Lo que ha sucedido con la cartelera cinematográfica en la Argentina es deplorable: casi no hay otra cosa más que tanques, producciones nacionales que casi nacen condenadas y lo poco que se filtra en el medio. Es cierto que “mal de muchos, consuelo de tontos”, pero seamos tontos: está pasando en todo el mundo. De algún modo es una suerte que exista Internet para permitirnos -legal o no, es otro tema- acceder a gran parte del acervo mundial. No todos tenemos la suerte de ir a festivales y ponernos al día. Y ni hablar del cine del pasado. Verán que todas las semanas, en la página de al lado, recomendamos algo de Qubit. No es capricho ni “chivo”: simplemente es la única plataforma accesible en la Argentina que se especializa en clásicos e inéditos. Esperemos tener más variedad algún día.

Es cierto que lo que viene en esta nota puede ser leído como “todo tiempo pasado fue mejor” y es triste que así sea, porque siempre es hoy. Pero qué le vamos a hacer, en cuanto a la distribución cinematográfica es así. Hubo un tiempo en el que el cine del mundo andaba en las carteleras. Y en esos años sesenta y setenta, uno de los géneros que más funcionaban era el de la comedia a la italiana. Aquí especialmente, porque tenemos mucho en común con ellos y con ese género que criticaba desde la picaresca y a veces el grotesco (dos componentes del mejor arte popular argentino, de paso) a la vida burguesa de los italianos posterior al “milagro”. Que no fue tan milagro, pero eso es otro tema.

Lo interesante de ese período es que había muchos realizadores con talento para hacer lo suyo y una camada de actores que no le hacía ascos a participar de las bufonadas. Entre esas películas por supuesto que las hay flojas, oportunistas y simplonas; las hay también groseras. Pero hay un puñado que podrían servir perfectamente como ejemplo de cómo hacer del reflejo social algo que trascienda su contexto histórico.

Algunas claves antes. En Italia, después de la Segunda Guerra Mundial y el desastre que dejó el fascismo, nació el Neorrealismo, un cine hecho en las calles, con poco artificio cuyo fin era pintar el panorama de esos tiempos. Por cierto, en ese tren había genios que fueron más allá, como Visconti o, sobre todo Rossellini. También De Sica, el más famoso y premiado. Pero ahí se aprendió a mirar la realidad y a trabajar con ella hacia la ficción para ir más allá de ella. Y había humor y melodrama, de lo que decantó más tarde la “comedia”. Entre las primeras películas que podemos tomar como ejemplo, está Los inútiles, de Fellini, que es ya una obra maestra (y tiene una escena que adelanta a Tim Burton, gran admirador, la del carnaval). Un grupo de amigos en un pueblito, todos jóvenes indolentes, todos tratando de vivir sin hacer, que encuentran en la pareja, el matrimonio, las obligaciones un choque con el mundo. Ahí tienen ya al Alberto Sordi genial que sería en parte pilar de lo cómico peninsular de esos años.

De todos modos, los dos grandes directores del género (al que se le animaron casi todos, incluyendo a Ettore Scola, el propio Visconti, etcétera) son Dino Risi y Mario Monicelli. Pueden empezar por Los desconocidos de siempre, de Monnicelli, donde un grupo de lúmpenes (entre ellos Gassman y Mastroiani) planean el robo a una casa particular como un modo de salvar la vida. Ahí está la Italia en reconstrucción, la pequeña delincuencia como forma de supervivencia, la picaresca y el romance como salvavidas. El atraco es decididamente genial. De Risi, tienen que ver Los monstruos, que es -como muchos otros filmes de ese tiempo- episódico, y donde a través del grotesco (transformar tipos humanos en auténticos “monstruos”) se realiza una radiografía perfecta de las tendencias tragicómicas de una sociedad. Lo de Gassman como boxeador (“Sono contento”) es una de las cimas de su trabajo. Lo mismo sucede con Il Sorpasso, otro clásico donde se muestran dos personajes: un estudiante con ciertas curiosidades (el perfecto Jean-Louis Trintignant) y un tipo campechano, seductor y entrador (Vittorio Gassman, claro) que viajan un par de días. En realidad la película es bastante crítica de esa mirada sobradora del personaje de Gassman y, en cierto sentido (como casi toda la comedia, aunque no siempre esto se nota de manera instantánea, por suerte) moralista. No hay que olvidar que todos estos realizadores se consideraban “de izquierda” y que detrás del humor y la sátira campea un rechazo a los gestos burgueses. De todos modos, el filme no es tan definitivo y sí bastante ambiguo. Y divertido, claro, que es lo que cuenta.

La gigantesca Anita Ekberg en Boccaccio 70

También Amici miei, de Monicelli. Podría pensarse como una continuación, veinte años después, de Los Inútiles: son cuatro amigos bastante aburridos, muy afectos a las bromas de mal gusto, que emprenden un viaje en el que pasa un poco de todo. Incluso seducir a la mujer de un tipo al que, finalmente, integran al grupo. Hay mucha comicidad y algo de oscuridad, también, porque lo que vemos es que aquella “supervivencia” un poco desesperada de los años cincuenta ha derivado en una especie de molicie burguesa donde la economía ya no es un problema. De todos modos, es una película muy cómica, también. Ahí está -como en casi todas estas obras- la cara de Ugo Tognazzi como referencia para el humor que parece caer en la macchietta pero no, la elude con cierta elegancia, incluso.

Cerremos con una película “de episodios”, Boccaccio 70. Los directores son De Sica, Visconti, Monicelli y Fellini. Pero quedémosnos con el de don Federico, Las tentaciones del doctor Antonio. Hay un enorme cartel con Anita Ekberg para una campaña de promoción del consumo de leche. Y el tipo, un santurrón católico, quiere tirarlo abajo. Al final, una Ekberg gigante lo persigue por toda la ciudad. Esa fantasía es el resumen de un género que muchas veces se deja de lado. Y de paso, si la ven, van a cantar todo el tiempo “Bebete piú latte, le latte va bene...”.

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