La radicalización del discurso oficial contra los jueces, la oposición y el Fondo Monetario desató la crisis interna que eyectó en cámara lenta a Marcela Losardo del gabinete, esmeriló nuevamente a Martín Guzmán y terminó de desdibujar a cultores del extremo centro como Gustavo Beliz, cuyo ampuloso Consejo Económico y Social se derrite al calor de una inflación que no cede. Pero lo más curioso de la semana es que el macrismo, sumergido en su propia disputa sucesoria, no haya podido aprovechar esos crujidos del oficialismo para afirmarse en una agenda propia. Lejos del destello de imaginación política con el que el mismísimo Mauricio Macri sorprendió a propios y extraños a mediados de enero, cuando se hizo eco de la súplica masiva de que reabran las escuelas, la fuerza opositora mayoritaria apenas atina ahora a treparse a los debates que instalan los medios de comunicación más poderosos del país, cada vez más desembozadamente abocados al derribo del gobierno de Alberto Fernández. Una táctica electoral riesgosa -ceder el timón de la oposición a Clarín- que ya se probó poco efectiva en 2011.

Como advirtió tempranamente Platón en La República, todo se reduce a quiénes cuentan la historia. Para que los futuros líderes de su Estado ideal fueran bien educados, el mejor discípulo de Sócrates consideraba indispensable que la polis regulara de algún modo los mitos de los poetas, la principal forma de comunicación de la época. “Debemos supervisar a los forjadores de mitos y admitirlos cuando estén bien hechos y rechazarlos en caso contrario. Y persuadiremos a las ayas y a las madres de que cuenten a los niños los mitos que hemos admitido. Con éstos modelaremos sus almas mucho más que sus cuerpos con las manos”, escribió. En el siglo XXI, como agrega la economista Mariana Mazzucato, un buen storytelling puede justificar la acumulación inédita de fortunas en unas pocas manos o la impugnación por ineficientes de determinadas formas de producción, como las que llevan adelante empresas cooperativas o estatales.

Es tal el poder de los forjadores modernos de mitos que el planeta entero se sorprendió esta semana con la decisión del relator del Supremo Tribunal Federal (STF) brasileño de liberar de toda culpa a Luiz Inácio Lula Da Silva en el caso del Lava Jato y devolverle el derecho a presentarse a elecciones el año que viene, algo que puede cambiar el curso político y económico de toda América latina durante la próxima década. Casi nadie reparó en cambio en que el senador Flavio Bolsonaro se compró al mismo tiempo una mansión de más de un millón de dólares en la zona más exclusiva de Brasilia. Su padre, Jair, alcanzó la presidencia en 2018 con Lula preso y proscripto, entre otras cosas, por haber recibido como supuesta coima un departamento en Guarujá que después se probó propiedad de otra persona.

Héroes por un día

La disputa por el relato cruza los dos ejes más críticos del debate actual en la dirigencia criolla: la justicia y la economía. Presionado puertas adentro por el kirchnerismo, impaciente por lo que lee como una política demasiado conservadora en lo fiscal y monetario, el ministro Martín Guzmán empezó a intentar contar su propia historia. “Hay una tendencia a asociar la bandera de la reducción de los déficits fiscales con la derecha. Eso está mal”, se defendió el lunes en Catamarca. Y amplió: “Hablar de sostenibilidad fiscal no es un concepto de derecha. Por el contrario, quienes consideramos que el Estado juega un rol muy importante en resolver aquellas cuestiones que el mercado no resuelve consideramos que el Estado debe tener la capacidad de hacerlo. Y para hacerlo debe ser fuerte, tener una moneda robusta y tener crédito”.

Como ningún mito está completo sin un héroe, Guzmán citó al indiscutible en todas las capillas del Frente de Todos: Néstor Kirchner, celoso guardián del superávit fiscal de aquellos primeros años 2000. Y contrapuso ese Estado fuerte que imagina como ideal a “un Estado que tiene una moneda débil porque vive emitiendo unas cantidades que no se corresponden con las que el sistema puede absorber sin generar inestabilidades macroeconómicas”. Un dardo envenenado para su archienemigo Miguel Pesce, pero ante todo un tiro por elevación contra los economistas de Cristina que le exigen un déficit de al menos dos puntos porcentuales más del PBI.

Es un preludio de la discusión que se viene con el Fondo Monetario, donde el Gobierno oscila entre los dos perritos del meme. De un lado quedó el encendido discurso de Fernández ante la Asamblea Legislativa y su instrucción de enjuiciar penalmente a Macri y sus exfuncionarios por la deuda impagable que contrajeron con el organismo, una tarea que le exigirá a la Oficina Anticorrupción y a la SIGEN desentumecer los músculos después de un año en que se tomaron en serio la cuarentena. Del otro lado el equipo del Palacio de Hacienda, que no se anima a denunciar las violaciones del estatuto y del convenio constitutivo del Fondo en las que incurrió Christine Lagarde ni siquiera en una reunión de la CEPAL como la que ayer convocó a Maia Colodenco, directora de Asuntos Internacionales. “Es urgente que se revise la política de sobrecargos del FMI”, reclamó la funcionaria, como si el problema de una deuda de U$S 44.000 millones fueran los intereses punitorios.

Los economistas que susurran al oído de Cristina se ríen del espánglish que todavía se le escapa a Guzmán a veces, como cuando en Catamarca mostró un gráfico del déficit fiscal a lo largo de los años y lo presentó como una “figura” (figure: cifra). Pero la discusión es más seria que esas chicanas y tomó otro cariz con la disparada de la soja a niveles récord en 7 años. Como el riesgo de disparada del dólar cedió y el fisco va a recaudar casi 600 mil millones de pesos más entre las retenciones adicionales y el impuesto a las Grandes Fortunas, las alternativas son dos: pie de plomo para evitar que vuelva a inflarse la brecha cambiaria o algo más de audacia en el gasto y en la política salarial para que la demanda traccione a la oferta y alguien pueda comprar lo que las fábricas ya producen a niveles parecidos a los de la pre-pandemia.

Ajustes y ajustes

La discusión es con las principales potencias del mundo, que asoman detrás de dos mostradores a la vez. Uno es el del Fondo, en cuyo directorio Guzmán procura abrir una cuña con discretas gestiones vía Zoom ante los directores europeos que rechazaban en su momento el préstamo récord para Macri. El otro es el Club de París, que el 8 de mayo del año pasado le advirtió por escrito al ministro que “una decisión sobre su pedido y su impacto sobre el esfuerzo argentino para restablecer la sustentabilidad de la deuda estaría mejor basada en el contexto de un programa con el FMI”. ¿Qué había pedido Guzmán? Aplazar el pago de las deudas bilaterales que se arrastran desde la dictadura, que renegoció Axel Kicillof en 2014 y que debió terminar de pagarse en 2019. Como Macri solo cubrió los pagos mínimos (y no las cuotas totales) tanto en 2018 como en 2019, restan por abonar U$S 1.900 millones más los intereses punitorios, que por esa mora escalaron del 3 al 9% anual.

Otra vez, acá, el storytelling y la diplomacia priman sobre ecuaciones y matrices. Hay que convencer adentro y afuera a la vez. Pero claro, las negras también juegan: Guzmán acaba de ser elegido como “Joven Líder Global” por el Foro Económico de Davos, una distinción que antes que él solo recibieron políticos conservadores como María Eugenia Vidal, Esteban Bullrich y Martín Lousteau. Es lógico que afloren los interrogantes, sobre todo después de la reivindicación catamarqueña del ajuste fiscal “de izquierda”. ¿Cómo elige Davos a sus forjadores de mitos? ¿Quién está seduciendo a quién?

En algunos sectores del empresariado dejaron de prestarle atención a la política y solo se dedican a facturar, enancados sobre los salarios en dólares más bajos desde aquellos años de superávits gemelos. Cerámicas Alberdi, por caso, acaba de anunciar que duplicará su producción en José C. Paz, sin cuidado por las imputaciones que recayeron sobre otras firmas del rubro por acaparar materiales y especular con el precio. En los corralones, donde las facturas suelen ser solo de grasa o de manteca, todo subió a casi el doble que un año atrás.

En la UIA, en tanto, se abrió una grieta interna por las invitaciones que cursó Beliz para su mesa de diálogo social. Hubo varones ofendidos con Miguel Acevedo porque aceptó que convidaron directamente a la autopartista Carolina Castro y a la presidenta de la Unión Industrial salteña, Paula Bibini, para cumplir con un mínimo cupo femenino. Presiones que se sumaron a la campaña de desgaste cotidiano que ejerce Techint sobre Acevedo, que empezó el año pasado cuando el aceitero se negó a redactar un comunicado contra la propuesta oficial de intervenir la cerealera Vicentin.

El mito emprendedor que lograron construir los dueños de Vicentin para transfigurar la realidad de un pagadiós de 1.300 millones de dólares (Banco Nación incluido) los ayudó en aquel momento a zafar de la intervención estatal. Pero ahora la historia la empiezan a contar sus acreedores estafados. El mayor de ellos después de la Asociación de Cooperativas Argentinas (ACA), la poderosa corredora de granos Grassi S.A., acaba de presentar una propuesta con la Bolsa de Rosario para sacar a los Vicentin, a los Nardelli y a los Padoan de la conducción, obligarlos a vender todas sus acciones y dar lugar a una intervención estatal. A medida que avanza el concurso en manos de la justicia de Avellaneda y se atisba el desguace, el mito se desvanece.


 

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