MEMORIA

24 de marzo: para nunca tener que pedir perdón

Nunca en democracia un 24 de marzo, Día de la Memoria,  llegó con tantas heridas abiertas. En lo institucional, un frente oficialista que destina una energía que no le sobra a alivianar los efectos de una interna, al mismo tiempo que asegura que no existe. Una oposición robustecida que ya no ensaya metáforas en su deseo de toma de poder. Una fuerza emergente que sostiene el negacionismo como perspectiva histórica.

En lo social, una incertidumbre extendida hacia el futuro. Una generación que expresa sospechas, más allá de los partidos, sobre la utilidad del sistema. Otra, aún más joven, que desconoce lo que la dictadura militar fue y significó para la Argentina, a contramano los esfuerzos de las organizaciones por sostener las banderas de memoria, verdad y justicia. Este 24 de marzo desconcertante, nos recuerda que la conquista de vivir en democracia, se alimenta con la vigencia de los elementos que la componen. La democracia no se comunica sola, sino a través de los actores que la representan.

En otro 24, el del 2004. Néstor Kirchner demostró en dos gestos que gobernar significa tomar partido. Nada comunica mejor que tus acciones. El cuadro de Videla, viajando de la pared hacia el olvido, fue acompañado por una decisión de efectos más duraderos. Con la ESMA como testigo, aquel presidente pidió perdón en nombre del Estado. Ese reconocimiento estaba orientado a las víctimas del terrorismo institucional, pero contenía también a quienes, durante los años posteriores, vieron condicionada su vida por las consecuencias del plan ejecutado por la dictadura. En ese pedido de perdón, estaba implícita la manifestación de que el Estado no puede ser neutral. Que la política es una herramienta activa y que la ideología que sostiene afecta, para bien o mal, la vida de todos. Ese Estado humanizado, asumiendo en un gobierno el daño causado por otro, recuperaba también su perspectiva histórica. Dos decisiones que aceleraron la reinstitucionalización de una sociedad que poco tiempo atrás era reprimida por ese Estado, mientras exigía que se vayan todos.

 

La desafección entre instituciones y sociedad tiene, hoy, un riesgo agregado: que las nuevas generaciones no consideran a la democracia una conquista en sí misma y que, como tal, debe defenderse Comunicar la democracia

Comunicar en democracia no es comunicar la democracia. Comunicar en democracia es el derecho ganado de no volver a atrás. De que exista un reconocimiento de la legitimidad de sus actores con independencia de su origen, credo o ideología. De la aceptación de las reglas de juego. De la neutralización de cualquier episodio de violencia como mecanismo de presión o silenciamiento. La consolidación de estos derechos durante cuatro décadas conlleva un riesgo: la normalización de una conquista cuyo precio fue pagado por una generación brillante, que cada día extrañamos y los 24 de marzo recordamos. Comunicar la democracia es tomar partido, sabiendo que la libertad de expresión no está completa sin las condiciones de desarrollo. Es el reconocimiento de los intereses en disputa, la definición ideológica del rol del Estado y la tensión derivada de priorizar las necesidades de un sector por sobre otro. En esas decisiones la democracia comunica su rumbo futuro.

La política contiene una dimensión narrativa, que la explica o la oculta. El Proceso de Reorganización Nacional, eufemismo trágico, estuvo sostenido por el enmascaramiento, a través de recursos propagandísticas, del Terrorismo de Estado. En paralelo, se ejecutaban los crímenes y se escribían sus coartadas. Bastan tres momentos para recordar el mecanismo.

  • La connivencia inicial entre la Junta Militar, sus órganos de difusión y los medios masivos, para disfrazar de alivio social, lo que en realidad era persecución y exterminio.
  • La campaña de esa Argentina sonriente y a la luz del día, que durante el Mundial 78 pretendía mostrarnos a los ojos del mundo, mientras en la oscuridad los sótanos le escondían la verdad, a las comisiones internacionales de Derechos Humanos.
  • La exaltación épica de "la recuperación de Malvinas", poniendo el foco sobre el heroísmo de nuestros jóvenes y ocultando la tragedia de una guerra desproporcionada.

En los tres casos, la propaganda fue la herramienta elegida por la comunicación de gobierno, para disociar la realidad de su representación. La dictadura finalizó en el 83, la sensación de que lo percibido puede alterarse con un relato, duró más.

Raúl Alfonsín comprendió que, para comunicarla, la democracia debía convertirse en un producto. Uno con el que comer, curar, o educar. Generó un mensaje en el que la restitución institucional era la posibilidad de desarrollo. La concepción de la democracia como producto tiene un límite: que la gestión no exprese, en su planificación y ejecución, el bienestar prometido. Cuando las políticas públicas atentan contra las condiciones de vida, la democracia se deteriora. La desafección entre instituciones y sociedad tiene, hoy, un riesgo agregado: que las nuevas generaciones no consideran a la democracia una conquista en sí misma y que, como tal, debe defenderse. Comunicarla debe significar algo más que erradicar la violencia institucional y las hipótesis de gobiernos de facto.

Si aquel alfonsinismo se quedó corto en la enunciación de su mantra, el Frente de Todos, y las heridas que empiezan a abrirse en torno a este momento político, nos recuerdan que "Democracia" no es una palabra mágica. Son las acciones, y las decisiones, que se sostienen en relación a ella, los que la robustecen o comprometen su vigencia. Una gestión define su identidad, y es leída, por tres factores: su orientación política, los mecanismos de toma de decisiones y su representación electoral. El primero expresa su condición ideológica, lo que considera innegociable y su ecosistema de amigos y enemigos. Qué, quién y cómo ejecuta, segundo elemento, muestra las zonas calientes del poder de una gestión, en donde se concentran las capacidades de conducir y contener. De quien son los votos, y cuántos son, es el tercer factor identitario, ya que refleja si la construcción política puede movilizarse como apoyo efectivo. La coalición gobernante afronta un problema de identidad, porque los dos sectores que la integran tienen una idea diferente de lo que estos factores significan y de cuál es la proporcionalidad que le corresponde en cada uno de ellos.

A mitad del camino o el lado equivocado

Si la principal fuerza de oposición relativiza a la democracia como valor, en discurso y acto y la fuerza emergente directamente niega la existencia de una dictadura y la cantidad de desaparecidos, es evidente que el Frente de Todos tiene la prioridad para comunicar la democracia. Tan evidente como que esa acción no puede empezar, si previamente no logra transmitir que ideas siguen vigentes, de las que fundaron aquella coalición electoral. La intransigencia de las posiciones expresadas en los silencios, manifiesta la profundidad del desacuerdo entre socios y no merece ser tratada como capricho. Sí, en cambio, puede ponderarse en el daño sostenido que lo irreconciliable le causa a la percepción social sobre el kirchnerismo.

Esta esgrima epistolar, sostenida por dos bandos que suscriben las mismas ideas, la da la espalda a las necesidades de quienes eligieron ese espacio por la sensibilidad de pensar en un Estado capaz de reconocer errores y torcer el rumbo poniendo proa en la gente.

Si la percepción mayoritaria es que la disputa en torno al destino de esta gestión es una discusión de palacio, quizás sea el dato necesario para deponerlas en nombre de lo que la sociedad considera urgente. Comunicar en democracia es reconocer el derecho de vivir en libertad, con independencia de lo que pensás. Comunicar la democracia es saber que nadie es del todo libre si sus derechos no son plenos, y que para eso es necesario construir una sociedad más justa. Y aunque el final te encuentre a mitad de camino, saber que al menos no fuiste para el lado equivocado. Comunicar la democracia es, como cuando se ama, construir las condiciones para no tener nunca que pedir perdón.

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