ADIÓS AL 2025

Entre el espectáculo y la búsqueda del sentido: las peliculas que marcaron el 2025

El 2025 fue un año signado por el avance de la inteligencia artificial, el individualismo y la lógica algorítmica. El cine se hizo eco de estas problemáticas

El cine de 2025, a grandes rasgos, estuvo obsesionado con una misma pregunta: qué queda del hombre cuando el lazo con los otros se debilita. En un mundo atravesado por la segmentación algorítmica de la experiencia, la competencia permanente y el repliegue sobre el yo, muchas películas eligieron narrar tanto las consecuencias de ese encierro como la búsqueda, cada vez más costosa, de volver a lo humano.

Algunas encuentran una salida en el sacrificio, la comunidad o el trabajo colectivo; otras muestran, sin consuelo, cómo el individualismo extremo termina por sepultar a sus personajes. Entre el espectáculo industrial y un cine más contenido, estas siete películas supieron leer un malestar central de nuestra época, sin renunciar a la tarea central del cine: narrar historias.

 

En ese contexto, resulta significativo que algunos de los grandes directores del cine industrial hayan decidido no abandonar el terreno del blockbuster, sino disputarlo. Cineastas como James Cameron, Guillermo Del Toro, o hasta Paul Thomas Anderson utilizan los grandes medios, la escala y la maquinaria técnica no para reforzar la lógica algorítmica del nicho y la segmentación, sino para intentar reactivar relatos de alcance colectivo. En lugar de renunciar al espectáculo, lo ponen al servicio del mito: historias que vuelven a hablar de sacrificio, responsabilidad y comunidad. No se trata de una negación de la modernidad, sino de un intento por filtrar las ascuas de la verdad, y de los valores humanistas, dentro de ella. 

Avatar: Fire and Ash

Dentro de esta tradición se inscribe Avatar: Fire and Ash, la tercera entrega de la saga de James Cameron. El universo que el director construyó en Pandora propone una forma alternativa de relación con la vida, donde la transformación no es solo técnica o corporal, sino espiritual y comunitaria. Como ya se había sugerido en las entregas anteriores, no alcanza con adoptar una nueva apariencia, es necesario abrirse al encuentro con aquello que trasciende al individuo.

Esta nueva película introduce a los Mangkwan, liderados por Varang, y abre un conflicto que no se reduce al enfrentamiento físico, sino que vuelve a poner en juego la posibilidad de pertenencia, duelo y redención, con una tribu Na'vi que abandonó su fe al sentirse abandonados por Eywa, al igual que los humanos entendiéndola en un sentido utilitario. Funciona como espejo y dobles de una potencia Pandora que puede volcarse hacía lo profano, al igual que los humanos. De esta manera, complejiza el mundo de Avatar, y demuestra que sí existe la posibilidad del bien, aunque también es posible volcarse hacía el mal.

 

En Pandora, todos los seres que se abren a Eywa están interconectados por una potencia que los trasciende 
En Pandora, todos los seres que se abren a Eywa están interconectados por una potencia que los trasciende 

Avatar insiste en actualizar el mito y en proponer una conexión entre espiritualidad, naturaleza y comunidad como alternativa a la lógica extractiva y utilitaria de la modernidad, representada en la obsesión de los humanos por colonizar Pandora y extraer el mineral que producen los Tulkun, que ayudaría a diseñar la vida eterna. Un poder demasiado grande para unos depredadores naturales de lo trascendente como son los humanos. Negados a aceptar toda visión por fuera del consumismo y la aceleración posmodernista encarnada en Quaritch. En un momento de la película, Jake le recuerda al antagonista: "tenés nuevos ojos, solamente te falta abrirlos"; en una clara invitación tanto al personaje diegético como al espectador a recuperar la dimensión comunitaria, ética y simbólica de la existencia

Vale mucho más, si este intento es desde una secuela de uno de los blockbusters más taquilleros de la historia. Detrás de una supuesta banalidad de innovación tecnológica, el 3D y una historia simple, comprensible para todo público, hay un complejo entramado de sentido que busca recomponer la relación de la humanidad con lo trascendente.

   

 

Mirrors N°3

Una obra mucho más íntima del director alemán Christian Petzold. Laura, una joven estudiante de música, interpretada por Paula Beer, comienza un viaje interno de autodescubrimiento y sanación luego de un accidente fatal que termina con la muerte de su novio. Rescatada por Betty, una mujer que vive sola en una casa cerca de donde chocaron, intentará descubrir cómo resolver su propio dolor como el de esta mujer.

Sin celulares, sin televisión, ni internet. Una casa en el campo, cuatro personajes y un misterio que va construyéndose lentamente. La respuesta europea a la fragmentación y alienación que la modernidad provoca en el ser humano está inundada de paciencia, templanza y misericordia. A veces reconocer el dolor en el otro, es también reconocerlo en uno mismo parece decirnos Petzold. Una de las películas imprescindibles del año.

     

 

Better Man

Better Man representa una rareza dentro del panorama reciente de las biopics. No solo por su apuesta al musical, un género hoy relegado, sino por la decisión de representar a Robbie Williams como un chimpancé antropomórfico mediante captura de movimiento. Lejos del capricho visual, ese gesto funciona como núcleo simbólico del film, una máscara que expone la fragilidad de su protagonista.

La película construye un juego de espejos donde los ídolos y los temores, que parecen externos, remiten siempre a un conflicto íntimo. Detrás de la fama, los excesos y la admiración de sus fans, aparece la figura de un niño no resuelto, atrapado en el cuerpo de un adulto, cuya búsqueda no es la del reconocimiento público sino la de la mirada del padre. La idolatría de miles no alcanza, ni tampoco la de su familia, cuando lo que falta es el reconocimiento y la aceptación propia.

 

 

 Better Man es una de las películas más emocionales del año
 Better Man es una de las películas más emocionales del año

En ese sentido, Better Man dialoga de forma directa con otras películas del año al retratar un yo expuesto, celebrado y permanentemente demandante, pero profundamente solo. Una herida que solo puede empezar a sanar cuando es reconocida y asumida. Es así que el protagonista puede abandonar la lógica de la exigencia constante, de los vicios y la caída al vacío para abrirse a vínculos más justos: con sus amigos, con su padre y consigo mismo.

Michael Gracey encuentra en el musical su terreno más fértil, donde la coreografía y la música permiten expresar aquello que el relato biográfico convencional no alcanza a decir. Especialmente en su tramo final, la película, al igual que su protagonista, desplaza la lógica imperante del éxito personal para volver a una pregunta más elemental y humana: qué significa, verdaderamente, ser querido.

 

 

No Other Choice

La película de Park Chan-wook se inscribe entre las miradas más lúgubres del año sobre la erosión del lazo colectivo en el mundo del trabajo. No Other Choice comienza con un gesto que, en otro tiempo, habría sido heroico: el protagonista ensaya frente a sus compañeros un discurso para enfrentar a los nuevos dueños estadounidenses de la empresa coreana que está a punto de ser absorbida. 

Habla de dignidad, de derechos, de la necesidad de organizarse, de no entregar a nadie. El sindicato aparece como una posibilidad real, aunque frágil, de sostener algo en común. Pero la decisión ya está. Los despidos se producen, la promesa de protección se disuelve y el protagonista, junto a muchos de sus compañeros, quedan sin empleo.

De esta manera, la película se convierte en la incesante búsqueda por conseguir un mejor empleo por parte del protagonista, algo que lamentablemente se volverá difícil a su edad. Más aún cuándo, para su empleo soñado, hay candidatos más jóvenes, con mejores habilidades y galardones que él. Lo que lo arrastra a un camino desesperado: eliminar, literalmente, a la competencia.

 

 

Yoo Man-soo, completamente solo en una fábrica automatizada por máquinas
Yoo Man-soo, completamente solo en una fábrica automatizada por máquinas

De esta manera, el director coreano elige representar como el capitalismo tardío vuelve impracticable la acción colectiva y premia el individualismo extremo. Fragmenta a los trabajadores, debilita la palabra común y transforma derechos básicos en beneficios por los que hay que competir.

En diálogo con otras películas del año que buscan una salida en el sacrificio o la comunidad, No Other Choice elige no ofrecer redención. Su gesto es más incómodo y quizás más honesto, mostrar que, cuando lo colectivo se vuelve inviable, el individuo no se afirma, se pierde. Como lo hace el protagonista en el plano final de la película, uno de los más devastadores, tristes y terroríficos del 2025.

 

 

One Battle After Another

En One Battle After Another, Paul Thomas Anderson retrata un mundo políticamente polarizado, pero sobre todo sobregirado. Los bandos enfrentados ya no representan proyectos vivos, sino estructuras burocráticas agotadas, atrapadas en la repetición automática de consignas. La política aparece menos como espacio de construcción que como una maquinaria sin pausa, donde la violencia y el enfrentamiento se sostienen por inercia.

Tanto los supremacistas conservadores como los revolucionarios liberales son mostrados de manera crítica, y curiosamente hermanados por sus prácticas. Si bien ambos representan ideas antagónicas del mundo, comparten el exceso burocrático para resolver sus conflictos y la necesidad de satisfacer sus deseos más mundanos para justificar sus acciones. 

Mientras en unos es la acumulación de dinero y poder, para otros es el exceso en cuánto al placer sexual y el consumo de sustancias. En ambos casos, el conflicto pierde contacto con lo humano y se convierte en un fin en sí mismo.

Frente a esa dinámica aparecen dos figuras que operan desde otras lógicas. El personaje interpretado por Chase Infiniti, hija del bando perseguido y posible hija del perseguidor, encarna una identidad escindida que no puede resolverse por simple alineamiento ideológico. Su recorrido no pasa por elegir un lado, sino por asumir una herencia fragmentada y encontrar una forma de recomponer sentido a su existencia.

 

El sensei, encarnado por Benicio del Toro, plantea otra forma de vivir la vida en One Battle After Another
El sensei, encarnado por Benicio del Toro, plantea otra forma de vivir la vida en One Battle After Another

En continuidad con esta idea, el personaje de Benicio del Toro funciona como un agente externo al conflicto: ligado a la espiritualidad, la calma y el cuidado del otro, enseña la defensa antes que el ataque, protege a inmigrantes y asiste sin preguntar a qué bando pertenecen. Y es, justamente, gracias a ellos que el conflicto parece encontrar una alternativa, una tercera posición a esta batalla tras otra. Una posible resolución.

En diálogo con el resto del cine del año, One Battle After Another sugiere que, en un mundo administrado y algoritmizado, la salida no está en radicalizar la disputa, sino en recuperar formas elementales de vínculo, transmisión y responsabilidad. Cuando las ideologías se vacían, lo humano, y su conexión con su tradición, vuelve a ser la única alternativa. El único territorio por el que vale la pena luchar.

   

 

Frankenstein

Teniendo en cuenta que Netflix es un gran actor dentro del entramado algorítmico actual, y uno de los principales responsables de la erosión de la experiencia colectiva del cine, resulta curioso que sea gracias a su presupuesto y confianza en Guillermo Del Toro, que haya nacido Frankenstein. La actualización del mito del moderno Prometeo, engendrado hace más de dos siglos en la novela de Mary Shelley y sueño largamente acariciado por el director mexicano, se erige como una de las películas más significativas del año.

En esta nueva encarnación del mito, Del Toro sitúa el origen del conflicto en Victor Frankenstein (Oscar Isaac), cuyo deseo de crear vida no responde a una curiosidad científica neutra, sino a una herida: la muerte de su madre. Su impulso prometeico nace del rechazo a la finitud, de la necesidad de superar tanto al padre como a Dios, de imponerse sobre la muerte mediante un conocimiento utilitario, frío y desprovisto de sensibilidad. Crear vida se vuelve, así, un acto de soberbia antes que de amor.

Sin embargo, la película divide su protagonismo con la criatura (Jacob Elordi), quien también embarca su propio viaje por descubrir qué es realmente, cuál es el significado de la vida, y qué le otorga sentido. Su recorrido no consiste en repetir el gesto del padre, sino en superarlo por otro camino. 

Allí donde Victor intenta vencer a la muerte produciendo vida, la criatura busca sentido aprendiendo a habitarla. Su pregunta no es técnica ni científica, sino radicalmente humana, ¿qué es la vida? ¿Qué la justifica? ¿Qué la vuelve digna de ser vivida?

 

La criatura, interpretada por Jacob Elordi, se embarca en la búsqueda del misterio, aquello que otorga sentido a esta vida
La criatura, interpretada por Jacob Elordi, se embarca en la búsqueda del misterio, aquello que otorga sentido a esta vida

Despojada de las ataduras sociales y de la lógica instrumental que rige al mundo que la rechaza, la criatura atraviesa un camino de autodescubrimiento que funciona como espejo de nuestra época. En un mundo que fragmenta, clasifica y reduce la existencia a funciones, Del Toro recupera la dimensión trágica y espiritual del mito, la humanidad no se define por el dominio, sino por la capacidad de reconocer al otro, de perdonar y de asumir la finitud.

En ese sentido, Frankenstein dialoga con muchas de las mejores películas del año al insistir en la idea central que, cuando el vínculo se rompe y el sentido se pierde, no hay técnica ni progreso que puedan reemplazarlo. El moderno Prometeo nos devuelve una pequeña representación del fuego sagrado de los dioses para recordar aquello que una sociedad cada vez más automatizada y deshumanizada parece decidida a hacernos olvidar. De ahí que la película termine con la criatura por primera vez de cara al sol.

   

 

Mission: Impossible - The Final Reckoning

En la octava parte de la saga de Mission: Imposible, lo que está en juego no es simplemente una lucha entre espías, tecnología y voluntad, sino un conflicto más profundo entre dos visiones del mundo. Por un lado, la lógica determinista, estadística y deshumanizada de la Entidad, una suerte de anti Dios moderno, que todo lo calcula, lo anticipa y lo reduce a probabilidad. Por el otro, la capacidad humana de decidir más allá del cálculo, de elegir incluso cuando hacerlo parece irracional o inútil.

La película intenta esgrimir una respuesta a este conflicto, que gira alrededor de la anomia contemporánea, cuando las reglas se disuelven, cuando la ley es reemplazada por el algoritmo y los sistemas ya no sostienen sentido, lo único que permanece es el acto humano. Ethan Hunt (Tom Cruise) encarna ese gesto. 

No actúa por obediencia ciega, ni por conveniencia estratégica, sino por una forma de fe práctica en el otro: una que no se predica, sino que se ejerce, y que, por su sola persistencia, transforma a quienes lo rodean. Varios personajes lo dicen explícitamente a lo largo de las ocho películas que componen esta saga, gracias a él encontraron un rumbo, un sentido, una vida posible.

En esta última entrega, Ethan deja de ser solo un héroe de acción para convertirse en una figura de guía para una comunidad. No desde la omnipotencia, sino desde la aceptación de su propia fragilidad; no desde el aislamiento, sino desde la confianza absoluta en sus compañeros. 

Allí donde la Entidad propone control total, Ethan responde con entrega. Allí donde el sistema exige sacrificios impersonales, él elige cargar con el peso para que otros vivan. Esa misma entrega de Ethan le es correspondida con el mismo gesto por parte de los más altos cargos del Gobierno, desde instituciones que deberían limitarlo por temor. Ese es el núcleo humanista de la película.

 

 

Grace mostrando/concediendo la luz a sus compañeros de equipo 
Grace mostrando/concediendo la luz a sus compañeros de equipo 

Lejos de avergonzarse de ser cine de acción, The Final Reckoning asume ese lugar con plenitud y lo eleva. Recuerda que el cine también piensa, que el espectáculo puede ser portador de sentido y que los grandes relatos siguen siendo un espacio privilegiado para hablar de sacrificio, responsabilidad y comunidad. En un panorama donde muchas veces el cine parece haber olvidado su dimensión simbólica, esta película recupera la idea de que hay verdad en los gestos, en los ritos y en las elecciones.

Así, Mission: Impossible - The Final Reckoning funciona como la afirmación de que, frente a la automatización, la fragmentación y el repliegue sobre el yo, lo humano todavía puede sostenerse. Que no es la máquina, ni el algoritmo, ni la predicción lo que define nuestro destino, sino aquello que decidimos hacer con nuestra vida en comunidad. Son nuestros actos, y nuestra potencia de hacer el bien lo que nos define. Por los que conocemos y por los que no. 

   

 

Menciones honoríficas

A fin de plantear claridad en la propuesta, se dejaron afuera algunas películas excelentes como A Complete Unknown, la biopic sobre Bob Dylan, dirigida por James Mangold, y la gran remake de comedia The Naked Gun.

También quedaron fuera la terrorífica Bring Her Back, sin dudas la película de terror del año, y el tándem Belén – Homo Argentum, que ofreció dos visiones polarizantes de la realidad política argentina en 2025. Aunque, a titulo personal, la mejor película nacional haya sido Gatillero de Cristian Tapia Marchiori, un neo western filmado en plano secuencia en las calles del conurbano bonaerense.

Entre las producciones internacionales destacan la íntima The Baltimorons, propuesta del director Jay Duplass, y la grandilocuente Sentimental Value de Joachim Trier, muy valorada en festivales europeos. 

La película animada Chainsaw Man - Reze Arc mostró cómo adaptar correctamente un arco de manga japonés a la pantalla grande, mientras que los blockbusters Sinners de Ryan Coogler y F1 de Joseph Kosinski se consolidaron como grandes referentes del año.

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