Pudo terminar sus estudios secundarios porque encontró una profesora de Matemáticas y Física que calificaba los exámenes poniendo especial atención en el desarrollo de los problemas que inventaba para sus alumnos y se preocupaba menos por el resultado. Por esa manía le llovían tantas críticas de sus colegas, como elogios de los sufrientes padres de los chicos más demorados en las materias abstractas.

Tampoco la pasaba muy bien en Lengua, pero tenía un tono viril y una voz imponente que, aún leyendo lentamente y sin comprender mucho lo que leía, lo erigía en el ayudante ideal para las clases literarias. De Geografía no se preocupaba mucho, sólo se enganchó un poco en el quinto año cuando en Geografía Americana se había obsesionado con los yacimientos minerales. Sabía más de Colombia que de La Pampa. Hasta llegó a lograr que peguen y dejen por tres semanas en el Periódico Mural un ensayito de 30 renglones sobre “La ruta de la Esmeralda” que había preparado como una tarea en esa materia y que presentó también como una de las redacciones de tema libre que le exigían en Lengua.

Lo cierto es que fue mucho más trabajo el que le llevó pasarlo a la cartulina para el Periódico Mural que todo lo demás. Al cuarto intento el padre le prohibió ir a comprar otra cartulina. Uno de sus compañeros le aportó una gran idea, justo antes de que hubiera destrozado el último trabajo. Aproximadamente en el vigésimo intento realizado sobre unas hojas de papel madera que reciclaba persiguiendo a los clientes de la tintorería del barrio, la composición estaba lista  para ser expuesta. Una caligrafía maravillosa, demasiado esforzada por errores no ortográficos e incongruencias, lucía en el papel marrón que quedó enmarcado en la cuarta cartulina, cubriendo una versión con una cantidad inaceptable de esos raros errores que le atribuyeron a un alto déficit de atención y falta de concentración.

Historia le gustaba mucho. Y la Historia Argentina, más todavía. Botánica, fue un mal trago, pero de esa línea, que completaban Anatomía, e Higiene y Puericultura, se había enganchado con Zoología. En general, los profesores de esas materias en la Escuelas Técnicas se repetían año tras año, y asumían que la motivación en al menos una de esas asignaturas alcanzaba para tolerar la indiferencia en las otras. “A esta edad, al que le gustan las plantas no le gustan los bichos, tienen vergüenza de sus cuerpos  y a ninguno le gusta bañarse”.

Así fue como empezó a coleccionar mariposas. La llegada de la primavera impulsaba dos grandes grupos de “cazadores”: los que juntaban abejas y los que preferían el colorido de las mariposas. Los elementos de apoyo para los coleccionistas eran similares: un frasco de vidrio, generalmente de algún dulce, bien lavado, sin etiqueta y con unas pequeñas perforaciones en la tapa metálica que permitían “respirar” a las presas. Esta “ventilación” no era una tarea fácil: un cuchillo de punta y una delicada presión sobre el mango abrían pequeños puntazos sobre la tapa. La excesiva fuerza adolescente condenaba muchas veces al descarte de las tapas con cortes muy grandes, cuando no a los primeros auxilios de alguna abuela ajena, para evitar el reto familiar. Los cazadores de abejas se destacaban por la cantidad de presas que obtenían. Los de mariposas por la variedad. Los primeros concentraban su voracidad en los desenrejados jardines delanteros de las casas en los que florecían las infaltables Rosas Chinas. Los otros corrían de esquina a esquina tras la más llamativa de sus víctimas, munidos de una rama de Paraíso, con todas las hojas si era coleccionista o totalmente deshojada si el placer era exterminar la plaga primaveral. Los de las abejas tenían una depurada técnica, cuando la presa hurgaba dentro de la flor y con el círculo que formaban el índice y el pulgar desde atrás del  tallo se subía lentamente la mano y se cerraban los dos dedos sobre el borde. Esa suerte de “bolsa” mantenía quieta a la bestia hasta que al acercar el frasco y ponerlo boca a boca con la flor, dejaba a la abeja presa en su nueva mansión de vidrio.

De la otra tribu, los salvajes asesinos formaban parte, además del paisaje, de los pocos sonidos de la siesta: los ramazos sin hojas cortaban el aire con el mismo chasquido de un florete o un látigo.

Pero a él le gustaba cazarlas y coleccionarlas. Y para ello, necesitaba tratarlas con cuidado. Llegó a llenar diez planchas de telgopor, con unas treinta especies en cada una. No todas habían sido sus víctimas, pero fue tan conocida en la familia su afición que todos los tíos y primos aportaron varias especies a la colección.

Numeró los ejemplares correlativamente, pero siempre tuvo vacíos los lugares 89º y 98º, y en el centro de cada plancha un gran tilín limonero sugería una especie de firma o marca registrada.

No había Internet, y los libros de la biblioteca tenían ilustraciones cautivantes. Ahí había descubierto las mariposas que guiaban a los mineros en Colombia. Conocidas como "89 y 98"; le permitieron reconocerlas, escribir sobre ellas, leerlas e interpretarlas sin confundirse en su laberinto. La leyenda cuenta que donde se posaban, los buscadores de esmeraldas descubrían el inicio de la veta que los llevaría al gran filón del verde cristal y de allí a una inmensa fortuna. De ahí sacó varias ideas para su única publicación en su experiencia de estudiante secundario. Las mariposas lo ayudaron en todas esas materias.

Sólo se destacaba en las tardes de taller. La morsa, las limas, los taladros, martillos y cinceles parecían continuidad de sus manos. En las vacaciones de 5º y 6º año se fue a Mar del Plata y se mantuvo (y ahorró bastante) haciendo artesanías. El último año se  fue pudiendo quedarse. No le gustaba el ambiente, pero su técnica en calado de monedas se transformó en furor. Tanto fue ese ventarrón de éxito que enseguida le copiaron el sistema muchos artesanos, que siguieron en eso. Muchos años después se los encontraba en el mismo lugar, calando las mismas monedas.

Cuando terminó la secundaria entró de aprendiz en una imprenta. El padre que se había enterado al otro día, de su nacimiento y de la muerte de su esposa, se convirtió violentamente en anti peronista. Estaba de vigilia a la hora de la muerte de Evita y no volvió a su casa hasta la mañana siguiente. Enterró a ella dos días después; nadie asistió al breve responso que le hizo el párroco. Toda la familia estaba en las exequias de la Jefa Espiritual de la Nación. Y así fue que él no pudo perdonar a Perón, a quién lo culpaba de ambas muertes. La lectura cotidiana de La Prensa era su cable a tierra. Algunos días faltaba, pero todos los domingos, hasta que perdió totalmente la vista, caminaba hasta el quiosco de la estación para comprar su ejemplar. Para su hijo, el diario tuvo múltiples utilidades, hasta los doce años sirvió de plataforma didáctica, base práctica de lectura, y los números viejos para recortar y pegar letras y palabras en los deberes en el hogar. Luego, rigurosamente tres días después de la fecha de edición, iba a cubrir el tacho de la basura que de afuera se identificaba con el número de la puerta de su casa. Vivieron siempre en el 2025 de la calle  2 de Mayo. El camión de la basura pasaba tres veces por semana. Cada uno de los vehículos municipales hacía una calle a lo largo y la vuelta por otra paralela. Y los chicos corrían atrás del Bedford con caja plana en la que se ubicaba uno de los tres basureros de cada camión (el chofer era otro trabajador municipal, más calificado). Dos de los empleados corrían y revoleaban los tachos sobre la parte trasera del camión. El de arriba, vaciaba y acomodaba los desechos y dejaba caer los tachos, casi siempre a unos doscientos metros de donde los habían subido los que corrían abajo. Los pibes también recorrían esos doscientos metros para recapturar el tacho de su casa y volvían al paso sin dirigirse palabra. Sólo alguna noche, cuando alguno tenía que recorrer más camino para recuperar su tacho, de lejos, los otros lo cargaban. Un solo tacho por casa tres veces por semana. Los gallineros familiares, pañales reutilizables y packaging eran historias del futuro.

Volviendo al diario preferido del antiperonismo, con la edición dominical traía “el rotograbado”. El suplemento, marrón oscuro y sepia, era la sensación gráfica de aquel entonces. Celosos custodios de los esfuerzos de los ilustradores, cada lector guardaba su ejemplar toda la semana. Ese raro hábito, era una costumbre tan común en el barrio que  alguna vez se le antojó pensar que el color marrón hacia la lectura más lenta. Pero su padre solo repetía la liturgia típica del lector típico del típico diario La Prensa. Despacio, día a día, una nota por una, opiniones e historias que no se fungían con el vértigo de estos tiempos.

Y así, despacio, llegó su primer trabajo en serio y en blanco. Comenzó de aprendiz en la imprenta de Barracas, pero estuvo a punto del fracaso. Arrancó muy bien, tan bien que en unos meses lo sentaron en la linotipo. Carrera meteórica susurraban en el barrio. El patrón lo previno ese mismo día que le señaló la silla del enorme artefacto. El linotipista es un oficio con futuro asegurado. No se inventará nada que reemplace la maravillosa máquina que tragaba plomo por un lado y vomitaba líneas de escritura, como pequeños y alargados sellos, por el otro. Con el tiempo podría ser su segundo, y hasta escribir y publicar alguna idea propia en el periódico que ahí se editaba.

A caballo regalado..., masculló el padre cuando a la tarde siguiente del fugaz ascenso, el muchacho le comentó su vuelta al rol de aprendiz, más encargado de la limpieza que nunca. El cuento resultó gracioso, al menos para la pequeña mesa familiar. Los dos rieron un largo rato cuando el hijo le contaba al padre que para una columna de 30 renglones del periódico que tuvo que confeccionar, necesitó derretir y volver a tipear el plomo al menos unas cincuenta veces. Los armadores del diario, tenían el don de leer como en un espejo, y detectaban los errores y faltas ortográficas antes de la primera prueba en papel. La corrección  de aquella nota demoró todo el trabajo y el periódico salió más tarde que de costumbre. En las primeras líneas los armadores atribuían el desastre a la ubicación de las teclas de la linotipo que no reproducían exactamente el orden de las más conocidas máquinas de escribir. Al final, le pidieron que leyera en voz alta el texto pasado al plomo y cuando la lectura no arrojaba coincidencia con los errores que ellos descubrieron, sólo aconsejaron el reemplazo del frustrado linotipista sin entrar en discusiones.

De nuevo aprendiz, se reubicó en el armado y composición de los cuerpos del diario. Las “cajas” en las que se alineaban los plomos debían tener alguna lógica de distribución y revelar algo de estilo y diseño. Eso fue fácil. Y la gloria llegó cuando fue a buscar un cliché al taller de fotograbado. Llegó a la imprenta acariciando la foto metálica como sí fuera ciego. Se tomó el trabajo de clasificar todas las fotos pasadas a metal y base de madera que estaban tiradas en el fondo del taller. Con la misma veta artística que había ideado el calado de monedas, retocaba esas imágenes, ahorrando muchísimo dinero al patrón y embelleciendo el periódico con más y mejores fotografías.

Nació el 26/7/1952 a las ocho y veinticinco minutos de esa noche trágica para su padre que se enteró después, recién al otro día, de los tres acontecimientos que cambiaron su vida para siempre , y que en lo que aquí importa, determinaron el carácter y el futuro del recién nacido.

Ese mismo día, en  la partida de defunción de su madre se registraba, la hora de la muerte a las 20:52. La leyenda familiar contaba que una vez transmitida por la radio la hora de la partida a la inmortalidad de Eva Duarte, nadie más se atrevió a consignar otro acontecimiento en ese horario. Parece ser que la madre expiró en el último pujo. Segundos antes del primer berrido del recién nacido, pero la partera jugó con los números que identificaban los minutos para no " violar " la hora señalada y reservada como las camisetas de la NBA, para dejar consignada la muerte de la parturienta con la explicación más simple que tuvo a mano. La inversión de unas cifras que respetaban el luto oficial.

El tiempo, los años, la política y los golpes de Estado, lo fueron alejando del resentimiento maduro de su padre, para transformarlo en un peronista de ley, como lo era su progenitor antes de aquel fatal 26 de Julio.

La última dictadura le arrancó el corazón. Sin esfuerzos ni torturas. La imprenta cerró. Las offset terminaron con la lenta agonía del plomo y los clichés que habían sobrevivido a las rotativas en los diaritos locales. Y así  volvió a sus aulas de taller. Herrero artístico decía el cartel en la puerta de su casa. Nunca tuvo conciencia de cuantos detalles de su vida se trastocaron por su dislexia. No supo, a ciencia cierta, cual había sido la dificultad del periódico mural ni la razón de su fracaso en la linotipo. Vivió dignamente y su oficio nunca le hizo pasar grandes penurias. En el ocaso de sus días empezó a desarrollar una nueva técnica sobre el metal. Con el negativo de una fotografía sobre una plancha de fino metal, logró “calar” muchos rostros que cobraron notoriedad. Esta modalidad adquirió aceptación y fama mundial con la iconográfíca imagen del Ché Guevara en la Plaza de la Revolución de La Habana, a la que se le agregó luego la de Camilo Cienfuegos.

A pesar del grito guerrero (y de su doble sentido: “Perón, Evita: la patria socialista” o “Perón, evita la patria socialista”) con el que se fuera el sector juvenil de la izquierda peronista de la Plaza de Mayo, el gobierno de los Kirchner emuló el escenario de la plaza cubana en el emblemático edificio del ex Ministerio de Obras Públicas, lugar del histórico renunciamiento de la Abanderada de los Humildes en la campaña presidencial del 52. 

Tantos años dedicados a aprender y descubrir todos los secretos de su oficio se le presentaron en un solo momento. La oportunidad exacta para dejarle a la posteridad su legado estético, homenajeando en un solo acto su inexplicable fe peronista, su amor por Evita y su no recuerdo materno. Las pruebas fueron ágiles. La foto frontal que se instaló en el frente sur del edificio, sobre la Avenida Belgrano no le trajo esfuerzo alguno. Y a decir verdad, la otra, la que se ubicó sobre la calle Moreno, la imagen  aguerrida, la de la Evita contestaria, de perfil y con su clásico rodete, tampoco le trajo problemas. Pero cuando estaba trabajando sobre el pelo de la foto, en el centro mismo del rodete se iba formando un número de los que marcó su destino. Se le aparecía el año de su nacimiento, el año de la muerte de la Señora. El mismo de la muerte de su madre. Trabajó arduamente, noches en vela en las que se deshizo de los colaboradores. Argumentó que quería dar los toques finales a su obra maestra. Pensó, para sí, que ese “52” que se le apareció desde el principio del troquelado se podría completar con un “20” adelante, y así dejar para siempre, a la vista de todos su “firma”. 2052 sería la señal inequívoca para sus descendientes. En el año del centenario de la muerte de Evita, de su nacimiento y de la muerte de  su madre todo el mundo podría identificar la obra, su autor y su historia. Murió sin contárselo a nadie. Confiaba ciegamente en el destino y en las coincidencias que lo marcaron en su vida. Murió sin saber de su dislexia, que le jugó una última mala pasada.

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