acompañar los vaivenes anímicos de almas bohemias y palpitar cada nota musical.

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Paula Boente

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