Una de las cosas más curiosas que suceden en Twitter es la cantidad de mensajes referidos a Titanic cada vez que aparece en la pantalla del cable o de aire. Se llena, TItanic se transforma en tendencia por unas dos horas. Por muchos años, hasta que fue superada por Avatar, permaneció como la película más recaudadora de la historia, claro que si no actualizamos los precios de entradas por inflación (sigue siendo Lo que el viento de llevó y es insuperable porque el contexto es otro, pero dejemos eso por ahora). Tanto Titanic como Avatar surgieron de la mente de la misma persona, el canadiense James Cameron, un realizador que, esperemos, deje de ser discutido y se incluya entre los maestros del cine con el tiempo.

La cosa es que Titanic, antes de su estreno, generó pánico. Costó más de 100 millones de dólares, por ejemplo, una cifra que obligó a la reunión de dos estudios (Fox y Paramount). La prensa pasó meses diciendo que iba a ser un fracaso. Se estrenó con pompa en todo el mundo. Y tardó tres semanas en llegar al tope de las recaudaciones en los EE.UU., algo que hoy no pasaría. Se quedó ahí meses y reventó tanto la taquilla como el récord de Oscars, 11 (igualó con Ben-Hur y luego fue igualada por El Señor de los Anillos - El Retorno del Rey, pero tuvo más nominaciones que las otras dos) y le permitió a Cameron sentarse tranquilo doce años a desarrollar la tecnología que él quería para filmar Avatar. Si pensamos que Avatar es de 2009 y que estamos en 2021, recién filmando las tres secuelas de esa película, entendemos que Cameron es más independiente que el más independiente de los realizadores.

Pero esto es anecdótico. Titanic es una obra maestra, pero no del realismo (aunque es una película realista) sino de la ficción. De hecho, el verdadero tema de Titanic, es decir aquello que está por encima de la narración y le da sentido, es la utilidad de la ficción, la construcción del mito. Si vieron la película (está en Star+, de nada) verán que en realidad lo que vemos no es lo que "pasó" sino lo que "pasó" de acuerdo con cómo lo cuenta una mujer, sobreviviente del naufragio célebre, que -sabemos desde el principio- fue actriz del Hollywood clásico. Es decir, alguien que conoce el sentido del verbo "entretener".

Quiero que presten atención a cuatro momentos cuatro de la película y sí, hay spoilers. Primero: antes de comenzar a narrar, la anciana Rose Dawson observa -y le explican, con ella a nosotros- un modelo digital de cómo se hundió el barco. Pero ella dice que no fue así. En realidad, ese "modelo" es exactamente igual a lo que veremos cuando el Titanic se hunda, salvo que en ese momento será con personas gritando, desesperación y tragedia. 

El segundo momento es inmediatamente posterior: Rose se sienta y comienza a narrar, con un aire de ensoñación, como actuando para un auditorio, con un "fue hace setenta y nueve años...", lo que provoca que uno de los asistentes al relato la interrumpa. Rose se detiene, lo mira fijo, le dice que la deje contar y vuelve a "interpretar" a la joven Rose.

De sus ojos saltamos al pasado y pasan una gran cantidad de cosas, entre ellas que conoce a Jack, el gran amor de su vida. El flirteo con Jack lleva a que él la dibuje desnuda. Allí, por primera vez en más de una hora, volvemos a la anciana Rose que le pregunta a su auditorio si "quieren saber si lo hicimos" (si tuvieron relaciones sexuales, claro). La cámara, con mucho humor, enfoca a los ruborizados asistentes. Rose vuelve al relato y, después de haber dicho que no, que Jack era muy serio, termina contando que sí. 

Ahora, veamos ciertas cosas: en el barco, Rose lleva La bailarina, de Degas y, curiosidad de curiosidades (y lov vemos), Les demoiselles d'Avignon, de Pablo Picasso. Que, como todos saben, está colgado, muerto de risa, en una sala del Metropolitan Museum de Nueva York. Y nadie lo salvó del Titanic. ¿Un error? Segundos después de ver ese cuadro, Rose menciona a Freud y la teoría psicoanalítica en una cena. Sí, sí, claro, Rose leyó a Freud a los 19 años, claro. Son anacronismos, por supuesto, no errores: Rose está contando ni más ni menos una película.

Hay mucho más en esta línea que permite mostrar citas (hay varias a Lo que el viento se llevó), ligar el filme al resto de la obra de Cameron incluso si no hay nada de ciencia ficción (pero sí el tema de la máquina convertida en arma contra su propio creador, algo que vemos en Terminator, Aliens, El Abismo y Avatar) y más. Pero lo más interesante es que Rose usa -literalmente- todas las herramientas del relato de Hollywood, ese que construía mundos falsos para transmitir alguna verdad, casi ex profeso.

Vamos al cuarto momento para entender esto. Hay un diamante en juego, lo único que prueba que lo que dice Rose es cierto. Hacia el final, la anciana Rose lo arroja por la borda de un barco y lo devuelve al mar. En el original, ese gesto era visto por su nieta y otro hombre, el investigador submarino que llegó al Titanic justamente en busca de ese diamante. Esa toma está en los extras de la edición especial en DVD, pero Cameron no la usó. Solo los espectadores saben que el cuento de Rose no fue una invención, porque ven que tira el diamante. Lo mismo pasa al final de El Ciudadano: solo los espectadores descubren finalmente qué es Rosebud. En el mundo de la película, el trineo y el diamante permanecen como misterios.

¿Qué implica todo esto? Que para lograr conmover con la pérdida de vidas humanas que fue esa tragedia, para que la dimensión emocional se haga presente, Rose tuvo que narrar un cuento lleno de adornos, de aventuras, de invenciones que no fueron tales. Es decir, de montar un espectáculo, de contar una película. Titanic es eso; reflexión sobre el cine que pasa inadvertida, respuesta a la pregunta de para qué sirve. Y de paso: el plano final, que imaginamos el "cielo" al que llega Rose tras su último gesto, es casi la inversión alegre del final de La naranja mecánica. ¿Se anima a probar?

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Leonardo Desposito

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