OPINIÓN

13A: el derrumbe de las "torres gemelas" argentas

La nueva fuerza política de raigambre ultraliberal contribuirá a profundizar aún más la crisis en el ámbito nacional, pues su dirección va en el sentido de segmentar y fraccionar las opiniones públicas y las determinaciones políticas

 

El atentado terrorista del 11S (2001) en Washington y NYC, sorprendió enormemente a los norteamericanos, y al resto del mundo. Ese día todo cambió en EEUU. Produjo un cambio estratégico en la política exterior de EEUU, acelerando su papel de policía del mundo, con múltiples intervenciones iniciadas en Medio Oriente. Los problemas financieros del 2009 (crisis de los derivados) trajeron nuevos problemas en el interior profundo de los EEUU y una inquietud generalizada en el resto del mundo. En la década del 2010 el crecimiento del poder de China se desarrollaba sin prisa, pero sin pausa. A inicios del 2017 asume el presidente Trump y reconoce la debilidad estratégica de los EEUU, que impulsa su MAGA (“Make America Great Again”). Luego de los 22 años de ocurrido aquel atentado estamos ante una nueva realidad global, que se deslizó desde aquel enorme poder hegemónico de los EEUU hacia el mundo multipolar de estos días.

Sin pretender comparar aquellos aberrantes hechos, con nuestra realidad, el último 13A la sociedad argentina quedó impactada por el derrumbe y desconcierto dentro de las dos principales coaliciones que vienen gobernando a la Argentina desde hace 20 años, las que fueron derrotadas por una micro fuerza insólita, casi celular, de la que se desconocía su potencialidad de daño. Ni las predicciones de los escenarios más audaces lograron prevenirlo. La demolición política resultante inició una nueva era en Argentina, cuyos rumbos, totalmente inciertos, permanecen aún desconocidos.

Sin embargo, señales anticipatorias hubo y muchas. Todas ignoradas por el establishment político, económico y sindical, tan ocupado y ensimismado en sus propios bussines. La destrucción de los pilares básicos de la sociedad argentina fue, durante más de 40 años, sistemática y permanente. El pueblo argentino sufre y soporta desde hace mucho tiempo atrás, una guerra que ocurre en cámara lenta, destruyendo pausadamente todo a su paso; desde lo visible materialmente, como la economía, las finanzas, la industria, aumento de la pobreza y del narcomenudeo, la seguridad ciudadana, el deterioro educativo, la defensa nacional, hasta el daño gradual de los intangibles, como las relaciones entre los argentinos, la grieta política, la cultura y la identidad nacional, los valores y el orgullo nacional. Esta triste realidad actual es producto de un conflicto sistémico y progresivo que actúa sobre la Argentina, sin que hayamos podido al menos imaginar y realizar alguna resistencia anticipatoria.

Elecciones 2023: lo que dejaron las PASO 

El 13A parecía una PASO más, como las anteriores, pero no fue así. El pueblo decidió exponer, blanco sobre negro, la gravedad de la situación, la magnitud de los problemas y la irresponsabilidad de toda la dirigencia, que intenta gobernar (más bien de gestionar la crisis) por medio de ideologías propias del siglo pasado, o de la etapa de la Guerra Fría. Mediante sus atrasadas visiones de cabotaje siguen debatiendo sobre liberalismo-estatismo, capitalismo-socialismo, anti norteamericanismo o anti comunismo, cuando internacionalmente casi todos los países del mundo proclaman sus diferencias defendiendo, en mayor o menor grado, cuales son los intereses nacionales que deben resolver. Cómo es posible entender que las dos coaliciones principales solo se han ocupado de hacerse zancadillas para tratar de sacarse mutuamente ventajas, por medio de fuertes y capciosas críticas internas o externas, mientras el país y su pueblo se hunde y se desangra.

Si lo analizamos en términos de la guerra híbrida vigente en todo el planeta, la democracia argentina, donde todos los procesos son lentos y por pasos sucesivos, hoy parece un país bombardeado por alguna fuerza de origen desconocido. No hubo un gran estallido sino cientos de miles de mini estallidos (como se manifiestan las bombas de fragmentación) que produjeron esta destrucción masiva, desnudando una vulnerabilidad que podría poner en peligro hasta la soberanía territorial nacional.

Financieramente seguimos con un endeudamiento creciente y eterno; agravado por la aceptación de empréstitos con jurisdicción judicial extranjera, lo que significa una grave pérdida de soberanía. Asistimos a una permanente transferencia de recursos de los sectores más pobres y medios a los más ricos. La “ayuda financiera externa”, sea vía China o el FMI, produce una dependencia pendular sobre temas estratégicos. La economía sigue desde hace décadas con una inflación indomable, generando incertidumbre e imposibilidad de invertir a largo plazo. No hay ahorro interno aprovechable para crecer. No hay política sostenible de desarrollo industrial, debido a una ideología liberal que atrasa en un mundo donde EEUU, China u otras potencias tienen una política industrial y tecnológica clara para proteger su desarrollo y su poder nacional. El presupuesto del Estado sólo atiende las necesidades de los políticos de turno y no a una planificación estratégica de largo plazo. El comercio exterior sigue dependiendo de las commodities y el contrabando y las maniobras de sub y sobre facturación son monedas corrientes.

El nivel educativo sigue en caída; el facilismo y educadores desmotivados tampoco ayudan. Tenemos un alarmante crecimiento de la pobreza y la exclusión, produciendo una guerra de pobres contra pobres, como una especie de guerra civil a nivel molecular; la anomia social sigue en aumento; el circulo vicioso de aplicar crecientes cantidad de bonos de ayuda social solo contribuye al aumento de la pobreza y alimentar la inflación. La creación de empleo privado es muy limitada y con bajo nivel de valor agregado.

La inseguridad ciudadana sigue creciendo; el delito está en expansión y hay crecientes espacios no controlados por el estado, por el avance del narcotráfico y del consumo interno; las fuerzas de seguridad actúan sin rumbo claro. La justicia parece demasiado voluble a los vaivenes político.

La defensa nacional no dispone de los medios necesarios para cumplir su cometido de defender la soberanía nacional. Todavía sufrimos el bloqueo inglés para conseguir repuestos necesarios para nuestros antiguos sistemas de armas.

Sufrimos la agresión externa a nuestra cultura e identidad nacional, permitiendo el fomento de una cultura globalista que deforma nuestro idioma en las escuelas, producen cambios en la escala de valores, la caída de la autoestima nacional y la desvalorización de símbolos patrios, entre otros males.

La falta de diálogo político (la grieta), producto de una absurda ideologización, desligada de la agenda popular, que solo existe en pocos países del mundo, impide la consolidación de una política de estado enfocada a la defensa de los intereses nacionales. La política internacional aún contiene cierto alineamiento ideológico externo; notándose la falta de criterios geopolíticos permanentes propios e independientes;

En resumen, Argentina ha estado sufriendo una guerra de pasos lentos pero sistémicos, que produjo una destrucción de todos sus sectores vitales. Eso no ha sido evitado o tal vez se ha incrementado por la falta de visión de su clase dirigente, que no ha comprendido cómo funcionan las guerras híbridas o irrestrictas y sin límites en todo el mundo. El problema argentino trasciende al debate económico, aunque éste sea la madre de todas las batallas cotidianas. El problema es claramente político, debilitado por las falencias en la conformación de la identidad y la conciencia nacional. Esta es una crisis prolongada de no fácil solución.

Para complejizar nuestra situación, la nueva fuerza política de raigambre ultraliberal contribuirá a profundizar aún más la crisis en el ámbito nacional, pues su dirección va en el sentido de segmentar y fraccionar las opiniones públicas y las determinaciones políticas. Al aumentar la fragmentación social se aumenta la entropía social, disminuyendo la cohesión social. Separar aún más a los argentinos en pequeños y débiles fragmentos sin poder, permitiría que éstos queden a merced de las grandes concentraciones del verdadero poder global (el financiero). La naturaleza tatcheriana (no hay sociedad, hay individuos) de su liderazgo va en sentido inverso a las verdaderas soluciones nacionales, que consisten en aumentar el poder nacional, generar mayor riqueza, y distribuirla para lograr mayor justicia o equidad social.

Siempre hay margen para la esperanza en la medida que reconozcamos que tenemos un serio problema y que entendamos su naturaleza. A partir de allí podemos superarlo, con patriotismo y voluntad de ser. Así como estamos transitando hacia un nuevo orden a nivel global, el 13A sería el punto de partido de un nuevo orden interno a nivel nacional.

(*) analista geopolítico. Autor del libro “Argentina: 10 hipótesis de conflicto"