Uno de los temas cinematográficos más recurrentes es el del vampirismo. Drácula es, estadísticamente, uno de los personajes más llevados a la pantalla grande desde que, en 1924, F. W. Murnau hizo Nosferatu, que era Drácula con otro nombr

e para ahorrarse el pago de derechos. El caballero vampiro figura en el top ten de personajes recurrentes en el cine junto con Jesús, Napoleón, Sherlock Holmes y Hitler. No vale aquí hacer ninguna relación: eso es cosa de sociólogos, no de cinéfilos.

Entre las versiones más conocidas figura, claro, la de Tod Browning de 1931, con el engominado Bela Lugosi como el personaje. Vamos a ser sinceros: no es ni la mejor película de vampiros ni, de lejos, la mejor de Browning (que hizo obras maestras como Freaks, por ejemplo). Pero sentó la base de los primeros monstruos del cine: seres humanos que tenían características sobrenaturales y los usaban para el Mal. Hoy la apariencia de ese Drácula con capa, frac y modales suaves es bastante poco temible, y la película, basada no en la novela de Bram Stoker sino en su adaptación teatral. El final aburre. 

En realidad, para ver un buen Drácula llamado Drácula (el de Murnau, más arriba, sigue siendo una obra maestra), habría que esperar a fines de los años cincuenta, cuando Terrence Fisher y la gente de la productora inglesa Hammer decidieron darle color y el rostro de Christopher Lee al vampiro en Horror of Dracula. Donde además había mucho erotismo, signo de los tiempos cambiantes después de la década de los cincuenta. Ahí sí hay todavía suspenso, terror, y un uso genial del color con huellas del expresionismo. Ese tipo de película de terror haría escuela y la Hammer gozaría de una década de éxitos gracias a sus versiones aggiornadas y sexys de los monstruos de otrora.

Hay muchos más. El Drácula más extraño quizás sea el del catalán Pere Portabella en su filme-ensayo Vampir-Cuaudecuc, donde filma "escondido" cómo a su vez filma Jesús Franco su propio Drácula en España, aunque protagonizado (claro) por Christopher Lee. La película es extraña y al mismo tiempo, una reflexión sobre el cine. Curiosamente, narra toda la historia del vampiro aunque de lejos, por alusiones. Salvo en la secuencia final, una resolución de magistral ingenio para cerrar una historia armada de contrabando.

Después habría que recordar la versión de 1979 con Frank Langella, dirigida por John Badham, que coincidió en la Argentina con el enorme éxito de la obra de teatro dirigida e interpretada por Sergio Renán.  Sin embargo, la mejor versión del personaje, aún, es la de Francis Ford Coppola, la más fiel a la novela original incluso en su estructura narrativa, y que logra agregar una historia de amor muy a la El Conde de Montecristo, sin que ese agregado traicione el texto original. Además de ser un homenaje a todo el cine, de Griffith en adelante.

Hay otras versiones y otros vampiros. Entre los más extraños, podemos encontrar los de Near Dark, la opera prima de Kathryn Bigelow, donde son descastados y adictos, y no se respetan las "mitologías" vampiras como las de los espejos o el ajo. Gran filme poco visto, en la Argentina duró menos de una semana en cartel, destruida por una crítica miope. Algo parecido sucede con la opera prima del creador de Duro de Matar, John McTiernan. Se llamó Nómades, es difícil de conseguir y tiene muchos problemas narrativos. Pero las escenas de acción y la actuación de Pierce Brosnan le dan otro peso.

También de los ochenta es otra que pasó inadvertida aunque era una producción carísima, LifeForce, dirigida por Tobe Hooper. Aquí los vampiros vienen del Espacio exterior, los dirige una sexual vampiresa que está a punto de comerse -literalmente- a Londres y el mundo, y a los saltos narrativos los compensa un acción que se vuelve alocada e ilimitada. O la increíble La hora del espanto, donde un adolescente encuentra que Drácula se mudó al lado de su casa y le seduce a la novia y a la mamá, en una mezcla de humor y terror muy en la vena de los años ochenta (pero gran filme, cuidado).

Hay otra gran película "cruce" en la historia de los vampiros, una a la que pocos le han prestado atención o, si lo hicieron, fue para despreciarla. Es Van Helsing, de Stephen Sommers. Sommers es un amante del cine de aventuras clásico y ya había transformado La Momia en dos grandes historias llenas de humor y movimiento a lo Indiana Jones. Van Helsing combina el cine de superhéroes, las películas a lo James Bond (Van Helsing, perfectamente interpretado por un gracioso Hugh Jackman, es un "Bond del Vaticano") y los monstruos con la pura aventura del movimiento, a veces terrorífica y a veces, romántica. Tiene momentos muy creativos y la motivación de un joven Drácula aquí (Richard Roxbourgh, especialista en villanos) es la de tener familia, nada menos. 

Y podemos mencionar otra gigantesca "película de cruce", mucho menos despreciada por la crítica pero muy alejada del éxito comercial, Vampiros, de John Carpenter. Aquí también hay una sociedad de cazadores de vampiros, mercenarios al servicio del Vaticano y a las órdenes de un duro James Woods. Cazan, matan desapasionadamente, festejan con ruido, siguen las reglas más o menos cuando quieren, porque en el fondo son tipos siempre en peligro. Hay una traición, casi todo el equipo muere, y ahí van tres sobrevivientes a enfrentarse no solo contra los chupasangre sino, sobre todo, contra el poder (político) que los usa como peones. Filme que cruza el western con la fantasía terrorífica con el espíritu de Howard Hawks, es de una gran precisión narrativa. Perfecta y casi secreta.

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